LUNES CON SORPRESA
Capítulo 2
Mateo, los domingos por la tarde, se dedicaba a repasar todos los emails de trabajo que le habían llegado durante el fin de semana. La mayoría no eran importantes, pero hubo uno que le llamó especialmente la atención.
Asunto: Convocatoria a talleres de gestión del estrés
Para: Todos los empleados
Estimados compañeros y compañeras:
Como parte de nuestro compromiso con el bienestar y el desarrollo de todos los equipos, queremos informaros que durante la próxima semana se llevará a cabo un taller de gestión del estrés impartido por un profesional externo.
El objetivo es ofrecer herramientas prácticas que nos ayuden a afrontar mejor la carga diaria de trabajo y a mejorar nuestro bienestar general dentro de la empresa.
Los talleres se realizarán en horario de tarde. Para garantizar que la actividad de la empresa continúe con normalidad, se organizarán turnos por departamentos, de manera que en ningún momento quede un área sin personal. En las próximas horas recibiréis la planificación detallada con el día y la hora asignados a cada equipo.
Agradecemos de antemano vuestra participación y colaboración en esta iniciativa, que consideramos valiosa para todos.
Un cordial saludo,
Daniela Escribano
—¡¿Has visto el email que hemos recibido?! —preguntó abruptamente nada más descolgar Germán el teléfono.
—¡Qué email! —exclamó con sorpresa su compañero—. Ya sabes que me desinstalé el correo de empresa del móvil. ¿Qué es lo que dice? —preguntó curioso Germán.
—Pues que tenemos que hacer un curso para la gestión del estrés —apuntó Mateo—. Con las cosas que tengo que hacer mañana… Esta tía, desde que se ha separado del marido, nos está haciendo la vida imposible. Antes ni nos enterábamos de su existencia, pero ahora, como se ha vuelto una adicta al trabajo, nos está fastidiando.
—No te preocupes, seguro que no durará mucho —respondió Germán. Ambos estaban en el departamento de administración y desde que Germán se incorporó a la empresa hacía ya más de diez años se convirtieron en inseparables.
Mateo bufó, aunque en realidad no sabía si se refería al curso o a la nueva versión hiperactiva de Daniela. Se dejó caer en el sofá, móvil en mano, y volvió a leer el correo como si entre líneas pudiera encontrar una excusa para librarse.
—Además —añadió Germán—, ¿qué más te da? Vas, te sientas, haces como que respiras profundo y ya está. Igual hasta te relaja.
—A mí lo que me relajaría es que nos dejaran trabajar tranquilos —replicó Mateo—. ¿Tú te imaginas? Un taller de estrés… ¡provocado por ellos mismos!
Germán soltó una gran carcajada al otro lado de la línea.
—Bueno, piensa que igual lo han puesto porque alguien se ha quejado.
—¿Y quién se va a quejar? —preguntó Mateo, aunque en cuanto lo dijo, una idea le cruzó fugazmente la mente—. Bueno… los de RR. HH. estuvieron hace un par de semanas pasando una encuesta anónima para saber qué preocupa a los empleados y chorradas de esas. Seguro que algún pringado ha largado más de la cuenta.
Se quedó callado un instante. En su mente había formado un programa bien detallado de todo lo que tenía que hacer al día siguiente, y con el curso todo se le venía abajo.
—Mateo, ¿sigues ahí? —preguntó Germán.
—Sí, sí… —respondió él, aunque su tono había cambiado—. Nada, cosas mías.
—No me vas a contar que tal te fue ayer —quiso saber Germán en un intento de cambiar de tema.
—Tú quieres saber mucho —contestó Mateo mucho más relajado—. Ya sabes que los caballeros no alardean de sus conquistas —respondió haciéndose el misterioso.
—¿Y desde cuando eres un caballero ?—soltó entre risas Germán—. Venga, que lo estás deseando.
Mateo era un soltero empedernido. De la pandilla de amigos era el único que no se había casado y tampoco tenía novia.
—Pues mira, ya que insistes… —dijo Mateo, incorporándose un poco en el sofá, como si de repente la conversación hubiera recuperado su interés—. La cita no estuvo mal. De hecho, estuvo bastante bien.
—¿Bastante bien? Eso suena a que hubo final feliz —bromeó Germán.
—Final… —Mateo dudó un segundo, recordando la despedida en la puerta del edificio, el beso rápido, casi tímido, y aquella frase que ella soltó sin pensarlo: “Me ha gustado verte, pero no sé si estoy para líos.”—. Digamos que estuvo bien, pero no como tú te imaginas.
—¿Otra que te sale rana? —preguntó Germán, divertido.
—No, no es eso. Es… diferente. No sé. —Mateo se frotó la frente, como si de repente la conversación le pesara—. Además, con la semana que me espera, lo último que necesito es pensar en mujeres.
—Pues mira, para eso te viene de lujo el taller de estrés —se burló Germán—. Igual hasta te enseñan a respirar cuando te dejen en visto.
—Eres idiota —rió Mateo, aunque la broma le pinchó un poco más de lo que admitiría.
En ese momento, su móvil vibró. Una notificación nueva. Mateo lo miró sin intención de abrirlo, pero el nombre en la pantalla le hizo fruncir el ceño.
Daniela Escribano: “Mañana te toca el primer turno del taller. Confirmado.”
—Mira, hablando del demonio —murmuró.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Germán.
—Que mañana soy el primero en pasar por el circo este.
—Perfecto —respondió Germán—. Así luego me cuentas qué tal… y si de verdad sirve para algo.
Mateo dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Por primera vez, una sensación extraña —mitad curiosidad, mitad desconfianza— le recorrió el estómago.
Algo le decía que ese taller no iba a ser tan inofensivo como parecía.
***
La gente fue llegando con cuentagotas a la sala de reuniones. El encargado de dar la charla era un coach de bienestar o algo así. Aunque más bien parecía un psicólogo un poco flipado. Se le veía con tanta energía, con la mirada directa y siempre sonriente… cualquiera pensaría que cobraba una pasta por hacer esta chorrada.
Pero en ese momento lo que más llamó la atención de Mateo no fue el coach, sino las atenciones que recibía la nueva incorporación. Las mujeres de la empresa parecían no haber visto a un hombre en su vida y lo rodeaban como moscas a la miel.
Así que decidió abrirse paso entre ellas y presentarse él mismo.
—Eres Jorge, ¿verdad?
Jorge levantó la vista. Los mismos ojos azules que habían dejado a Olivia sin respiración unos días antes se clavaron ahora en Mateo, evaluándolo en un segundo.
—Sí —respondió él, con esa voz grave que parecía venir de un anuncio de colonia cara—. ¿Y tú eres…?
—Mateo. Administración —dijo, intentando sonar más seguro de lo que se sentía.
Jorge asintió, amable pero distante. Y justo entonces, detrás de él, Mateo vio a Olivia entrar en la sala. Ella también lo vio. A los dos.
Y su expresión… Bueno, su expresión decía más que cualquier taller de gestión del estrés.
Habían sido casi novietes hacía un año, pero, como siempre, Mateo lo fastidió al final y ahora ella apenas le dirigía la palabra. No era odio, tampoco indiferencia; era ese punto incómodo en el que dos personas fingen que no pasó nada, aunque ambos recuerden perfectamente cada detalle.
Y justo por eso, cuando Olivia entró en la sala y lo vio junto a Jorge, su gesto se tensó apenas un segundo. Muy sutil. Pero Mateo lo notó. Él siempre lo notaba todo cuando se trataba de ella.
—Eres Jorge, ¿verdad? —repitió Mateo, como si necesitara reafirmarse ante la presencia de Olivia.
—Sí —respondió Jorge, estrechándole la mano con firmeza—. Encantado.
Mateo asintió, intentando no mirar hacia la puerta, pero sus ojos se desviaron igual. Olivia fingía revisar unas carpetas, aunque estaba claro que no había nada escrito en ellas. Ana, a su lado, le murmuraba algo al oído mientras la observaba con una sonrisa maliciosa.
El coach —o psicólogo flipado, como lo había bautizado Mateo mentalmente— dio un par de palmadas para llamar la atención.
—¡Buenas tardes a todos! Vamos a empezar. Hoy hablaremos de cómo gestionar el estrés en el entorno laboral. Y tranquilos, no voy a haceros cantar mantras… a menos que me obliguéis.
Varias risas suaves llenaron la sala. Mateo no rió. Jorge sí. Olivia también.
«Perfecto. Justo lo que necesitaba; un triángulo emocional en mitad de un taller de respiración». Pensó Mateo.
El coach continuó con la charla obligándonos a prestar atención a sus palabras.
—Antes de empezar, me gustaría que os sentarais donde estéis más cómodos. Vamos a trabajar en parejas durante un rato.
Mateo sintió cómo se le helaba la nuca. «Parejas. Genial», rumió en su mente.
Por otro lado, Ana ya estaba arrastrando a Olivia hacia una mesa, pues su carácter inquieto le impedía hacer lo contrario, pero el coach intervino.
—Mejor mezclad departamentos. Así os conocéis un poco más.
Olivia levantó la vista. Mateo también. Y durante un segundo, ninguno de los dos supo hacia dónde moverse.
Jorge, en cambio, lo tuvo clarísimo.
—¿Te importa si trabajamos juntos? —le dijo a Olivia, con esa voz que parecía diseñada para desarmar voluntades.
Ella dudó. Solo un instante. Pero ese instante bastó para que Mateo sintiera un pinchazo en el estómago.
—Claro —respondió Olivia, forzando una sonrisa.
Mateo tragó saliva. No sabía si era estrés, celos o simple mala leche. Pero lo que sí sabía era que ese taller iba a ser mucho peor de lo que imaginaba.
Y que Jorge, el nuevo fichaje, no solo venía a revolucionar la oficina.
También venía a complicarle la vida.
Candela Córdoba