LA TORMENTA DE POLEN
Capítulo 3
La llegada de Daniela a la oficina era inconfundible. Sus pasos, firmes y con una cadencia que determinaba el estado de ánimo de esa mañana. Esta vez venía de mal humor; sonaban fuertes.
—¿Tienes preparado el informe para la jefa? —preguntó Mateo al segundo de escuchar cómo subía por la escalera de la oficina.
—¡¿De qué informe me hablas?! —preguntó Germán, presa del pánico.
—¡Qué informe va a ser! —respondió Mateo, revolviendo entre una montaña de papeles—. El que nos pidió ayer a última hora, ese… Por Dios, dime que me estás gastando una broma y que lo preparaste antes de irte. Quedamos en que tú te ocupabas de eso mientras yo terminaba el otro —continuó diciendo con la voz entrecortada.
Germán abrió y cerró la boca varias veces, como si buscara una excusa que no llegaba. Solo consiguió emitir un leve sonido, algo entre un suspiro y un quejido.
—Mateo… yo… pensé que lo ibas a hacer tú —balbuceó al fin.
Mateo dejó caer los papeles sobre la mesa con un golpe seco.
—Perfecto. Genial. Maravilloso. Pues nada, que nos despidan a los dos —murmuró, llevándose las manos a la cabeza.
Los pasos de Daniela ya estaban en el último tramo de la escalera. Cada uno retumbaba como un aviso.
—Vale, escucha —susurró Mateo, inclinándose hacia Germán—. Tú no digas nada. Yo improviso. Tú asiente. Y, por favor, por lo que más quieras, no abras la boca a menos que te lo pida.
Germán tragó saliva y asintió con tanta fuerza que casi se golpea la barbilla con el pecho.
La puerta se abrió de golpe.
Daniela apareció en el umbral, con el ceño fruncido y el abrigo aún puesto.
—Buenos días —dijo, sin que sonara a saludo—. ¿Dónde está el informe?
Mateo y Germán se quedaron congelados. Un segundo. Dos. Tres.
Mateo respiró hondo, dio un paso adelante y abrió la boca para hablar… pero en ese instante, algo inesperado ocurrió.
Mateo abrió la boca dispuesto a soltar la mejor improvisación de su carrera, pero no llegó a pronunciar ni una sílaba.
Un estornudo lo interrumpió. No uno normal. Un estornudo monumental, casi épico, que salió de Germán con la fuerza de un huracán en miniatura. Los papeles de la mesa salieron volando como palomas asustadas.
Daniela parpadeó, sorprendida. Mateo también. Germán, rojo como un tomate, se quedó congelado con las manos aún en posición de “lo siento, no sé qué ha pasado”.
—¿Estás bien? —preguntó Daniela, frunciendo el ceño, pero no tanto como antes.
—Alergia —mintió Germán, aunque nadie recordaba haberlo visto estornudar jamás.
Mateo, viendo una grieta en la armadura de mal humor de Daniela, se lanzó:
—Justo estábamos… eh… revisando el informe. Pero claro, con la… la… tormenta de polen que hay hoy, pues… —dijo, señalando los papeles que seguían cayendo lentamente al suelo.
Daniela lo miró con una mezcla de incredulidad y cansancio.
—¿Tormenta de polen? —repitió, como si probara las palabras para ver si tenían sentido.
—Sí, sí —intervino Germán, recuperando la voz—. Es… es terrible. Yo mismo casi no puedo ni… ni pensar.
—Eso ya lo había notado —respondió Daniela, seca.
Mateo tragó saliva. Germán también. Daniela suspiró, se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla.
—Bueno —dijo—. ¿Dónde está el informe?
Mateo abrió la boca para improvisar otra vez, pero en ese momento, desde el fondo de la oficina, se escuchó un ¡clonc! seguido de un ¡ay!.
Los tres se giraron.
Era Luis, el becario, que había tropezado con la papelera y ahora estaba en el suelo, abrazado a un archivador como si fuera un salvavidas.
—Yo… yo tengo una versión del informe —dijo levantando la mano desde el suelo—. Pero está… bueno… está en borrador. Muy borrador. Nivel “no lo miren sin casco”.
Daniela cerró los ojos un segundo, como si pidiera paciencia al universo.
—Perfecto —dijo al fin—. Enseñádmelo. Total, ya nada puede sorprenderme hoy.
Mateo y Germán intercambiaron una mirada de alivio y terror a partes iguales, y ambos se quedaron mirando a Luis como si acabara de ofrecerse voluntario para desactivar una bomba con un destornillador de juguete. Daniela, por su parte, respiró hondo, quizá preparándose mentalmente para lo que estaba a punto de ver.
Luis se levantó del suelo con la dignidad de quien intenta fingir que no se ha caído delante de toda la oficina. Sopló el polvo del archivador —que no tenía polvo, pero el gesto le daba seriedad— y lo abrió sobre la mesa.
—Aquí está —anunció, como si presentara una obra maestra.
Las primeras páginas estaban… en blanco. Completamente en blanco.
—Luis —dijo Daniela, con una calma tan tensa que parecía que si alguien tosía, explotaría—. ¿Esto qué es?
—Es la introducción —respondió él, muy seguro—. Minimalista. Deja espacio para que el lector… respire.
Mateo se atragantó con su propia saliva intentando no reír. Germán, en cambio, asintió con entusiasmo, como si la idea le pareciera brillante.
—Sí, sí, muy… conceptual —añadió Germán, sin saber muy bien qué significaba “conceptual” en ese contexto.
Daniela pasó a la siguiente página. Había un título: Análisis preliminar. Debajo, una frase escrita a lápiz: “poner algo aquí”.
—¿Esto también es minimalista? —preguntó Daniela, levantando una ceja.
—No —admitió Luis—. Eso es… eh… una nota técnica.
—¿Técnica? —repitió Daniela.
—Sí. Técnica en el sentido de… técnica de recordarme que tenía que escribirlo.
Mateo ya no podía más. Se llevó una mano a la boca para contener la risa, pero un pequeño sonido escapó, algo entre un bufido y un gemido. Daniela lo miró de reojo.
—¿Algún problema, Mateo?
—No, no, ninguno —respondió él, con la voz temblorosa—. Solo… alergia. Mucha alergia hoy.
—Debe de ser la tormenta de polen —añadió Germán, muy serio.
Daniela cerró el archivador con un golpe seco.
—Bien —dijo—. Ya que el informe no existe, vamos a hacer algo muy sencillo. Vosotros tres —señaló a Mateo, Germán y Luis— os vais a sentar, vais a respirar hondo y vais a escribirlo. Ahora. Entero. Antes de que vuelva de tomarme un café.
—¿Un café? —preguntó Mateo, sorprendido.
—Sí —respondió Daniela, cogiendo su bolso—. Porque si no me lo tomo, lo que voy a hacer es gritar. Y prefiero el café.
Salió de la oficina dejando un silencio espeso detrás.
Mateo se dejó caer en la silla.
—Bueno —dijo—. Por lo menos no nos ha despedido.
—Todavía —añadió Germán.
Luis levantó tímidamente la mano.
—¿Puedo preguntar algo?
—No —respondieron Mateo y Germán al unísono.
Luis bajó la mano, pero luego la volvió a subir.
—Es que… ¿alguien sabe de qué iba el informe?
Mateo y Germán se miraron. Y entonces, sin poder evitarlo, los dos empezaron a reír. Una risa nerviosa, agotada, casi liberadora.
—Perfecto —dijo Mateo, secándose una lágrima—. Vamos a escribir un informe del que no sabemos nada, con un becario que hace introducciones en blanco y una jefa que amenaza con gritar. ¿Qué podría salir mal?
Germán suspiró.
—Todo. Absolutamente todo.
Y aun así, los tres se sentaron frente al ordenador, como si fueran héroes dispuestos a enfrentarse a un dragón… pero armados con un teclado que hacía doble clic y un archivador vacío.
Los tres estaban ya peleándose con el teclado —Mateo escribiendo frases sin sentido, Germán corrigiendo cosas que no existían y Luis intentando recordar si el informe tenía gráficos o si eso lo había soñado— cuando la puerta volvió a abrirse.
Candela Córdoba