MI NUEVA REALIDAD
Un fuerte golpe me despertó en mitad de la noche. Por un momento me asusté, pero enseguida recordé que la casa tenía un nuevo ocupante. Acto seguido, una música de los ochenta comenzó a sonar a todo volumen por la casa. Las paredes parecían vibrar al compás de la canción, mientras una sucesión de golpes acompañaban la melodía, como si alguien estuviera peleándose con el ritmo.
Me levanté medio dormido, arrastrando los pies por el pasillo. Por suerte, el abuelo no estaba. Él pasaba la semana en el centro y solo se quedaba en casa algunos domingos. Si hubiera estado allí, ya estaría gritando que apagaran “esa porquería de ruido”.
Abrí la puerta de mi habitación y me encontré a la tía Gucci enfundada en unas mallas tan apretadas que dudé seriamente que la sangre le circulara con normalidad. Estaba dando saltitos torpes y moviendo los brazos como si intentara espantar un enjambre invisible.
—¿Qué estás haciendo?, es muy temprano para que hagas tanto ruido y no me estás dejando dormir—pregunté atónito al verla de esa guisa.
—Yoga, ¡qué va a ser! —respondió indignada—, así que déjame en paz que me estás molestando —zanjó la conversación mientras se levantaba y cerraba la puerta de un portazo.
—¡Eso que haces tú no es yoga! —le increpé muy enfadado por haberme despertado a las cinco de la mañana—. Y baja esa música infernal, que no escucho ni mis pensamientos —vociferé, pero ella hizo oídos sordos a mi súplica y, aunque le aporreé la puerta en varias ocasiones, no bajó el volumen.
Decidí entonces darme una ducha para ver si conseguía relajarme un poco. Ya era bastante duro enfrentarse a un lunes sin tener que lidiar, además, con este espécimen en casa. No me dejó otra alternativa que vestirme y marcharme al trabajo; allí por lo menos iba a estar en silencio.
Agradecí entonces que la jefa me hubiera dado la responsabilidad de abrir la oficina por las mañanas. En su momento me lo tomé como un castigo, puesto que tenía que llegar mucho antes que mis compañeros y no olvidarme de encender la calefacción. La jefa odiaba que su despacho estuviera frío cuando llegaba.
—Buenos días —dije muy animado al entrar en el bar que hay muy cerca mi trabajo.
—¡Hombre!, tú por aquí. Es demasiado pronto —dijo sorprendido el dueño del bar—. No tengo ni encendida la cafetera.
—No te preocupes, tengo tiempo —respondí acomodándome en una banqueta de la barra—. Prepárame un zumo de naranja y una tostada con mucho aceite de oliva. El café me lo pones más tarde.
—Marchando —respondió Sebastián muy eficiente. Él era una de las personas más trabajadoras que conocía. Todos los días, a las seis de la mañana, abría la persiana de su bar y la gente iba llegando como un constante flujo que no se secaba nunca. Yo, de normal, no madrugaba tanto y solía verme más bien a las siete. Tenía la ventaja de que a esa hora encontraba aparcamiento fácilmente y aprovechaba para desayunar. La mayoría de las veces me quedaba sin comida en casa y era casi una necesidad biológica.
—¿Qué tal le va a tu hija en la universidad? —pregunté curioso.
—Muy bien, es una buena chica y nada más que piensa en estudiar —respondió orgulloso.
—No habrá sido fácil para ella volver a las aulas después de tanto tiempo, ¿verdad?
—No, no lo ha sido —repitió—. Ella lo dejó todo cuando le detectaron el cáncer a su madre y estuvo a su lado cuando más la necesitó, a pesar de que estaba en el último curso de la carrera. Pero ni se lo pensó.
Asentí despacio. Aquello me tocó más de lo que esperaba. Sabía perfectamente lo que significaba eso, lo que era dejar la vida en pausa para cuidar a alguien que se apagaba poco a poco. Mi madre también había pasado por un cáncer de ovarios, uno que llegó demasiado tarde y que no dio tregua. Yo había estado allí, cada día, cada noche, viendo cómo el tratamiento apenas hacía mella en la enfermedad. Vi cómo se aferraba a la vida con una fuerza que no sabía que tenía… y cómo, aun así, la enfermedad terminó ganando.
Recordarlo me apretó el pecho, pero también me hizo entender al hombre que tenía delante. Entender su orgullo, su dolor, su gratitud. Entender lo que se siente cuando alguien renuncia a su mundo para sostener el tuyo.
—Sé lo duro que es —dije al fin, con la voz más baja de lo que pretendía—. Mi madre también… —me detuve un segundo, respirando hondo—. También estuvo enferma. Y yo… bueno, yo sé lo que es dejarlo todo por alguien.
El hombre me miró con una mezcla de respeto y tristeza, como si de pronto hubiéramos entrado en un terreno que solo entienden quienes han pasado por él.
—Entonces ya sabes —murmuró—. Ya sabes lo que cuesta volver a empezar.
Y sí, lo sabía. Lo sabía demasiado bien. Aquella etapa había marcado cada rincón de mi vida.
—Lo sé… —confesé, dejando que las palabras salieran sin prisa—, pero prefiero resaltar los buenos recuerdos. De hecho, llevo viniendo a este bar desde el día en que me entrevistaron en el Grupo Raylon, y de eso hace ya más de diez años. Aquel día llegué demasiado temprano y entré para tomar algo. Las manos me temblaban y tu mujer se dio cuenta en seguida. Me preparó una tila doble —sonreí apenas—. Siempre sentí que me daba suerte, y ese es el recuerdo que prefiero guardar.
Me incorporé un poco, dispuesto a marcharme. La conversación me estaba llevando por territorios que no quería explorar.
—Creo que voy a subir ya a la oficina. Ponme mejor ese café para llevar.
—-Como quieras, Mateo —respondió vertiendo el contenido de la taza en uno de esos vasos de cartón—. Que tengas un buen día —añadió.
—Gracias, Sebatián. Te deseo lo mismo —dije mientras me levantaba y me dirigía a la puerta.
La mañana resultó mucho menos tediosa de lo que había imaginado y aquel tiempo extra matutino me permitió adelantar trabajo pendiente del viernes. Además, Daniela estaba de viaje de negocios —o eso dijo ella—, así que, la oficina estaba más tranquila de lo habitual.
—Echaba de menos los días tranquilos —dijo Germán en plena exhalación. Estiró los brazos por encima de la cabeza como si fuera un muñeco de goma.
—No te acomodes tan rápido que ha entrado un email de la jefa —bufé, rompiendo el momento.
—¿Y qué demonios quiere ahora? Con la pila de trabajo que tememos con las nóminas —suspiró Germán, rompiendo esa postura tan cómoda que había adoptado. Estamos a final de mes y de año. Ahora vamos a tope y no tenemos tiempo para sus asuntos.
—Ha propuesto una auditoría interna y los de contabilidad están desbordados —aclaré mientras leía el larguísimo texto que nos había enviado Daniela—. Así que nos ha tocado.
—Pues yo me niego —sentenció Germán.
—No me hagas esto Germán, que yo solo no puedo con todo.
—Tienes a los novatos —respondió Germán, señalando a la zona donde se sentaban los becarios.
—Hablaré con contabilidad, será lo mejor —dije al final.
Daniela había tomado por costumbre endosarnos el trabajo que no quería nadie, ese rutinario y tedioso que te quita mucho tiempo y no lleva a nada.
—¡¿Fernando?! —exclamé al ver que nadie contestaba al otro lado del teléfono.
—Sí —respondió al fin, con esa voz suya que siempre sonaba como si estuviera revisando una factura mental.
Fernando era un trabajador que llevaba más años en la empresa que el mismísimo Matusalén. Entró con veintipocos, recién salido de la carrera de Derecho. Pero como por lo visto el mundo está sobrado de abogados y falto de buenos contables, decidió formarse en contabilidad y empezó a trabajar cuando el Grupo Raylon apenas era nada. Trabajaba mano a mano con el fundador, el jefe supremo, como le llamábamos Germán y yo. Si alguien conocía la empresa mejor que los propios directivos, era él.
—Necesito que nos reunamos —dije sin rodeos.
—¿Reunirnos? —repitió Fernando, como si la palabra le diera alergia—. ¿Y para qué?
—Daniela nos ha endosado parte de vuestro trabajo —expliqué, intentando sonar diplomático—. Dice que estáis desbordados.
Escuché un bufido al otro lado. Fernando nunca perdía la compostura, pero cuando algo le molestaba, respiraba como si estuviera soplando una vela invisible.
—Estamos desbordados porque ella lleva unos meses con la cabeza en otra parte —sentenció—. Y porque últimamente, con sus viajes misteriosos, nos deja marrones que no nos corresponden a los de contabilidad.
—Ya… —murmuré, sintiéndome demasiado identificado—. Por eso te llamo. Germán está hasta arriba con las nóminas, los becarios no saben ni dónde tienen la mano derecha y yo no pienso comerme otra auditoría entera solo porque Daniela se aburre en un hotel.
Fernando tardó unos segundos en responder. Seguro que estaba calculando mentalmente cuántas horas de trabajo llevaba acumuladas desde 1998.
—Ven a mi despacho —dijo al fin—. Si vamos a arreglar este desastre, será hablando cara a cara.
—Perfecto. Bajo ahora.
—Y trae el correo de Daniela impreso —añadió—. Quiero ver exactamente qué tontería ha pedido esta vez.
Colgué y miré a Germán, que me observaba con la cabeza apoyada en la mano, como si fuera un espectador de un drama que ya había visto demasiadas veces.
—¿Qué ha dicho? —preguntó.
—Que baje, y que le lleve el correo.
—Pues suerte —dijo Germán, levantando su taza de café como si brindara por mi funeral laboral.
Bajé a contabilidad con el correo impreso en la mano, como si llevara una citación judicial. Fernando tenía su despacho al fondo, donde siempre olía a café recalentado y a papeles que habían visto demasiadas décadas.
Toqué la puerta.
—Pasa —gruñó desde dentro, sin molestarse en sonar amable.
Entré y lo encontré revisando un montón de carpetas que parecían tener la edad del fundador.
—Aquí tienes el correo —dije, dejándolo sobre su mesa.
Fernando lo cogió con dos dedos, como si temiera que el papel pudiera contagiarle la inconsistencia de Daniela. Lo leyó en silencio, frunciendo el ceño cada vez más.
—¿Pero esta mujer qué se cree? —bufó—. ¿Que la auditoría interna se hace sola? ¿Que yo tengo un ejército escondido en el armario?
—Yo solo te digo lo que nos ha mandado —respondí, intentando mantener la compostura.
Fernando me miró por encima de las gafas, con esa expresión de “no me vengas con tonterías, chiquillo”.
—Mateo, llevo aquí más años que las sillas. He visto directivos entrar, salir, llorar, dimitir, casarse, divorciarse y volver a casarse. Pero lo de Daniela… —hizo una pausa dramática—. Lo de Daniela es nuevo. Esta mujer tiene un gran olfato para los negocios, pero también, en igual medida, un talento especial para complicar lo que ya está complicado.
—Por eso he venido —dije—. No podemos asumir más trabajo de contabilidad. Germán está hasta arriba, los becarios no saben ni abrir una hoja de Excel y yo ya he hecho suficientes “favores” este mes.
Fernando soltó una carcajada seca, de esas que no expresan alegría sino resignación.
—¿Favores? Chiquillo, tú no haces favores. Tú haces milagros, y ella se aprovecha.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Fernando se levantó, cogió el correo, lo dobló con precisión quirúrgica y lo dejó en una bandeja marcada como “ABSURDECES”.
—Vamos a hacer lo que se hace siempre en esta empresa —dijo con solemnidad—. Lo que funciona desde 1998 cuando alguien se ponía creativo.
—¿Y qué es eso?
—Ignorarla hasta que se olvide de lo que pidió.
Me quedé mirándolo, incrédulo.
—¿En serio?
—Mateo —dijo, apoyando las manos en la mesa—. Si yo he sobrevivido aquí tantos años, es porque sé cuándo trabajar… y cuándo dejar que las tonterías mueran solas. Esta auditoría interna no la quiere nadie, ni siquiera ella. Se le olvidará en dos días.
—¿Y si no se olvida?
Fernando suspiró, como si yo fuera un niño preguntando por qué el cielo es azul.
—Entonces ya veremos, pero por ahora, vuelve arriba y dile a Germán que no haga nada. Y tú tampoco. Si alguien pregunta, estamos “valorando la carga de trabajo”. Es una frase mágica que sirve para todo.
—¿Valorando la carga de trabajo? —repetí.
—Exacto. Suena profesional, importante y no significa absolutamente nada. Perfecto para Daniela.
No pude evitar reírme.
—Gracias, Fernando.
—No me des las gracias —gruñó—. Dame café. Y dile a la jefa que deje de inventarse auditorías. Que aquí no somos magos.
Salí del despacho con una mezcla de alivio y resignación. Fernando tenía razón, en Raylon, algunas cosas se resolvían trabajando… y otras se resolvían esperando a que se evaporaran. Y esta, claramente, era de las segundas. Con la estrategia marcada y el correo de Daniela enterrado en la bandeja de absurdeces, regresé a mi mesa con la sensación de haber sobrevivido a otra batalla administrativa.
Pero en cuanto me senté, la mente se me fue a otro frente abierto: la vuelta a casa. Le había dejado a mi tía anotado en un papel mi número de teléfono, por si necesitara algo, y desde entonces vivía con la sensación de que en cualquier momento podía estallar otra bomba.
—¡Hola! —exclamé nada más entrar en casa, pero nadie me contestó—. ¡Tía Gucci! —grité más fuerte—. El silencio fue mi respuesta y eso me inquietó aún más, aunque un fugaz pensamiento cruzó mi mente. «Se habrá ido».
Recorrí entonces toda la casa, habitación por habitación, y allí, definitivamente, no había nadie. Lo que sí estaba era todo revuelto y sucio, como si hubiera pasado un animal gigantesco y despiadado. En la cocina había restos de comida hasta en los azulejos que hay delante de los fogones; el fregadero estaba repleto de platos, vasos y cacharros, formando una montaña que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento.
Pero lo peor estaba en el baño. Algunas toallas y prendas de Gucci cubrían todo el suelo. Sus productos de maquillaje estaban esparcidos alrededor del lavabo, como si hubiera explotado una bomba de purpurina. El gel se había derramado por la ducha y mi champú caro no aparecía por ninguna parte. Gucci era como un caracol: por donde pasaba, iba dejando su rastro.
Aquello dejaba claro que no iba a poder convivir con ella por mucho que me esforzara. Era una batalla perdida de antemano, y yo ya estaba demasiado cansado para librar guerras domésticas.
En un primer momento pensé en esperar a que regresara y obligarla a dejarlo todo limpio y recogido, tal como estaba antes de que apareciera en mi vida. Pero, como a las diez de la noche seguía sin dar señales de vida, decidí ocuparme yo mismo. Con sus pertenencias no tuve demasiados miramientos y simplemente se las amontoné sobre su cama, como quien devuelve un paquete defectuoso.
Con eso me quedé más tranquilo y me fui a dormir. O, al menos, lo intenté, porque a las tres de la mañana, una voz ronca y masculina me sacó de golpe del sueño.
—¿Qué pasa aquí? —pregunté al ver que tenía reunidos en el salón a unos octogenarios, y al mirar de cerca a uno de ellos reconocí sin lugar a duda al padre de la panadera.
—No pasa nada, solo estoy con un par de amigos tomándonos la última —respondió muy animada, alzando su copa llena de algún brebaje. Debía de tener una composición muy compleja puesto que sobre la mesa había unas siete botellas de licores diferentes—. ¿Quieres una?
—¡Cómo que si quiero una! Lo que quiero es que estos hombres se marchen de mi casa y descansar. Mañana aquí hay gente que trabaja —respondí enfurecido.
—Esta también es mi casa, no lo olvides, así que no te des esos humos —dijo enfrentando su mirada a la mía.
—Gucci, has entendido perfectamente lo que he querido decir. Necesito silencio.
Ella dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco, como si marcara territorio. Los ancianos se miraron entre ellos, incómodos, pero ninguno se movió. Parecían hipnotizados por ella, como si fueran parte de un ritual nocturno que yo no había autorizado.
—Muchacho, no seas aguafiestas —dijo con ese tono suyo que mezclaba descaro y autoridad—. Ellos ya se iban.
Pero no se levantaban, ni un milímetro.
—Pues que se vayan ya —insistí, sintiendo cómo la paciencia se me evaporaba—. Son las tres de la mañana.
Gucci chasqueó los dedos como si dirigiera un coro.
—Venga, caballeros, que el niño quiere dormir —anunció con una sonrisa—. Tendremos que dar por finalizada la velada —continuó diciendo mientras ayudaba a uno de ellos a levantarse del sofá.
Ellos no se fueron muy felices que digamos, creo que esperaban otro final para esa noche.
—¡Estás contento ya! —exclamó después de tener que ver cómo se besuqueaba con los dos. No al mismo tiempo, claro, pero sí por un riguroso turno. Aquello me revolvió el estómago.
—Tenemos que hablar, Gucci, esto no puede ser la norma de todos los días —empecé a decir antes de que se escondiera en su habitación—. Yo trabajo y necesito cierta tranquilidad, y dormir de un tirón toda la noche es algo imprescindible para mí. Aunque veo que contigo aquí va a ser imposible —confesé esperando un cambio de actitud por su parte.
—Lo intentaré, Mateo, pero no te voy a prometer nada. Yo soy un ser libre y siempre he vivido así.
—No quiero quitarte tu libertad, pero sí pretendo que respetes mi espacio y que seas más comprensible con mi tiempo de descanso —dije ahora en un tono muy conciliador. Ella no respondió nada, pero creo que tomó nota al respecto, o eso esperaba.
Durante el resto de la noche no pude pegar ojo, no hacía más que dar vueltas en la cama, así que decidí levantarme y empezar mi día antes de lo previsto. «Una visita a mi amigo Sebastián será lo mejor», me dije al subirme al coche.
—Buenos días, Sebastián —dije al irrumpir en el bar con tanta energía que la puerta dio un fuerte golpe contra una silla al entrar.
—Buenos días —contestó una voz femenina oculta tras la barra.
—Tú no eres Sebastián por lo que veo —dije entre risas al darme cuenta de mi error y reconocer a su hija—, pero me alegro igualmente de verte. Pensaba que estabas en Barcelona.
—Debería estarlo, pero he adelantado mi vuelta. Solo tenía que entregar unos trabajos antes de las vacaciones de navidad, y lo haré online. No hacía falta que estuviera allí por más tiempo —confesó.
—¿Tu padre está bien? —pregunté preocupado. No era normal que no fuera a trabajar.
—Sí, está muy bien, solo quería que se tomara unos días de descanso. Ya lo conoces y no es fácil alejarlo de su bar.
—Sí, es verdad —dije acomodándome en uno de los taburetes de la barra que tenía más cerca de ella.
—Y tú, ¿qué tal estás? —preguntó interesándose por mí—. Seguro que a estas alturas estás casado y esperando a algún niño —dijo muy sonriente. Aunque yo sabía que estaba muy al tanto de mi vida amorosa; su padre no era muy discreto que digamos.
—No, que va. Las mujeres no me quieren, siempre terminan cansándose de mí y me desechan como a un juguete roto.
—Ellas se lo pierden —dijo en un intento de consolarme.
—¿Tú tienes pareja? —pregunté curioso. Tengo que confesar que más de una vez se lo pregunté a su padre, pero con los asuntos de su hija sí que era bastante reservado y no me contaba nunca nada interesante.
—Sí, tengo novio.
—Y… —dije al ver que era tan escueta su respuesta.
—Y ya está, fin de la historia.
—Tan misteriosa como siempre —dije al comprobar que no había cambiado nada.
—¿Te pongo tu tostada con aceite y el café con leche descafeinado de máquina? —preguntó para zanjar el asunto del novio de una vez por todas.
—Sí, aunque esta vez no lo quiero descafeinado, pónmelo bien cargado, tengo mucho sueño.
—Y eso, ¿te quedaste ayer trabajando hasta tarde?
—Qué más quisiera yo que mis males fueran esos —le aclaré pasándome la mano por el pelo. Terminaba de darme cuenta de que no me había peinado esa mañana y seguro que mi melena estaba muy alborotada—. Tengo a la hermana de mi madre en casa.
—¡¿La hermana de tu madre?! —exclamó muy extrañada—. Pensaba que tu madre no tenía ningún hermano.
—Y yo también pensaba eso —le confesé—, pero apareció por casa el domingo por la tarde, y no me la puedo quitar de encima —entonces el pitido de mi móvil me distrajo de la conversación. Era muy temprano para que nadie me llamara, así que al ver que era un número desconocido pensé de inmediato en Gucci—. ¿Qué pasa? —dije de malas formas al descolgar.
—Cómo que qué pasa, ¿qué maneras son esas de contestar al teléfono —me reprendió fuertemente mi tía al otro lado de la línea.
—Yo contesto como me da la gana —le repliqué casi al instante.
—Es que tu madre no te ha enseñado buenos modales.
—No metas a mi madre en esto y dime qué demonios quieres ahora.
—Pues que he salido un momento de casa y se me han quedado las llaves dentro.
—Ese es tu problema, ya eres muy grande para que te solucione yo la papeleta —dije muy cabreado—. Llama a un cerrajero y que te abra la puerta. No hay otra cosa que se pueda hacer.
—Un cerrajero me va a costar un ojo de la cara y yo no tengo tanto dinero —contestó ella—. Mándame tu ubicación y pasaré a por tus llaves.
—De eso nada, tú no vas a venir a mi trabajo ni muerto.
—Pues si no me dejas otra opción tiraré esta puerta de mierda al suelo y verás como entro en mi casa —contestó tan contundente que la creí.
—Espera, te pasaré la ubicación, pero por favor, compórtate que mi trabajo es muy importante para mí —le supliqué encarecidamente antes de que colgara el teléfono.
—¿Con quién hablabas? —preguntó muy interesada Penélope.
—Con mi tía —confesé cubriéndome los ojos con las manos—, dice que se ha quedado en la calle y que viene a recoger las llaves.
—Mira por dónde voy a conocerla antes de lo que esperaba —dijo entre risas Penélope. Aquello no pintaba bien, pues hoy tenía mucho lío en el trabajo. «Estoy jodido».
Y para empeorar las cosas, Torrelaguna estaba a casi una hora de mi trabajo, en Madrid. Para cuando llegara, seguro que se cruzaría con alguno de mis compañeros. Era justo lo que me faltaba. Y, por supuesto, así fue.
—Una mujer mayor pregunta por ti en la puerta de entrada —dijo el de seguridad al descolgar mi teléfono.
—No la dejes pasar, yo bajo —dije un poco aliviado al comprobar que el de seguridad de la entrada no le habían permitido pasar. Algo de suerte debía tener después de todo.
Cuando salí del ascensor y me dirigí hacia la entrada del edificio, descubrí a Gucci coqueteando con el vigilante. Le acariciaba el rostro con una mano, y fui testigo de la sonrisa embelesada que él le dedicaba. No entendía cómo aquella mujer podía ejercer semejante poder de seducción sobre los hombres. Los tenía a sus pies, babeando como perros delante de un plato de comida.
—Interrumpo —dije muy molesto por la situación.
—Que cosas tienes, Mateo —dijo muy zalamera Gucci—, solo estaba hablando con este caballero.
—Ya veo que solo estás hablando —dije al comprobar que el de seguridad no quitaba ojo de su escote. Gucci le pasó una tarjeta con disimulo antes de acercarse a mí—. Aquí tienes las llaves, Gucci. Y ahora hazme el favor de marcharte antes de que venga alguien de mi trabajo —le exigí—. Pero me pica la curiosidad, ¿cómo has conseguido llegar tan pronto aquí? —aunque ella no contestó y simplemente sonrió.
—Una tiene sus recursos, sobrino —me dijo al oído—. Y ahora va a haber alguien que me lleve a casa. Tu amigo el vigilante dice que termina el turno dentro de quince minutos —añadió finalmente.
Me quedé mirándola sin entender nada. El vigilante no era mucho mayor que yo. ¿De verdad estaba dispuesto a marcharse con ella?
En ese mismo instante, atravesó el control de entrada Marisa, la recepcionista. Venía con su carpeta en la mano, el moño perfectamente colocado y esa mirada de radar que nunca se le apagaba. Cuando vio a mi tía, se le iluminaron los ojos como si hubiera encontrado oro puro.
Marisa era famosa por estar al día de absolutamente todo lo que ocurría en la oficina. Y con mi tía… iba a tener material para rato. Ya me la imaginaba redactando mentalmente un boletín interno con cada detalle: la ropa, el perfume, el modo en que tocaba al vigilante, el volumen de su voz. Todo.
—Buenos días, Mateo —canturreó Marisa, sin quitarle ojo a la tía Gucci—. ¿Alguna visita… especial?
Yo cerré los ojos un segundo. «Estoy jodido», repetí para mis adentros.
—No es una visita especial —aclaré rápidamente—. Es… familia.
Marisa arqueó una ceja, visiblemente interesada. Y entonces me miró a mí, no a mi tía. Era esa mirada suya, la que usaba cuando quería que le contara algo más. La misma que llevaba semanas dedicándome entre cafés, sonrisas y conversaciones que yo había tomado como un tonteo sin importancia… pero que ahora, con ella allí delante, parecía tener un peso distinto.
—Ah… familia —repitió, como si la palabra le supiera amarga.
La tía Gucci, por supuesto, no perdió la oportunidad.
—¡Familia, dice! —exclamó, mirándome con una sonrisa pícara antes de volverse hacia Marisa—. Pues, además de guapa, tiene pinta de tenerte loquito, sobrino. No me digas que esta preciosidad es tu novia.
Marisa se puso rígida. Yo casi me atraganté.
—No, tía, no es mi novia —respondí demasiado rápido—. Solo… trabajamos juntos.
Marisa sonrió, pero no era su sonrisa habitual. Tenía algo de advertencia, como si me estuviera diciendo: “Tú y yo tenemos una conversación pendiente”.
—Claro —dijo ella, acomodándose el moño—. Solo compañeros.
La tía Gucci me dio un codazo.
—Pues yo no sé, sobrino… —susurró con picardía—. Esta chica te mira como si fueras un pastel.
Marisa abrió los ojos como platos.
—Perdona, ¿qué ha dicho? —preguntó, ofendida pero curiosa.
—Nada, nada —intervine, deseando que la tierra me tragara—. Tía, vayámonos ya, por favor.
Pero Gucci no se movió. Miró a Marisa de arriba abajo, como evaluándola.
—Me gusta —dijo al fin—. Tiene carácter. Eso es bueno para ti.
Marisa se sonrojó, aunque intentó disimularlo mirando sus papeles.
Yo, mientras tanto, solo podía pensar una cosa: «Estoy jodido, pero jodido de verdad».
La tensión entre las dos mujeres quedó flotando en el aire como un perfume demasiado intenso. Marisa seguía allí, fingiendo profesionalidad mientras me lanzaba esa mirada que decía: «Esto no ha terminado». Gucci, encantada con el espectáculo, parecía disfrutar cada segundo. Yo solo quería desaparecer.
No quise indagar más y me limité a darle las llaves de casa. Sin embargo, durante el resto de la mañana no conseguí quitarme de la cabeza la imagen de ella esposada a la cama y de él dándole con la porra. Era un horror todo aquello y estaba perturbando mi tranquilidad.
Candela Córdoba