ENTRE DOS MUNDOS

Durante esos días, todo parecía estar cubierto de una densa neblina que me impedía pensar con claridad. Solo conservo el recuerdo de ir sobre mi moto, con una chica preciosa que me agarraba fuertemente a la cintura, y, de repente, una sombra oscura lo anegó todo.

Entonces, una luz empezó a infiltrarse entre las tinieblas, y lo siguiente que evoco es el canto de un millar de pájaros, arrancándome de mi letargo. Fue lo más bello que había escuchado en mi vida. Aunque lo que verdaderamente me estremeció fue que, al abrir los ojos, una vegetación exuberante lo había invadido todo. Parecía estar en plena selva amazónica, sin rastro alguno de civilización.

Me pellizqué de inmediato el brazo y sentí dolor. «Esto no es un sueño», pensé.

—¡¿Quién demonios soy?! —grité, al ver mi piel oscura y el cuerpo casi desnudo. Solo un taparrabos escondía mi pudor.

Avanzaba descalzo, con una larga lanza y afilada que me ayudaba a apartar la maleza. Pero no iba solo, me acompañaba un joven al que sentía tan cercano como a un hijo. Eso fue lo que más me desconcertó; yo tenía apenas dieciocho años, y allí parecía haber vivido toda una vida. En ese mundo permanecí durante meses, obligado a integrarme para sobrevivir y cuando mejor me encontraba desperté.

Estaba en un hospital y de mi cuerpo salían muchos cables que se conectaban a diferentes máquinas.

¿Qué fue lo que me había pasado?¿Era un sueño o el recuerdo de una vida pasada? Los médicos me dijeron que había sufrido una alucinación, y de lo que estaban seguros es de que me faltó muy poco para que me perdieran. Estuve un mes ingresado en cuidados intensivos.

Ahora quiero contar mi historia, la que viví, lo que sentí.

Candela Córdoba

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