UNA VISITA INESPERADA
El invierno se había presentado con tanta furia que contrastaba con la tranquilidad de las calles de un pueblo como Torrelaguna. El viento rugía enfurecido, haciendo que los pocos viandantes que se habían atrevido a salir a la calle se arrepintieran de inmediato. Los empujaba con fuerza y doblaba sus paraguas como si fueran de juguete. Los pobres parecían ratoncillos asustados en busca de refugio. Aquella imagen hizo que sonriera un poco. No sabía por qué, pero aquel viento furioso parecía anunciar algo, como si alguien hubiera decidido sacudir el pueblo para comprobar si todavía estaba vivo.
Ring, ring, ring… empezó a sonar insistentemente el timbre de la puerta.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó una señora muy acalorada en cuanto abrí—. ¿No ves que me estoy empapando? —concluyó, sacudiendo su paraguas y empujando la puerta con intención de entrar.
—¿Quién es usted? —quise saber, un poco desconcertado.
—Dejate de preguntas estúpidas y dime solo que he llegado a tiempo.
—No sé de qué me está hablando, señora —contesté, cada vez más confundido. Al fin y al cabo, este era un pueblo muy pequeño. Aquí nos conocíamos todos, y a esa mujer no la había visto en mi vida—. Déjeme tranquilo y márchese —zanjé la discusión, haciendo fuerza para cerrar la puerta, pero su voluminoso cuerpo me lo impedía.
—Que me dejes entrar, muchacho —increpó, empujando con tanta vigorosidad la puerta que casi me tiró al suelo—. En todo caso, debería preguntar quién demonios eres tú y qué haces aquí —exigió saber, dejando caer su maleta en el recibidor.
—Yo soy Mateo, y vivo aquí —dije, intentando zanjar el asunto—. Así que, como no se marche de inmediato, voy a llamar a la policía y verá cómo la saca a patadas de aquí.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó la mujer con un tono áspero, pero cargado de una urgencia que no encajaba con su actitud.
—Mi madre… —empecé, sintiendo cómo la garganta se me cerraba—. Mi madre murió hace casi un año.
La mujer abrió la boca, pero no salió sonido alguno. El viento golpeó la ventana como si quisiera remarcar el silencio.
—No puede ser —murmuró al fin, aunque lo dijo como quien intenta imponerse a la realidad—. Una mujer me dijo que estaba muy enferma, pero… ¡pero nadie me avisó de esto! —añadió, y la rabia le tembló en la voz.
Se secó la cara con la manga, sin importarle que estuviera empapada.
—Esa cabezota… —gruñó—. Siempre guardándose todo para ella. ¿Cómo se le ocurre no decirme nada? ¿Cómo…? —Se interrumpió, respiró hondo y me miró con una mezcla de reproche y desconsuelo—. Muchacho, yo tenía que estar aquí. ¿Entiendes? Tenía que estar.
Su brusquedad seguía ahí, intacta, pero por primera vez vi el miedo detrás. Un miedo que no sabía si era real o parte de su teatro.
—¿Quién está ahí? —preguntó mi abuelo al escuchar nuestros gritos—. ¿María, eres tú? —preguntó el anciano.
La mujer giró la cabeza de inmediato.
—Sí, papá, soy yo —respondió la mujer endulzando su tono de voz como si se hubiera puesto una máscara en un segundo.
Aquello me calló como un jarrón de agua fría. Mi abuelo tenía alzheimer, pero tenía sus momentos de lucidez y este era uno de ellos.
Él estaba en el salón, sentado en su butacón, frente al televisor. Pasaba las tardes allí cuando venía los domingos.
—¿Abuelo, tú conoces a esta mujer?
—Claro que la conozco, es mi hija, la pequeña —aclaró el anciano—. Anda, María, acercate un poco para que pueda darte un beso —dijo el anciano extendiendo sus brazos.
La mujer obedeció y se acuclilló al costado de mi abuelo para ponerse a su altura.
—Papá, cuanto tiempo sin verte.
El brillo en los ojos de mi abuelo me confirmó que verdaderamente era mi tía, pero no me conformé con eso. Había demasiadas cosas que no encajaban.
—Abuelo, ¿quieres que te traiga tu té con leche y las galletas que te gustan?
—Sí, cariño —respondió mi abuelo sin apartar la mirada de su hija. Ella estaba sentada en el brazo del sillón, como si llevara allí toda la vida.
—¿Quiere usted también un té? —pregunté por pura educación.
—Yo no quiero esa agua sucia —bufó—. A mí me preparas una buena taza de café.
Me acompañó hacia la cocina y se dejó caer en una de las sillas que rodeaban la mesa, como si la casa fuera suya.
—Perfecto, no se preocupe, señora, le prepararé su café —respondí, manteniendo la calma. Si quería sonsacarle algo, tenía que dejarla hablar—. Entonces, señora, ¿por qué ahora ha decidido volver?
—Muchacho, hazme el favor de no llamarme más señora —protestó, muy ofendida—. Me hace vieja y yo todavía soy muy joven. Llámame mejor la tía Gucci, todos lo hacen.
—¿Cómo has dicho que te llamas? —exclamé, perplejo. Ese nombre me sonaba a bolso de maruja, pensé, sintiendo cómo mi labio se torcía sin poder evitarlo. Delante de mí tenía a una mujer de al menos sesenta años, quizá más. Parecía mi madre, por amor de Dios. Aunque la ropa que llevaba… bueno, eso era otro tema. Se ve que empezaba a entrar en calor y colgó en el respaldo de la silla el abrigo que traía. Bajo él ocultaba un cuerpo muy entrado en carnes y una ropa más propia de una adolescente que de alguien de su edad.
—Así me conoce todo el mundo desde hace mucho tiempo —concluyó tras darle un sorbo a su humeante taza—. Y tú, ¿cómo decías que te llamabas?
—Me llamo Mateo.
La mujer me observó con una mezcla de impaciencia y urgencia.
—Pues mira, Mateo… yo he venido porque una conocida de tu madre me dijo que estaba muy enferma. Y cuando una persona te suelta eso en mitad de la calle, con el viento llevándose las palabras, tú corres. Corres sin pensar. —Golpeó la mesa con la palma abierta—. Así que dime la verdad. Toda. ¿Qué le pasó a mi hermana?
Su brusquedad seguía intacta, pero ahora la urgencia era un animal vivo entre nosotros, respirando fuerte.
Todavía desconfiaba de ella, me apoyé en la encimera, y medí cada palabra que salía de mi boca
—A mi madre… —empecé, tragando saliva—. Le diagnosticaron un cáncer de ovarios. Muy avanzado. Lo detectaron tarde y… —respiré hondo, como si cada sílaba pesara—. El tratamiento no sirvió de mucho, y al poco tiempo… murió.
La tía Gucci se quedó inmóvil. Ni un parpadeo. Solo el sonido del viento golpeando la ventana y el café temblando en su taza. Luego, sin aviso, dos lágrimas gruesas le resbalaron por las mejillas. No hizo ningún gesto para ocultarlas; simplemente cayeron, como si llevaran demasiado tiempo esperando.
—La muy idiota… —murmuró, con la voz rota—. Siempre creyendo que podía con todo sola.
Se levantó de golpe, como si la silla le quemara, y agarró su maleta con una determinación que no supe si era rabia, dolor o ambas cosas mezcladas.
—Bueno —dijo, sorbiéndose la nariz—. Yo me quedo aquí.
Y sin esperar respuesta, salió de la cocina y avanzó por el pasillo como si conociera la casa de memoria. Yo tardé unos segundos en reaccionar, pero cuando escuché el sonido de una puerta abriéndose, corrí detrás de ella.
—¡Oiga! ¿Qué hace? —protesté al verla entrar en mi habitación como si fuera la suya.
La tía Gucci dejó la maleta sobre mi cama con un golpe seco y se giró hacia mí, divertida.
—Ay, muchacho, no pongas esa cara —rio, sacudiendo la mano como si espantara una mosca—. Esta habitación fue mía antes que de nadie. Así que algún derecho tengo, ¿no?
—¡Pero ahora es la mía! —exclamé, sintiendo cómo la indignación me subía por el cuello.
Ella soltó una carcajada que retumbó en las paredes.
—Pues mira qué bien —dijo, acomodándose en mi almohada como si fuera un trono—. Así compartimos recuerdos. Tú los nuevos, y yo los viejos.
Me quedé en la puerta, sin saber si echarla, gritar o simplemente aceptar que un animal salvaje había entrado en mi casa y no tenía intención de marcharse.
Candela Córdoba