MIRADAS QUE ATRAPAN EL CORAZÓN
Volvía en tren de A Coruña por primera vez desde que me marché de casa. Habían pasado casi cuatro años desde que me despedí de mi madre en esa misma estación. Ella deseaba verme, y me repetía una y otra vez que volviera, pero yo no era capaz, no hasta que pudiera hacer que se sintiera orgullosa de mí.
Durante aquellos años había intentado convencerme de que marcharse había sido la decisión correcta. Necesitaba demostrarme a mí mismo que podía cambiar, que aquel chico al que todos daban por perdido ya no existía. Sin embargo, mientras el tren avanzaba hacia Valencia, empezaba a comprender que quizá no había huido de mi pasado, sino de mí mismo.
Yo había sido siempre un chico muy problemático. Conocía a la perfección el despacho del director y lo visitaba con bastante regularidad. Mi profesora algunas veces se lo tomaba con humor, y me decía que debía ir a hablar con el cura para que confesara todos mis pecados.
Sin embargo, el director no era tan amable como ella. Él me obligaba a sentarme frente a su mesa y me gritaba hasta que se quedaba sin voz. Y esa mañana tenía motivos de sobra para estar allí. Me había peleado con el grandullón de la clase, y le había zurrado tanto que su camiseta estaba empapada en sangre.
Lo curioso era que ni siquiera recordaba exactamente por qué había empezado aquella pelea. Solo recordaba su puño acercándose a mi cara, mi rabia creciendo y la sensación de que, si retrocedía, todos pensarían que tenía miedo.
Aunque lo más gracioso de todo es que por aquella época parecía un escupitajo, como decía mi hermano mayor. Era muy delgaducho, con el pelo siempre revuelto y la cara llena de pecas. Pero sabía valerme por mí mismo y nunca le tenía miedo a nadie. Eso lo demostraba continuamente.
Mi hermano solía decir que tenía dos problemas: demasiado orgullo y demasiadas ganas de demostrarlo. Probablemente tenía razón.
Así que, ahí estaba de nuevo, sentado esperando junto a la puerta del director a que mi padre viniera a recogerme.
Cuando él apareció y vi su mirada sabía que estaba muy decepcionado conmigo. No necesitó decir una sola palabra. Mi padre siempre había tenido esa habilidad de hacerme sentir culpable con solo mirarme.
Durante el trayecto de vuelta a casa ninguno de los dos pronunció palabra. No le gustaba que le hiciera salir antes del trabajo y eso me lo iba a recordar después. Yo evitaba mirarlo directamente y me limitaba a mirar por la ventana.
Mi hermano, en cambio, habría intentado hacerme reír. Siempre había sido así. Incluso cuando yo había metido la pata hasta el fondo, encontraba alguna manera de quitarle hierro al asunto.
Entonces me quedé pensando que algo tenía que hacer con mi vida, no podía seguir así. Tenía buena cabeza para los estudios, solo me faltaba centrarme de una vez.
Aquella fue la primera vez que pensé seriamente que quizá podía convertirme en alguien de quien mi padre no tuviera que avergonzarse.
Antes de que pudiera seguir dándole vueltas a todo aquello, la imagen del despacho del director empezó a desvanecerse en mi memoria, como si alguien hubiera cerrado una puerta detrás de mí. El recuerdo se fue apagando poco a poco, y cuando abrí los ojos ya no era aquel crío flaco y lleno de pecas esperando a que mi padre llegara enfadado.
Volvía a estar en el tren.
Ahora estaba avanzando hacia mi casa, hacia la vida que había dejado atrás.
Me pasé una mano por la cara y miré mi reflejo en la ventanilla. Ya no quedaba mucho de aquel niño. O eso quería creer.
La llegada a la ciudad fue un alivio. Valencia me pareció distinta cuando salí de la estación, parecía más luminosa.
Aquella sensación de calidez me acompañó hasta casa. Mi madre abrió la puerta al poco de tocar el timbre y me recibió con una enorme sonrisa.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Después me abrazó con tanta fuerza que sentí que todos aquellos años de distancia desaparecían de golpe.
—¡Has vuelto! —exclamó.
—Te dije que volvería.
—Pero tardaste demasiado —zanjó mi madre.
Sonreí.
—Lo sé.
Desde el pasillo podía oler la cena de Nochebuena. Se notaba que se había esforzado especialmente estas navidades. La mesa del salón estaba perfectamente puesta y todos estaban esperándome.
Mi hermano mayor se levantó para abrazarme y me dio dos palmadas en la espalda.
—Mirate —dijo—. Al final vas a conseguir que parezca que tienes algo en la cabeza. No te acostumbres.
—No pensaba hacerlo —respondí.
Sonreí. Aquella conversación tan sencilla me hizo sentir que, a pesar de todo, algunas cosas seguían exactamente donde las había dejado.
Entonces la vi a ella, sentada junto a mi hermano mayor. Y fue entonces cuando todas mis certezas desaparecieron.
Nunca había visto a aquella chica rubia de ojos azules. Su larga melena se deslizaba sobre sus hombros como un suave manto, y me observaba sin el menor disimulo.
Pero no fue su pelo ni sus ojos lo que me dejó sin palabras. Fue su manera de mirarme. No tenía la típica mirada curiosa de alguien que conoce por primera vez al hermano pequeño de un amigo. Era distinta, más detenida. Como si estuviera intentando descubrir quién era yo antes de que yo mismo tuviera tiempo de presentarme.
«¡Qué preciosa es!», pensé.
Ella sonrió ligeramente, y aparté la mirada de inmediato.
Genial. Cuatro años fuera de casa y, a los treinta segundos de volver, ya me estaba comportando como un adolescente.
Durante unos segundos me quedé inmóvil, sin saber qué hacer ni qué decir. La sensación de que todos podían adivinar lo que estaba pensando me hizo apartar la mirada de inmediato.
Mi madre enseguida me guió hasta mi sitio habitual en la mesa. Desde allí podía ver cómo me observaban todos, esperando algo por mi parte. Y, por alguna razón que todavía no comprendía, cada vez que alzaba la vista me encontraba con los ojos de aquella chica.
No dije nada y me limité a comer sin levantar la cabeza del plato. Ellos empezaron a hablar, y la sala se llenó de palabras y risas muy pronto.
Ella participaba poco en la conversación, pero cuando lo hacía todos la escuchaban. Tenía una forma de hablar, sin necesidad de elevar la voz para hacerse notar.
En un momento dado, mi hermano contó una anécdota sobre mí que me hizo protestar.
—No le hagas caso —dije.
—¿Siempre ha sido así? —preguntó ella mientras me miraba divertida.
—Peor —respondió mi hermano.
—Eso es mentira —repliqué muy ofendido.
—Tengo pruebas —aseveró él.
Ella soltó una carcajada. Y aquella risa me gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La conversación continuó entre bromas durante unos minutos, hasta que mi madre, viendo que la cena estaba llegando a su fin, se levantó para sacar la cristalería que solo utilizaba en ocasiones especiales.
—Hoy es Nochebuena —dijo mientras colocaba las copas sobre la mesa—. Creo que podemos permitirnos un brindis.
Mis hermanos aprovecharon aquel momento para volver a la carga. Apenas habíamos levantado las copas cuando empezaron a bombardearme con preguntas los dos a la vez.
En ese momento comprendí que no tenía escapatoria, así que respondí lo mejor que pude. Parecía que se creían todo lo que les contaba de mi vida allí: cómo eran los profesores, las clases o incluso la comida que nos daban.
Ella escuchaba mientras jugaba distraídamente con la copa entre los dedos. De vez en cuando hacía alguna pregunta, siempre muy concreta. No parecía interesada en quedar bien conmigo, más bien, quería saber de verdad cómo había sido mi vida durante aquellos años. Después de un breve silencio, levantó la mirada y sonrió, como si acabara de decidirse a preguntarme algo que llevaba un rato rondándole por la cabeza.
—Entonces… —dijo ella, mirándome con curiosidad—. ¿Dónde has estado todos estos años? Tu hermano me ha contado alguna cosa sobre ti, pero no demasiado.
Sonreí.
—Me fui al Ejército.
Abrió un poco más los ojos.
—¿Al Ejército? ¿Tú?
—Sí, yo —respondí riendo—. Aunque reconozco que, si se lo hubieras preguntado a mi madre hace cuatro años, probablemente te habría dicho que era lo último que esperaba de mí.
—¿Y qué hacías allí?
—Quería cambiar. Necesitaba alejarme de todo lo que había sido hasta entonces y demostrarme a mí mismo que podía hacer algo con mi vida. Entré para formarme como marino y, al mismo tiempo, estudié una carrera de Ingeniería en Telecomunicaciones.
Ella me observaba en silencio, como si intentara imaginarme cuatro años atrás.
—¿Ingeniería en Telecomunicaciones? —preguntó finalmente—. Eso no parece precisamente fácil.
—No lo fue. Hubo momentos en los que pensé que no iba a poder con todo. La formación militar, los estudios, las guardias, estar lejos de casa… Pero precisamente por eso quise hacerlo. Por primera vez tenía algo por lo que luchar y no quería rendirme.
—Así que el chico problemático que me imaginaba…
—Ese murió hace tiempo —la interrumpí con una sonrisa—. O al menos espero que haya quedado enterrado en algún cuartel.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—No sé… A mí me cuesta imaginarte así.
—¿Cómo me imaginas entonces?
Me miró directamente a los ojos.
—No sé. Supongo que cuando te vi esta noche esperaba encontrarme al hermano pequeño de mi compañero. Un chico cualquiera que volvía a casa por Navidad —añadió, dejando la conversación suspendida durante unos segundos—. Pero no eres ese chico.
Sus palabras me dejaron sin saber qué contestar.
—He cambiado bastante en estos cuatro años —dije finalmente—. Supongo que necesitaba hacerlo.
—¿Y eres feliz con lo que haces?
La pregunta me sorprendió. No me preguntó cuánto ganaba, qué rango tenía ni qué había conseguido. Me preguntó si era feliz.
Pensé unos segundos antes de responder.
—Sí. Creo que sí. Me siento bien siendo marino y estoy orgulloso de lo que he estudiado. Pero, sobre todo, me alegra saber que todo aquel esfuerzo ha servido para algo.
Ella sonrió.
—Ahora entiendo algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—La forma en que miras. —Se quedó unos segundos observándome—. Tienes algo diferente.
—¿Diferente?
—Sí. Cuando te vi por primera vez pensé que eras tímido. Ahora creo que no es eso.
—¿Entonces qué es?
Se acercó un poco más.
—Creo que has aprendido a observar antes de hablar.
No pude evitar sonreír.
—Y tú observas demasiado.
—Puede ser.
Sus ojos azules volvieron a encontrarse con los míos, y esta vez ninguno de los dos apartó la mirada.
Durante unos segundos nos quedamos así, en silencio. No sabía muy bien qué estaba pasando entre nosotros, pero empezaba a notar que aquella chica me ponía más nervioso de lo que quería reconocer. Después de tanto tiempo acostumbrado a controlar mis emociones y a pensar antes de actuar, no sabía qué hacer con aquella sensación.
Necesitaba un poco de tranquilidad.
Así que, aprovechando que la conversación se desvió hacia otros temas, me levanté y me fui a mi habitación. La había compartido con mi hermano mayor desde pequeño y, al entrar, me sorprendió descubrir que había respetado todas mis cosas. Todo seguía prácticamente en el mismo sitio que cuando me marché.
Me tumbé sobre la cama y empecé a pensar en ella.
Una vez más, la suerte parecía empeñada en burlarse de mí. La única chica que había logrado llamar mi atención parecía ser la novia de mi hermano mayor. Y, aunque intentaba convencerme de que aquello no tenía importancia, no podía dejar de recordar la manera en que me había mirado durante la cena.
Llamaron entonces a la puerta.
—¿Se puede? —preguntó, obligándome a levantar la cabeza.
Era ella. Entraba sola y se quedó de pie mirándome.
—Tu padre ha dicho que debes acompañarme a casa —dijo —. A tu hermano lo han llamado del hospital y se ha tenido que marchar. Hoy no trabajaba, pero se ve que ha habido un accidente con muchos heridos.
Me incorporé rápidamente.
—¿Está bien?
—Sí, lo han llamado porque necesitaban personal. Por lo que me ha dicho, él está bien.
A pesar de la gravedad de lo sucedido, esas palabras fueron como un regalo caído del cielo y en mi cara apareció una sonrisa que no pude borrar.
Ella arqueó una ceja.
—¿Te hace gracia?
—No, claro que no —respondí, intentando borrar la sonrisa de mi cara.
—Es que…
—¿Qué?
—Nada.
—Eres bastante malo fingiendo —concluyó ella mientras una sonrisa se le escapaba entre la comisura de los labios. Y por primera vez pensé que quizá ella también había empezado a darse cuenta de algo.
Nos dirigimos al local que tienen mis padres en los bajos del edificio para buscar la moto que tenía ahí guardada. Hacía tiempo que no la utilizaba y no sabía si iba a arrancar a la primera. En cambio, para mi sorpresa, empezó a rugir como siempre.
La saqué a la calle y dejé que se montara detrás de mí. Ella no decía nada, pero por su cara parecía un poco asustada.
—¿Tienes miedo?
—Un poco.
—Entonces agárrate.
—¿Y si vas demasiado rápido?
—No voy a hacerlo —le aseguré.
Hubo un pequeño silencio.
—No te creo —respondió ella al ver una sonrisa en mi cara.
—Entonces tendrás que sujetarte fuerte —le dije para que no tuviera miedo y le pasé mi casco.
Su casa no estaba lejos, así que no me di prisa en llegar, aunque de vez en cuando pegaba algún acelerón que otro.
Entonces nuestros cascos chocaban ligeramente y se agarraba con más fuerza a mi cintura.
La primera vez que ocurrió intenté ignorarlo, la segunda también, pero a la tercera dejé de engañarme. Me encantaba sentir sus brazos alrededor de mí.
Eso me gustó mucho.
Aparqué la moto en su misma puerta y la ayudé a bajar.
Continuaba callada, pero sin dejar de mirarme a los ojos. Por mi cabeza pasaron infinidad de pensamientos a toda velocidad de qué hacer o no. Era una tortura.
—Bueno… —murmuré, intentando parecer tranquilo—. Ya estás en casa.
Ella asintió, pero no se movió.
—Gracias por traerme —dijo al fin.
—No es nada —respondí, aunque para mí había sido todo.
Ella bajó la mirada un segundo, como si estuviera pensando algo importante. Luego volvió a levantarla y me observó con una mezcla de timidez y decisión que no entendí.
—¿Sabes? —empezó—. No soy la novia de tu hermano.
Sentí cómo se me helaba la espalda, y no supe si había escuchado bien.
—¿Cómo? —pregunté, casi sin voz
—No soy su novia —repitió, más clara esta vez—. Él me invitó porque… bueno, porque me quedaba sola en Navidad. Trabajo con él en el hospital. Nada más.
Me quedé mirándola como un idiota, sin saber qué hacer con las manos. Era como si alguien hubiera abierto una ventana en mi cabeza y entrara aire fresco de golpe.
—Ah… —fue lo único que pude decir.
—Pensé que lo sabías —añadió junto a una pequeña sonrisa en sus labios.
—No… yo… —me aclaré la garganta—. Yo creía que… bueno, que estabais juntos.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—No, para nada. Tu hermano es muy buena persona, pero… no es mi tipo.
—Ya… claro —dije, intentando parecer indiferente y fallando estrepitosamente.
Ella dio un paso hacia mí, solo uno, pero suficiente para que yo sintiera que el aire se volvía más denso.
—Eres muy distinto a cómo te imaginaba —dijo en voz baja.
—¿Ah, sí? —murmuré, intentando no parecer un idiota.
—Sí, mucho más… —buscó la palabra, ladeando la cabeza—. Tierno.
Me quedé paralizado. No sabía si eso era bueno o malo, pero antes de que pudiera responder levantó su mano y la apoyó suavemente en mi mejilla. Su piel estaba fría por la noche.
—Y me gusta —añadió.
Ya no pude contenerme por más tiempo, y la agarré por la cintura.
Ella no se apartó, al contrario. Se acercó un poco más y apoyó la otra mano sobre mi pecho. Podía sentir los latidos de su corazón, o quizá eran los míos. En aquel momento ya no estaba seguro de nada.
Me aproximé despacio, acortando cada vez más la distancia que nos unía hasta que nuestros labios se encontraron.
Ella cerró los ojos y yo igual, como un acto reflejo perfectamente sincronizado.
El primer beso fue suave, casi tímido. Apenas un roce que duró unos segundos, pero que consiguió detener el mundo a nuestro alrededor. Cuando nos separamos, ninguno de los dos abrió los ojos de inmediato.
Volví a mirarla y ella sonrió.
—Eso ha sido bastante mejor de lo que esperaba —susurró a mi oído.
—¿Solo bastante?
No llegó a responder. Me rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarme.
Esta vez no hubo timidez. La abracé por la cintura y ella se acercó todavía más a mí. El beso se hizo más intenso y profundo, lleno de toda la tensión que habíamos acumulado desde que nos vimos por primera vez aquella noche.
Durante unos instantes olvidé que estábamos en la calle, que era Nochebuena y que cualquier persona podría aparecer en cualquier momento. Solo existíamos nosotros dos y aquella sensación de haber encontrado algo que ninguno de los dos estaba buscando.
Cuando finalmente nos separamos, permanecimos muy cerca. Su frente quedó apoyada contra la mía.
—Creo que vamos a tener un problema —dije.
—¿Por qué? —preguntó ella desconcertada.
—Porque ahora voy a querer volver a verte.
Ella sonrió.
—Ese no es un problema —dijo con una sonrisa, entrelazando sus dedos con los míos.
—¿No?
—No —respondió ella al tiempo que me acariciaba suavemente la mejilla—. El problema sería que no quisieras.
Volví a besarla, esta vez lentamente.
Y mientras la abrazaba comprendí algo que hasta entonces no había entendido. Había pasado varios años intentando demostrarle a todo el mundo que podía convertirme en alguien diferente y que volver a casa significaba enfrentarme a mi pasado, pero aquella noche descubrí que significaba algo completamente distinto.
Candela Córdoba
Una bonita historia 🙌🌹