MI NUEVA AMIGA

Desde la ventana de mi habitación vi cómo un camión de mudanzas aparcaba justo en la puerta de mi edificio. No me extrañó mucho puesto que hacía un par de meses que mi vecino Roberto, el del cuarto D, vendió su casa. Era un hombre de edad avanzada, que al perder a su pareja se vio obligado a tomar la decisión más dura de su vida: abandonar su hogar.

Con él conversaba la mayoría de las tardes a la vuelta del instituto, y me ayudaba con los deberes. Tenía la fortuna de contar con una sala enorme en la que todas sus paredes estaban revestidas con estanterías repletas de libros, incluso tenía apilados en el suelo más de una pequeña montaña formadas con ellos. Yo me sentía alguien privilegiado pues su mujer me había dicho que no dejaba pasar a cualquiera a su santuario.

Allí era donde sucedía todo lo que tenía importancia para él, y donde me hacía mil preguntas al terminar la lectura de los libros que me recomendaba. Era gracioso ver lo que le importaba la literatura ya que en más de una ocasión nuestras charlas terminaban en discusión. Eso me encantaba, aunque no me siento orgullosa pues me gustaba llevarle la contraria solo por ver cómo se le ponía la cara colorada y se le hinchaba la vena del cuello. Esos momentos los guardo con especial cariño en mi corazón.

Su compañera de vida, como él la llamaba, era una mujer muy atenta y cariñosa que demostraba su afecto con largos y fuertes abrazos. También ponía especial empeño en alimentarme bien y no había tarde alguna en la que no me ofrecía cualquier dulce. Ella sabía que mi compañía le hacía muy bien a Roberto, pues al tomarme como su pupila se sentía útil, recordando sus clases como catedrático de literatura española.

Así que esa tarde decidí refugiarme en la escalera del rellano y aproveché mi escondite para abrir un sobre que había recibido esa mañana mientras estaba en clase. Pesaba mucho y me intrigó al principio, pero luego me acordé de él y deducí de inmediato su contenido. Se trataba de una novela de Jane Austen, Sentido y Sensibilidad.  Estaban muy gastadas sus páginas, y se notaba por el amarillo de sus hojas que tenía muchos años de vida. Al ojear su interior me percaté de la pequeña nota que lo acompañaba.

“Mi querida María:

No creerás que me he olvidado de nuestras lecturas. He tardado un poco en escribirte, pues me ha llevado su tiempo instalarme en la residencia. Como te podrás imaginar me he traído hasta el último libro que tengo y, gracias al apoyo del director, he podido habilitar una biblioteca y una sala de lectura en una estancia que no se utilizaba. Los residentes están encantados, sobre todo las señoras, pues disfrutan de mi colección de novelas eróticas. Pero este tipo de lectura no la veremos todavía pues no es muy apropiado para ti. Así que, te envío uno de los libros favoritos de mi mujer.

Con cariño.

Roberto”

De este modo, y con el libro sobre mi regazo, disfruté del lugar más fresco y el más silencioso del edificio. Cuando llevaba un par de capítulos leídos un ruido desvió mi atención. Se trataba de mis nuevos vecinos, pues se habían dejado la puerta abierta y un montón de cajas apiladas en la entrada. Me quedé expectante para ver si ese sonido se repetía. Entonces, un leve maullido rompió el silencio de nuevo, haciendo que perdiera por completo mi interés por el libro.

No soy una persona curiosa, pero en esa ocasión sentí la imperiosa necesidad de asomarme por la puerta. Estaban todas las ventanas de la casa bajadas y no pude ver el origen del sonido. Sin embargo, el gatito continuaba maullando, era como un canto de sirena para mí.

Continué con la exploración de la casa ajena, sorteando con cuidado todos los obstáculos que encontraba a mi paso. Al final del pasillo vi que una de las habitaciones estaba iluminada por una luz tenue. El gatito estaba justo en el umbral de esa puerta lamiéndose las patitas traseras. No pude evitar acercarme a él para acariciar su suave pelaje. Él se dejó tocar e incluso se acercó a mi pierna rozándose con ella, y emitiendo un ronroneo hipnótico mientras giraba en torno a ella.

—¿Quién te ha dado permiso para entrar a mi casa? —me sobresaltó una voz proveniente de una zona casi en penumbra de la habitación—. Suerte que mi padre no está aquí o te sacaría a patadas —continuó diciendo bruscamente, quedándome helada ante la dureza de las palabras procedentes de una chica tan joven. No debía de tener muchos más años que yo—. Ja, ja, ja… Tenías que haberte visto la cara, estabas muerta de miedo —dijo a continuación, pero esta vez con una gran sonrisa en sus labios—. Es una broma, mujer. Yo soy Alicia y me gustaría que fuéramos amigas. ¿Cómo te llamas?

—María —le dije mientras me acercaba más a ella—. Te has dejado la puerta abierta de tu casa y por eso he entrado —me justifiqué ante tal intromisión.

—No te preocupes, mi padre nunca la cierra, es muy despistado —dijo mientras daba golpecitos con la mano sobre la cama—. ¡Venga!, siéntate y hablamos un poco.

Alicia era una chica muy extrovertida y, en quince minutos, hizo un resumen muy detallado de su vida hasta ese momento. Me explicó que debido al trabajo de su padre solían mudarse muy a menudo y las mudanzas eran algo tan habitual en su vida que algunas cajas ni las abría de una casa a otra. Había vivido en muchas partes, y conocido a gente muy interesante. Ahora iba a ser mi vecina.

—Qué casualidad, ¿verdad? —dijo Alicia cuando el lunes por la mañana entró por la puerta de mi clase. Sabía que íbamos a tener una compañera nueva porque el profesor lo dijo el viernes a última hora, pero nunca imaginé que resultaría ser precisamente ella. La suerte no me abandonó y muy cerca de mí había un sitio libre.

—En el recreo hablamos —gesticulé moviendo solo los labios para evitar así que me escucharan. Ella se limitó a guiñarme un ojo a modo de respuesta.

Esa mañana el tiempo transcurría muy lentamente, y cuando sonó la sirena para indicar la hora del primer patio me sobresalté bruscamente. No había tomado una sola nota en esa clase, cuando lo normal en mí era que llenase por lo menos tres folios.

Alicia parecía que se relacionaba sin dificultad alguna, pues andaba ya sumergida en una charla con un par de chicos al acercarme a su mesa, y no me extrañaba que la rodearan, pues era muy guapa. Creo que tenía todas las cualidades que envidiaba de una mujer.

Su pelo era largo y brillante, lo tenía un poco ondulado y a pesar de que era castaño cuando le incidía el sol lo veía casi dorado. Le gustaba llevarlo suelto y solo se lo recogía para clase de educación física. Estaba delgada, pero no en exceso. Los días que llevaba pantalones vaqueros me gustaba observarla caminar y me situaba de tras de ella cuando podía. Sus deliciosas caderas se deslizaban grácilmente de un costado a otro de su cintura. A mí me tenía desconcertada porque nunca había mirado a una chica con los ojos de ahora.

«¿Me gustarán las mujeres?», me preguntaba algunas noches al no poder desprenderme de su imagen.

Con el paso de las semanas nos hicimos más amigas y la mayoría de los días estábamos juntas. Por la tarde, al terminar mis deberes, solía tocarle el timbre de su casa. Ella era raro encontrarla sentada en su escritorio con un libro en las manos, más bien lo habitual era que estuviera con el móvil o con el ordenador jugando.

Su padre casi nunca estaba en casa a esas horas y teníamos toda la libertad del mundo para hacer lo que quisiéramos. Aunque lo que más nos gustaba era ponernos música en el salón y bailar hasta agotarnos.

Pero llegó un fin de semana en el que mi padre quiso darle una sorpresa a mi madre. Ella cumplía 40 años y mi padre vio que una escapada en pareja era el regalo perfecto. Hacía mucho tiempo que no hacía algo así. Mis hermanas pequeñas se quedarían en casa de mi tía, pero yo le pedí a mi padre que me dejara quedarme en casa de mi amiga. No quería pasar esos días aguantando a mis hermanas, ya tenía suficiente dosis de ellas entre semana.

Cuando llegó el día estaba muy nerviosa, hasta me compré un pijama nuevo con el dinero que tenía en mi hucha. El que usaba era un poco infantil y no quería parecer una niña esa noche. También empecé a arreglarme un poco más, y eso si era raro en mí. Mi madre notó muy pronto los cambios, y lo achacó a que quería impresionar a algún chico que me gustaba. La pobre estaba tan despistada que hasta me soltó la charla. Yo no me lo podía creer, y cuando empezó con el tema de los preservativos la corté tajantemente y le dije que ya me habían hablado de eso en el instituto. Cosa que era cierta, pues a las pocas semanas de empezar el curso el director organizó unos talleres y el tema de uno de ellos era precisamente las enfermedades de transmisión sexual.

Yo estudiaba cada movimiento suyo, y pronto me di cuenta de que no le hacía mucho caso a los chicos, muy a pesar de que su atractiva figura los atrajera como moscas. Ese era el tema de conversación en su cama la vez que me quedé a dormir en su casa.

Su padre nos hizo la cena, aunque no comimos mucho. Era su “especial” de los viernes, una especie de revuelto con cosas dentro, como decía mi amiga. Él se quedó en el salón viendo la televisión, pero nosotras nos cansamos pronto de la película y decidimos irnos a dormir. Había estado un montón de veces en su cuarto, pero esta vez era diferente, no tenía que irme cuando mejor estaba. Eso produjo un poco de nerviosismo en mí, una inquietud que me hizo más callada de lo normal.

Esa noche observaba hechizada la luz que desprendía la lamparilla de su mesita. Tenía un pañuelo encima que hacía el ambienta más agradable. No sé que me pasaba, pero estaba más callada de lo habitual y me limitaba a escuchar lo que decía mientras la miraba fijamente. Pronto la conversación quedó extinta y sus ojos se quedaron fijos en mí, como queriendo decir algo. Alargó su mano y acarició mi pelo como solía hacer, decía que estaba siempre muy suave, e incluso le gustaba acercarse a oler el aroma que dejaba el champú.

—María, eres una chica muy guapa —me susurró al oído al tiempo que su cuerpo se aproximó tanto a mí que nuestros pijamas se rozaron.

—Creo que eso solo lo ves tú. Ningún chico que me interesa se fija en mí. Ya me gustaría tener ese séquito que tú tienes detrás.

—Ninguno de ellos me importa lo más mínimo. Además, son unos inmaduros y no se puede tener una conversación decente con ninguno de ellos.

—Ja,ja,ja…, creo que eso es como pedir peras al olmo —le dije mientras me reía a carcajada.

Alicia también se rio de mi ocurrencia, pero pronto su sonrisa se desdibujó y me hizo callar dándome un beso en los labios. Eso no me lo esperaba y me quedé quieta sin saber que hacer. Ella volvió a acercar sus labios a los míos, pero esta vez cerré los ojos y le devolví el beso acariciando su lengua.

Mi corazón empezó a palpitar con ímpetu cuando su mano se coló entre mis piernas y sus dedos acariciaron suavemente la tela del pijama. Entonces, junté con fuerza mis muslos impidiendo que continuara, me asusté al notar que me gustaba lo que me hacía. Ella fue prudente y apartó su mano casi instintivamente.

—¿Quieres que pare? —me preguntó después de besarme de nuevo.

—No.

—Entonces, no tengas miedo. No voy a hacer nada que no quieras.

—Estoy un poco nerviosa, nada más —le dije en un intento de justificación, pero la verdad es que me atemorizaba lo que estaba sintiendo. Las palmas de las manos me sudaban y las tenía muy inquietas. Ella se dio cuenta y las sostuvo entre las suyas. Su respiración era calmada, y la lentitud de sus movimientos hacía que mi piel se erizara por completo. Mi cuerpo estaba a punto de descubrir un nuevo mundo de sensaciones. Nada de lo que había leído en mis libros se parecía en lo más mínimo a aquello. Quería poder detener el tiempo para que ese momento nunca terminara y en cierta manera sucedió porque esa noche nunca la olvidé.

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