CAMBIO DE RUMBO

Capítulo 6

Penélope esperaba junto a la puerta con un cigarrillo en la boca. Quedaban cinco minutos para entrar y no pensaba desperdiciarlos. Ese mal hábito suyo, el único que nunca había logrado dejar, fue precisamente lo que la convirtió en testigo privilegiado.

El coche de Jorge se detuvo justo frente a la entrada. Penélope despegó la mirada del móvil, más por instinto que por curiosidad, y entonces la vio. Olivia, bajando del asiento del copiloto a primera hora de un lunes.

—Ay, madre mía… —susurró Penélope, sin apartar la vista y con el cigarrillo a medio camino entre los labios y los dedos.

Olivia se colocó el pelo detrás de la oreja, como si buscara un pequeño refugio en ese gesto. Jorge le abrió la puerta del coche con una naturalidad que no dejaba lugar a dudas. Y caminaron hacia la entrada con esa distancia mínima que solo existe cuando ha pasado algo… o cuando se intenta disimular que ha pasado.

—Esto va a dar para toda la semana —murmuró Penélope, dejando escapar el humo despacio entre la comisura de los labios.

Acto seguido, aplastó el cigarrillo, se alisó la blusa y entró a la oficina con paso decidido. La mayoría de las mesas estaban todavía sin sus ocupantes, pero se encaminó con prisa al departamento de administración. Germán era el primero en llegar y una noticia como esa debía ser contada con la menor premura.

—Germán —dijo ella, cerrando la puerta con suavidad—. Tienes que escuchar esto.

Él levantó la vista, cansado.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó con el ceño fruncido mientras rebuscaba en una montaña de papeles.

—Han llegado juntos —recalcó Penélope, apoyando las manos en la mesa e inclinándose un poco hacia él.

—¿Quienes? —preguntó, sin captar aún la magnitud del asunto.

—Olivia y Jorge —respondió ella saboreando cada sílaba.

—¿Juntos… cómo? —logró decir Germán, parpadeando una y otra vez.

Penélope arqueó una ceja, ofendida por la falta de imaginación.

—Que ha llegado juntos los dos en el coche, entrando juntos a la oficina. ¿Te parece poco? —aclaró ofendida.

El bolígrafo se le cayó de la mano.

—¿Estás segura? —preguntó muy sorprendido.

—Germán, por favor. Si yo digo que han llegado juntos, es que han llegado juntos.

Él se levantó de golpe, casi tirando la silla. Mateo estaba en el archivo fotocopiando unos documentos. Debía contárselo en seguida.

Germán cruzó el pasillo con pasos rápidos, intentando ordenar las palabras antes de que se le escaparan. No quería ser él quien destrozara a Mateo, pero tampoco podía permitir que se enterara por otro. Olivia le había dicho que necesitaba tiempo, que tenía que pensar si volver con él o no. Y él, pobre iluso, llevaba días viviendo de esa esperanza.

Lo encontró en el archivo, inclinado sobre la fotocopiadora, golpeando el lateral como si así fuera a obedecerle.

—Mateo —dijo Germán, cerrando la puerta detrás de él.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó sin levantar la vista.

Germán tragó saliva.

—Han llegado juntos.

Mateo se detuvo. El silencio cayó como un peso muerto.

—¿Quiénes? —preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.

—Olivia y Jorge —respondió Germán, bajando la voz.

Mateo parpadeó, como si necesitara que el mundo se recolocara a su alrededor.

—¿Juntos… cómo?

—En el coche. Ella venía con él. Han entrado juntos a la oficina —explicó Germán, intentando sonar neutro, aunque sabía que cada palabra era un golpe.

Mateo apoyó las manos en la fotocopiadora, como si necesitara sujetarse a algo. La máquina siguió imprimiendo, ajena a todo.

—Ella me dijo que… —empezó, pero la frase se le quebró.

Germán no dijo nada. No había nada que decir.

Mateo respiró hondo, como si necesitara anclarse a algo. Pero la herida ya estaba hecha.

***

Al otro lado de la oficina, Ana estaba tecleando con una fuerza desmedida su portátil cuando los vio aparecer. Olivia caminaba con paso ligero, casi nervioso; Jorge, en cambio, parecía más tranquilo, como si no fuera consciente del revuelo que acababan de provocar.

Ana sonrió, incrédula. Pero también… aliviada.

«Por fin algo bueno para ella», pensó. Desde que se enteró cómo le había tratado Mateo dejó de gustarle, así que verlos llegar juntos —a Olivia y Jorge— le pareció casi un acto de justicia poética. Y, por supuesto, estaba desesperada por saber qué había pasado entre ellos.

La oportunidad llegó antes de lo esperado. Jorge salió del despacho, ajeno a las miradas que lo seguían como si fuera una estrella de cine entrando en un bar de pueblo.

Ana se levantó de su silla con la rapidez de quien no piensa dejar escapar un tren.

—Jorge —lo llamó, con una sonrisa que mezclaba curiosidad y picardía—. Buenos días.

Él se detuvo, sorprendido por el tono.

—Buenos días, Ana.

Ella entrelazó las manos sobre el escritorio, inclinándose un poco hacia él.

—Vaya forma de empezar la semana —dijo, como quien comenta el tiempo pero esperando una tormenta.

—¿A qué te refieres? —preguntó Jorge, frunciendo el ceño sin entender muy buen a qué se refería.

—A que no todos llegan un lunes por la mañana… acompañados —respondió Ana, sonriendo más.

Jorge abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Ana lo observó, encantada con la reacción.

—Tranquilo —añadió—. No voy a decir nada. Pero… —bajó la voz— me alegro por ella.

Y Jorge, que no sabía si debía sonreír, huir o fingir que no entendía nada, solo alcanzó a decir:

—Voy a por un café.

Ana lo dejó marchar, mordiéndose el labio para contener la risa.

Porque si algo estaba claro, era que ese lunes… iba a dar para mucho.

Ana no esperó ni un minuto. En cuanto Jorge desapareció por el pasillo con su café, se levantó de la silla y se acercó al despacho de Olivia con la excusa más débil del mundo: “¿Tienes un momento?”. No engañaba nadie. Ni siquiera a ella misma.

Olivia estaba guardando unos documentos cuando Ana asomó la cabeza.

—¿Puedo pasar? —preguntó, aunque ya estaba dentro.

Olivia sonrió, resignada.

—Pasa, anda.

Ana cerró la puerta con un gesto rápido, como si fuera a confesar un crimen.

—Vale, necesito que me lo cuentes todo —soltó sin respirar—. Todo. Absolutamente todo.

Olivia se llevó una mano a la frente.

—Ana…

—No me digas “Ana” con ese tono —la interrumpió—. Os he visto llegar juntos y tu cara de felicidad lo dice todo. ¿Qué ha pasado?

Olivia suspiró. No era de las que contaban su vida, pero Ana tenía esa habilidad de abrir puertas sin forzarlas.

—Fue… un fin de semana raro —admitió.

Ana se sentó al borde de la mesa, expectante.

—Raro bien o raro mal.

—Raro… inesperado —corrigió Olivia.

Ana abrió los ojos como platos.

—Empieza por el principio.

Olivia se apoyó en la silla, cruzando los brazos, como si necesitara sostenerse para contarlo.

—El sábado estaba con mis amigas, tomando algo en un sitio nuevo. Nada especial. Y de repente lo vi entrar.

—¿A Jorge? —preguntó Ana, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí. Con dos amigos. Iba… distinto. Muy relajado. Sin esa tensión que siempre lleva encima en la oficina.

Ana sonrió.

—¿Tan irresistible estaba?

—Atractivo está siempre —admitió Olivia, bajando la voz—. Pero esa noche… no sé. Era otra persona. Contaba chistes, se reía, hablaba con todo el mundo. Nunca lo había visto así.

Ana se llevó una mano al pecho, teatral.

—Ay, Dios mío. Sigue.

—Nos saludamos, empezamos a hablar… y no paramos. Toda la noche. Cuando nos dimos cuenta, estaban recogiendo el local.

—¿Y entonces?

—Entonces fuimos a desayunar —dijo Olivia, como quien confiesa un secreto que aún no ha procesado—. A una cafetería de esas que abren temprano. Él pidió tostadas con tomate. Yo, churros. No sé por qué te cuento esto —confesó con la cara muy colorada.

—Porque estás nerviosa —respondió Ana, encantada—. Y porque te gusta.

Olivia no respondió. No hacía falta.

—Quedamos para el domingo —continuó—. Tiene una embarcación pequeña y me dijo que iba a salir esa mañana. Me invitó a acompañarlo.

Ana abrió la boca, incrédula.

—¿Y dijiste que sí?

—Dije que sí —repitió Olivia, casi en un susurro.

—¿Y cómo fue?

Olivia sonrió, pero era una sonrisa suave, íntima, de esas que no se regalan.

—Fue… bonito. Muy bonito. Bordeamos toda la costa y llegamos hasta una hermosa playa. Pero no llegamos a pisar la arena. Dijo que el agua todavía estaba muy fría y no quería que me resfriara.

—¿Y qué pasó más? —preguntó ansiosa Ana.

—No sé si quiero contarte el resto —respondió Olivia, desviando la mirada entre risas.

—No me dejes así —protestó Ana, casi ofendida—. Necesito saber el final de la historia.

Olivia respiró hondo, como si volviera a ese domingo.

—Pues… pasó que nos quedamos allí, en la embarcación, hablando. Mucho. De todo. De su familia, de la mía, de cosas que nunca salen en la oficina. Y de pronto… —sonrió, bajando la voz— se quedó mirándome. No dijo nada. Solo me miró.

Ana se llevó una mano al pecho.

—Ay, Dios…

—Y entonces me besó —continuó Olivia, con una ternura que me desarmó por completo—. Y sentí algo que… no sé cómo explicarte. Algo que no había sentido nunca.

Ana abrió los ojos, fascinada.

—¿Tan fuerte?

—Tan… diferente —corrigió Olivia—. Fue muy romántico. Muy suave. Como si tuviera miedo de romperme. Y al mismo tiempo… —se mordió el labio, recordando— noté que se contenía. Mucho.

Ana sonrió de lado.

—¿Se contenía de qué?

—De seguir —admitió Olivia, bajando la mirada—. Estaba… ya sabes. Muy excitado.

Ana suspiró, encantada.

—¿Y…? —insistió, inclinándose hacia ella—. ¿Qué pasó después?

Olivia se quedó un momento en silencio, como si buscara las palabras exactas. No las más atrevidas, sino las más verdaderas.

—Pasó que… dejó de contenerse —dijo al fin, con una sonrisa que le suavizó toda la cara—. Pero no de la forma que estás pensando.

Ana abrió los ojos, expectante.

—¿Entonces…?

—Fue él quien me preguntó si estaba segura —explicó Olivia, bajando la voz—. Y no sé… había algo en su mirada. Algo tan honesto, tan… tierno. Como si no quisiera equivocarse conmigo. Como si yo importara más que el momento.

Ana se llevó una mano al corazón.

—Ay, Olivia…

—Y sí —continuó ella, respirando hondo—. Hicimos el amor.

Ana se quedó inmóvil, como si la frase necesitara espacio para asentarse.

—Pero fue… —Olivia buscó las palabras, casi en un susurro— distinto a todo lo que había vivido antes. Sin prisa, ni torpeza y no hubo ese… “a ver qué pasa”. Fue como si él quisiera memorizarme. Como si cada gesto fuera una pregunta. Y cada respuesta… —sonrió, cerrando los ojos un instante— una caricia.

Ana tragó saliva, emocionada.

—¿Y tú cómo te sentiste?

—Vista —respondió Olivia sin dudar—. Y eso no me había pasado nunca. No así. No de esa manera. Fue… dulce, pero intenso. Cálido, pero profundo. Como si el mundo se hubiera quedado quieto un momento para nosotros dos.

Ana se tapó la boca, con los ojos brillantes.

—Olivia… eso es precioso.

—Lo fue —admitió ella—. Y cuando me llevó a casa, al despedirnos… volvió a besarme. Más despacio. Más seguro. Como si ya supiera que quería volver a verme. Y yo… —se encogió de hombros, tímida— también quería.

Ana sonrió, radiante.

—Ahora lo entiendo todo. La forma en que te mira. La forma en que tú lo miras. Esto no es un capricho, Olivia. Esto es… otra cosa.

Olivia bajó la mirada, tocándose el cuello, como si aún sintiera el recuerdo de ese domingo en su piel.

—No sé qué nombre tiene —dijo—. Pero sé que no quiero perderlo.

Ana se acercó y le apretó la mano.

—Entonces no lo pierdas.

Y por primera vez en mucho tiempo, Olivia no tuvo miedo de esa idea.

Candela Córdoba

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