LA VERDAD QUE SIENTO

Capítulo 9

En el trabajo, la tarde del viernes ya se empezaba a saborear. Había sido una semana intensa; de esas que te dejan la cabeza como un cajón desordenado. Así que decidí tomarme un respiro y rondar el despacho de Ana.

Cuando abrí la puerta, la encontré sentada con un folio en la mano. Un folio en blanco, al que miraba como si fuera un jeroglífico egipcio.

Me acerqué despacio.

—Ana… ¿estás bien? —pregunté, algo preocupada al verla tan inmóvil.

Ella no respondió. Solo suspiró, profundo, como si estuviera cargando con el peso del mundo.

—¿Qué te pasa? —insistí.

Le tembló un poco la barbilla antes de hablar.

—No lo soporto más.

—¿A quién? —pregunté, genuinamente perdida. Con la vida social que tiene, podía ser cualquiera: un amigo, un ex, un camarero, un DJ, un perro del parque…

—A él —dijo, dramática.

—¿Él quién?

Ana levantó la vista, con los ojos brillantes.

—El psicólogo.

Me quedé en blanco.

—¿Qué psicólogo?

—¡Mi psicólogo! Bueno… el de mi madre. Pero ya me entiendes.

—Creo que no te entiendo nada —admití.

Ella dejó caer el folio sobre la mesa.

—Lo conocí hace unos meses. Empecé a acompañar a mi madre cuando se lesionó la mano; el médico le prohibió conducir y yo la llevaba y la traía en coche. Desde que murió mi abuelo, está muy deprimida… y él la ha ayudado mucho.

—Vale… —dije, intentando seguir el hilo.

—Y yo… —Ana se tapó la cara con las manos—. En cuanto nuestras miradas se cruzaron sentí algo muy extraño. Algo que me recorrió el cuerpo como si fuera una corriente eléctrica. No lo puedo explicar, solo sé que no puedo dejar de pensar en él, y… fingí que tenía problemas solo para seguir viéndolo cada semana.

—¡Qué! —exclamé.

Ana había hecho muchas locuras, pero esta las superaba a todas

—No me mires así —protestó, bajando las manos—. No es tan grave.

—¿Cómo que no es tan grave? ¿Qué problemas fingiste?

—Pues… —tragó saliva—. Que estaba muy triste porque mi novio me había dejado.

La miré fijamente.

—Ana.

—¿Qué? —respondió ella con desdén.

—Tú dejaste a tu novio —repliqué—. Te parecía un aburrido y ya te habías cansado de él.

—¡Ya lo sé! —dijo, ofendida—. Pero el psicólogo no lo sabe.

Me llevé una mano a la frente.

—Ana, fingiste estar destrozada por una ruptura que tú misma provocaste.

—¡Por amor! —exclamó, como si eso lo justificara todo—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Decirle al psicólogo que estaba perfectamente? ¡No me habría dado cita nunca!

—Ana…

—¿Qué?

—Esto es una locura.

—El amor es una locura —repitió, muy seria—. Y yo estoy enamorada.

Se quedó mirando el folio en blanco, frustrada.

—El problema —continuó— es que ahora dice que estoy “mucho mejor”.

—Normal. Porque no estabas mal.

—¡Pero él no lo sabe! —protestó—. Y ahora no quiere darme más sesiones. Dice que ya estoy “estabilizada emocionalmente”. Este viernes será la última.

—Ana, eso es bueno.

—¡No! —golpeó la mesa con la palma—. Es horrible. Si estoy estabilizada, no tengo excusa para verlo.

Suspiré.

—¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé —respondió, poniéndose en pie de golpe—. Pero algo tengo que inventar.

—Ana, por favor, no inventes más traumas.

—Olivia, no serán traumas —dijo, cogiendo su bolso—. Serán… matices emocionales.

—Eso suena peor.

—Pues prepárate —sentenció—. Porque hoy mismo voy a “desestabilizarme”.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé —respondió, ya en la puerta—. Pero seguro que funciona.

Y salió de la oficina con la determinación de quien está a punto de cometer una imprudencia monumental… pero con muy buen maquillaje.

Yo me quedé allí, mirando el folio en blanco que había dejado sobre la mesa, y pensé que, comparado con lo de Ana, mis dramas sentimentales eran casi un pasatiempo.

***

La sesión había empezado hacía unos cinco minutos y el silencio golpeaba fuerte en las paredes de la consulta. El psicólogo la miraba extrañado, porque no era habitual que Ana permaneciera tanto tiempo en ese estado. Esta vez miraba al suelo como si allí hubiera una respuesta que no encontraba.

Él carraspeó suavemente.

—Ana… ¿estás bien?

Ella no levantó la vista.

—No lo sé —respondió, con un hilo de voz que no le salía ni cuando fingía llorar en las películas tristes.

El psicólogo ladeó la cabeza, intentando descifrarla.

—La semana pasada dijiste que estabas mejor. Que estabas recuperando la estabilidad.

—Sí… bueno… —murmuró—. Es que… han pasado cosas.

—¿Qué cosas? —preguntó él, con esa voz suave que a ella le derretía las neuronas.

—Pues… —empezó, mirando sus propias manos—. He tenido… recaídas.

—¿Recaídas en qué? —preguntó, frunciendo el ceño.

—En… en la tristeza —improvisó Ana.

—¿Por tu exnovio? —preguntó él, con profesionalidad absoluta.

—Sí… por él.

—Pero… —el psicólogo revisó sus notas—. Según me contaste, él te dejó.

—Sí —dijo Ana, intentando sonar trágica.

—Y… ¿cómo te sientes ahora respecto a eso?

—Mal —respondió sin dudar.

Él la observó un momento, como si algo no terminara de encajar.

—Ana… —dijo con calma—. ¿Estás segura de que quieres seguir trabajando este tema?

Ella levantó la vista por fin… y lo vio. Ese rostro tranquilo. Esos ojos que parecían escuchar incluso cuando no hablaba. Esa sonrisa suave que la había desarmado desde el primer día.

Unas lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas y giró la cabeza, avergonzada por mostrar sus sentimientos.

El psicólogo se inclinó ligeramente hacia delante, sin invadir su espacio, pero con esa cercanía profesional que a Ana le hacía temblar las rodillas.

No tenía muchos más años que ella. Durante las sesiones anteriores, Ana había aprovechado para preguntándole pequeñas cosas de su vida personal. Cada vez le sonsacaba algo, hasta hacerse un mapa completo de quién era él.

Sabía que no tenía pareja, que vivía con un amigo informático, que le gustaban los animales y que era muy deportista. Era perfecto para ella… y eso lo empeoraba.

—Puedes llorar si lo necesitas —dijo él, con una voz tan aterciopelada que a Ana le pareció ilegal.

Ella negó con la cabeza, limpiándose las lágrimas con la manga.

—No… no es por él —murmuró.

Él frunció el ceño.

—¿Por tu exnovio?

Ana tragó saliva. Ese era el momento. Casi parecía escuchar la voz de Olivia en su cabeza diciendo… «decir la verdad siempre es la solución», pero se resistía.

—No exactamente —susurró.

Él esperó. Siempre esperaba.

—Ana, puedes contarme lo que sea —insistió él.

Ella respiró hondo.

—Es que… —dijo, mirando sus manos incapaz de continuar.

—Ya sabes que cualquier cosa que digas quedará entre tú y yo —dijo él intentando animarla.

—No puedo… no puedo —empezó a decir al tiempo que se ponía en pie—. Tienes razón, ya estoy mucho mejor —continuó diciendo entre lágrimas y sollozos—. Daremos por finalizado tu trabajo. Eres un excelente profesional, y quiero que sepas que me has ayudado mucho —concluyó, marchándose a toda velocidad.

Aquello dejó desconcertado al psicólogo, provocando que saliera corriendo tras ella y la detuviera en mitad de la calle.

—Quizás será mejor así —dijo él mirándola a los ojos como nunca lo había hecho hasta ahora—. Porque no podría seguir tratándote como mi paciente, no sintiendo lo que siento por ti —confesó.

Candela Córdoba

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