TU SABOR EN MI BOCA
El aire parecía detenerse cuando Jorge se inclinó hacia mí, como si el mundo necesitara contener el aliento para no interrumpirnos. No dije su nombre —no hacía falta—, porque en ese instante él leía en mis ojos todo lo que yo no pronunciaba. Su mano rozó mi piel con la delicadeza de quien teme despertar un sueño, y aún así se atrevió a acercarse más, como si la distancia entre nuestros cuerpos fuera un territorio sagrado que solo podía cruzarse una vez en la vida. Sentí cómo su respiración se mezclaba con la mía, tibia, expectante, cargada de un deseo que no necesitaba palabras.
Cuando por fin me besó, el tiempo se abrió como una flor nocturna. Su boca tenía sabor de algo que ya conocía y, sin embargo, me sorprendía. El beso no era urgente, sino profundo, lento, casi ritual, como si buscara memorizarme desde dentro. Sus dedos avanzaban despacio, y cada roce era una invitación a dejar que mi cuerpo hablara por mí. Él me envolvía con una ternura ardiente con la única intención de deshacerme suavemente, pétalo a pétalo, hasta llegar al centro donde guardo mis secretos.
El mundo pareció inclinarse hacia nosotros. No había prisa, solo una danza silenciosa en la que cada exhalación guiaba el ritmo y mi cuerpo respondía como si hubiera esperado ese instante desde siempre. Sentí cómo me elevaba, cómo me llevaba con él a un lugar donde el tiempo se disolvía y solo quedaba la vibración pura del deseo compartido. Y allí, en ese punto suspendido entre el temblor y la entrega, llegué al éxtasis: no como un estallido, sino como una luz que se abre paso desde dentro, iluminándolo todo.
Candela Córdoba
Te felicito por este relato. Narras en un corto espacio una pequeña historia con indicios de ser una gran historia. Pasión literaria movida por la suma de un texto muy bien estructurado.
El sum de los sumos, el placer de ser amar