MI RITUAL

A veces pienso que mi vida sería más sencilla si no fuera un galgo. No por correr, sino por ser un gourmet de lo dulce: un abogado goloso es una anomalía jurídica. Me ven con mi traje gris, el gesto apacible y mi voz tranquila, y creen que soy un santo. Pero basta que un cliente me suelte una mentira para que me hierva la sangre y me salga un “¡coño, otra vez no!” que hace temblar hasta las sillas del despacho.

Por eso, cuando cae la noche, me refugio en mis rituales. Enciendo la lámpara, preparo un café que nunca tomo solo —siempre con una copa de whisky y mi inseparable vichy—. Ah, las burbujas de mi debilidad… esas pequeñas descaradas que suben como si quisieran cosquillearme el interior. Me hacen reír en silencio, como si fuera la única parte del día que todavía tiene sentido.

Mi perro, viejo compañero de litigios y derrotas, se acomoda en mis piernas. Me mira con esa paciencia que solo tienen los animales. Yo le devuelvo la mirada mientras mi bebida favorita sigue chispeando en mi lengua, como queriendo recordarme que aún hay cosas que sorprenden.

Después viene el helado. Mi pecado nocturno, mi tregua con el mundo. Lo saboreo despacio, dejando que la dulzura limpie las aristas del día. Y entonces, por fin, dejo de ser abogado. Solo soy un hombre cansado que busca un poco de ternura en un mundo que muerde.

Candela Córdoba

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