ANTES DE SER YO
Es curioso darse cuenta de cómo funciona la memoria del alma, tan distinta de aquello que un cerebro humano puede almacenar. La mente humana suele olvidar lo doloroso o moldearlo a su conveniencia; sin embargo, la memoria de un alma no es así. Cada palabra, gesto, o sentimiento queda grabado para la eternidad. Y no solo de la última vida, sino de todas las que el alma ha vivido desde que fue creada por Él.
Al inicio de mi existencia era apenas una chispa de energía: la potencia de un ser sediento de conocimiento y vivencias, ansioso por todo lo que estaba por venir. Había sido engendrado por una masa nebulosa con una luz pulsante que latía como un corazón. Era como un amasijo luminoso en el que se mezclaban distintos tonos de azul, dorado y blanco, desprendiendo ráfagas de materia espiritual con cada vibración.
Frente a mí, una gran madre de energía daba a luz a sus hijos. No todos prosperaban; algunos eran reabsorbidos, como sucede en el útero de una mujer. Yo, en cambio, sí avancé y salí de su vientre.
No estaba solo. Éramos como una cadena de perlas brillantes unidas por un pequeño hilo plateado. Nos movíamos impulsados por un afluente de energía que nos conducía a un recinto más pequeño, donde unas madres luminosas cuidaban de nosotros.
Recuerdo que estaba dentro de una especie de saco amniótico. Cuando una de ellas lo abrió, sentí su energía amorosa, cálida, como un abrazo que me envolvía por completo. En ese instante, mi conciencia despertó a través de la curiosidad.
«¿Dónde estoy?», pensé.
Una música suave resonaba de fondo, y la luz que nos rodeaba estaba atenuada, como la lamparilla de noche de un bebé.
Entonces la vi. Serena fue el primer ente que vislumbré al salir de aquella guardería espiritual. Desde ese momento ha cuidado de mí, guiándome y animándome en cada reencarnación. Esta última vida ha sido especialmente dura.
La mayoría de las veces, Serena se presentaba ante mí como una mujer romana. Su pelo dorado recogido con un moño alto, una túnica blanca cubriéndole la cabeza y los hombros, y bajo ella un vestido de tela fina superpuesto sobre uno más opaco. Alta, delgada, con una cadena plateada marcándole la cintura y unos brazaletes de oro en las muñecas.
En otras ocasiones, prefería mostrarse como un anciano con el pelo blanco, bajito y algo encorvado. Es algo normal que un alma tan evolucionada no se limite a una sola imagen. Su desarrollo es muy superior al mío.
Si tuviera que definir qué es Serena para mí, diría que es mucho más que una guía: es mi profesora predilecta, la que mejor me conoce, la que está dispuesta a trabajar conmigo mientras yo siga intentándolo, sin importar cuántas veces me equivoque. No es severa ni excesivamente indulgente. Escucha, y eso es lo que más valoro de ella.
Serena siempre me ayudaba a desprenderme de mi último cuerpo, un proceso que requiere paciencia. Cuando un alma se une a un cuerpo en el vientre materno, su memoria queda bloqueada temporalmente para facilitar la vida que está por comenzar. Sería injusto cargar con el peso de su historia. Pero no empezamos de cero en cada vida; el verdadero yo evoluciona, igual que un bebé aprende.
Soy un alma joven, con mucho por aprender. Como los adolescentes, creo saberlo todo, y ahí radica mi perdición. Solo al regresar a mi auténtico hogar soy consciente de ello, cuando mi espíritu recupera la memoria de todas las vidas pasada, cayendo sobre mí una cascada que me llena por dentro.
En mi mente se agolpaban momentos felices y otros profundamente dolorosos. Los sentía todos a la vez, abrumadores, pero agradecido de que volvieran a mí, porque eso también era yo. Resultaba curioso ver cómo mi imagen cambiaba de una vida a otra: a veces hombre, en otras mujer. En ocasiones con vidas muy largas, en las que me veía con el pelo blanco y la piel arrugada, y otras me marchaba apenas llegaba a la Tierra. No puedo considerarme de un lugar en concreto, pues he vivido en todos los continentes. Soy, simplemente, un ciudadano del mundo.
Candela Córdoba