TRADICIONES BAJO CERO

Era casi una tradición que nos reuniéramos una semana al año para fortalecer los lazos de nuestra amistad, y esta se remontaba a la época universitaria. Ahora era mucho más difícil que nuestras agendas se sincronizaran y coincidiéramos apenas unos días. Por eso, cuando pasaba debíamos festejarlo a lo grande.

Esta vez habíamos alquilado una cabaña durante todo un fin de semana. No estaba muy lejos de Madrid, en Navacerrada. Ese invierno las nevadas se habían adelantado y las vistas desde el porche eran dignas de una postal. Las pistas de esquí estaban muy cerca y se notaba el ajetreo de los visitantes en el pueblo.

Aunque creo que me he olvidado de algo, no me he presentado todavía. Yo soy Fernando Arroyo, uno de los trabajadores más antiguos del Grupo Raylon. Si no cuentas al dueño del grupo, claro. Pero debo añadiros un dato muy importante, y es que apenas me quedan tres años para jubilarme. Como comprenderéis, a estas alturas de mi vida profesional, no hay problema lo suficientemente grave como para que me quite el sueño. En eso me parezco mucho a mi perro Trueno.

Por eso, aproveché los días pendientes de vacaciones y me tomé libre el viernes. El trámite era fácil. Tu jefe de departamento debía autorizarlos, o sea, yo mismo, e informarlo a Recursos Humanos. En definitiva, era cosa hecha.

Así que, llegué a la cabaña mucho antes de los demás. Siempre me ha gustado ser el primero. De esta forma puedo elegir la habitación más tranquila, la que está más lejos del salón y del ruido. Además, necesitaba unos minutos para mí, para respirar ese aire frío que parecía limpiar la cabeza mejor que cualquier terapia. Trueno salió disparado del coche en cuanto abrí la puerta, dejando huellas torpes en la nieve que todavía quedaba a escasos metros del camino.

Encendí la chimenea y me senté en el sillón de cuero que daba al ventanal. La nieve caía despacio, como si no tuviera prisa por cubrirlo todo antes de que llegaran mis amigos. Trueno se tumbó a mis pies con un suspiro largo, satisfecho.

—Pues ya estamos aquí, compañero —le dije, acariciándole la cabeza—. A ver qué tal se nos da este año. Él levantó la mirada, como si entendiera más de lo que aparentaba.

A los pocos minutos escuché un coche detenerse frente a la cabaña. Luego otro. Voces conocidas, risas, el sonido de maletas arrastrándose por la grava. Me levanté, respiré hondo y abrí la puerta.

El primero en aparecer fue Andrés, con su eterna bufanda roja y esa sonrisa que parecía no apagarse nunca.

—¡Fernando! —exclamó, dándome un abrazo que casi me desmonta—. ¿Has visto cómo está esto? ¡Parece Suiza!

Detrás de él venía Marta, mi exmujer, mi verdadero amor, aunque ya no pudiera llamarla así en voz alta.

Ella sonrió al verme, pero fue una sonrisa distinta, más contenida y prudente. Ya no era la sonrisa que me dedicaba cuando llegaba tarde del trabajo y me la encontraba preparando la cena, era otra. Una sonrisa educada, de esas que se usan para saludar a alguien que fue importante pero ya no lo es.

—Hola, Fernando —dijo, ajustándose el gorro de lana—. Qué bien verte.

—Igualmente —respondí, intentando que la voz no me temblara.

Los demás fueron entrando, ocupando la casa con su energía, sus bromas, sus planes para el fin de semana. Yo me quedé un momento en la puerta, observando a Marta mientras dejaba su maleta en el recibidor. No sabía si acercarme, si hablarle y fingir que todo estaba bien. No sabía nada, solo que verla me removía algo que creía tener controlado.

Andrés se acercó a mí y me dio un golpecito en el hombro.

—Venga, Fernando —dijo—. Este fin de semana es para disfrutar. Nada de caras largas.

—Estoy bien —respondí, pero no lo estaba. Y Trueno, que siempre me leía mejor que nadie, se levantó y apoyó la cabeza en mi pierna, como si quisiera recordarme que, pasara lo que pasara, él seguía ahí.

Aunque lo mejor del día empezó con la comida. Andrés, fiel a sus tradiciones, se empeñó en que la primera comida del fin de semana tenía que ser una barbacoa, como siempre. Yo intenté hacerle entrar en razón, porque la nieve no daba tregua y ya llevaba cayendo desde las primeras horas de la mañana, acumulándose en el exterior como si quisiera tragarse la cabaña entera. Pero Andrés era de esos hombres que, cuando se le mete una idea en la cabeza, no hay quien se la saque.

—Fernando, por favor —me dijo, abrochándose la chaqueta como si fuera a escalar el Everest—. ¿Desde cuándo la nieve nos ha detenido? Esto es tradición, y las tradiciones no se negocian.

—Lo que no se negocia es que nos vamos a congelar —respondí, aunque sabía que era inútil.

Salimos al porche, donde la barbacoa metálica estaba cubierta por una capa de nieve que Trueno se apresuró a olfatear. Marta apareció detrás de nosotros, envuelta en un abrigo grueso, con las mejillas rojas por el frío. No dijo nada, pero su mirada tenía ese brillo entre divertido y resignado que siempre mostraba cuando Andrés se ponía en modo “organizador oficial de la vida”.

—¿Seguro que queréis hacer esto? —preguntó ella, con una sonrisa leve.

—Seguro —respondió Andrés, ya agachado intentando encender el carbón—. Esto está chupado.

Pero no lo estaba.

El carbón estaba empapado, la madera húmeda, y cada intento de encenderlo solo producía un chisporroteo miserable que moría al instante. Yo me quedé observando, con las manos en los bolsillos, mientras Andrés y Esteban se turnaban para soplar, rascar, golpear y maldecir la barbacoa como si fuera un enemigo personal.

—Esto no prende ni de broma —dijo Esteban, sacudiendo la cabeza.

—Es cuestión de técnica —insistió Andrés, aunque ya tenía la nariz roja y las manos heladas.

—Es cuestión de que está todo empapado —añadí yo.

Entonces, a alguien —creo que fue Esteban— se le ocurrió la idea más peligrosa del día.

—¿Y si le echamos un poco de gasolina? Solo un chorrito.

—¿Estás loco? —saltó Pilar, la mujer de Esteban, dando un paso atrás—. ¿Quieres que salgamos volando?

—No va a pasar nada —dijo Esteban, como si fuera un experto en explosiones domésticas—. Solo un poquito. Para ayudar.

—Eso es una bestialidad —añadí, aunque ya sabía que Andrés estaba valorando la propuesta.

—Un chorrito —repitió Esteban, levantando el dedo como si estuviera proponiendo una solución científica.

—Un chorrito y nos quedamos sin cejas —murmuró Pilar.

Pero Andrés ya había tomado una decisión. Fue al cobertizo, volvió con una garrafa pequeña y, antes de que pudiéramos detenerlo, vertió una cantidad que definitivamente no era “un chorrito”.

—¡Andrés, por Dios! —grité.

El fuego tardó exactamente medio segundo en reaccionar. Primero hubo un silencio extraño, como si el aire se contuviera. Luego una llamarada enorme, un ¡FOOM! que nos hizo dar un salto hacia atrás. Trueno ladró, Marta soltó un grito, Esteban se cubrió la cara y Andrés… Andrés sonrió como si hubiera descubierto la pólvora.

—¿Veis? —dijo, orgulloso—. Técnica.

La barbacoa ardía ahora con una intensidad casi obscena, pero al menos ardía. El humo se elevaba en una columna espesa que se mezclaba con la nieve, creando una escena que parecía sacada de una película de supervivencia. Yo me quedé mirando el fuego, intentando que el calor me calmara el temblor que llevaba dentro desde que Marta había llegado.

Ella se acercó a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

—Siempre igual —dijo, mirando a Andrés—. No ha cambiado nada.

—No —respondí, sin mirarla—. Nada cambia.

Ella giró la cabeza hacia mí. Yo sentí cómo el aire se volvía más pesado.

—Fernando… —empezó.

Pero Andrés interrumpió desde la barbacoa.

—¡La carne! ¡Traed la carne antes de que esto se convierta en un sacrificio vikingo!

Marta soltó una risa suave, esa risa que yo conocía tan bien, y se alejó hacia la cocina. Yo me quedé allí, con Trueno apoyado en mi pierna, mirando el fuego que por fin ardía, preguntándome si ese fin de semana iba a ser solo una reunión de amigos… o algo más.

Candela Córdoba

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *