EL PLAN PERFECTO
Capítulo 5
Esperando la llegada de Daniela, Mateo y Germán intercambiaban miradas de pánico silencioso esa mañana. Desde su divorcio, se había refugiado en su trabajo con la intensidad de alguien que intenta olvidar su vida personal… torturando a los demás.
—Buenos días —dijo ella, sin que sonara a buenos ni a días—. Quiero los informes de gastos antes de las doce —ordenó, dejando una carpeta sobre la mesa de Mateo con un golpe seco—. Y revisad las facturas del trimestre. Todas. Una por una.
—¿Todas? —preguntó Germán, horrorizado.
—¿Hay alguna palabra que no hayas entendido? —respondió Daniela, con una sonrisa que daba más miedo que su silencio.
—Nos odia —murmuró Mateo al dejar caer la cabeza sobre la mesa.
—Nos odia muchísimo —confirmó Germán—. Creo que sueña con vernos sufrir.
—Desde que rompió con su marido está peor —añadió Mateo—. Antes era estricta, pero ahora… ahora es como Thanos con tacones.
Germán asintió con solemnidad.
—¿Y qué hacemos?
—Tengo un plan —dijo Mateo al levantar la cabeza con una chispa en los ojos.
—Tus planes siempre acaban conmigo corriendo por el pasillo —increpó Germán un poco pálido.
—Esta vez no —dijo Mateo, poniéndose en pie—. Esta vez es un plan maestro.
—¿Qué clase de plan? —quiso saber Germán mientras lo miraba con desconfianza.
—Un plan romántico —dijo al fin, cruzándose los brazos orgulloso de sí mismo.
—¡¿Qué?! —logró decir Germán muy incrédulo.
—Operación Cupido —anunció Mateo—. Vamos a buscarle novio a Daniela.
—¿Estás loco? ¿Quieres que nos mate? —logró decir entre susurros por miedo a que alguien les escuchara.
—No, quiero que sea feliz —respondió Mateo—. Y que deje de hacernos revisar facturas de 2022.
Germán se quedó pensativo.
—Vale, eso último me convence. ¿Y quién es el candidato? ¿Un santo, un psicólogo… o directamente un exorcista?
—El nuevo notario —dijo Mateo con una sonrisa como quien revela un as bajo la manga.
Germán se atragantó con su propio aire.
—¿Qué notario?
—Mi amigo de la notaría —explicó Mateo—. Me ha dicho que el viejo se ha jubilado y que ahora hay uno nuevo. Uno alto, atractivo, soltero… y con pinta de tener paciencia infinita. Justo lo que Daniela necesita.
—¿Y cómo sabes que es soltero? —preguntó Germán, con la sospecha asomándole en la voz.
—Porque lo chequeé en Instagram —respondió Mateo, sin la menor vergüenza—. Y porque no lleva anillo, y mi amigo lo llamó “un tesoro escondido”. Y ya sabes lo que significa eso.
—Que es un partidazo —adivinó Germán antes de exhalar un suspiro.
—Exacto.
—¿Y cuál es el plan? —preguntó Germán al ver cómo Mateo se frotaba las manos.
—Muy sencillo. Vamos a hacer que se conozcan. “Casualmente”.
—¡¿Casualmente?! —repitió Germán, con miedo.
—Sí. Daniela tiene que firmar unos documentos de la empresa en la notaría. Y nosotros… —Mateo sonrió como un villano adorable— vamos a asegurarnos de que vaya ella, que el notario esté libre, y de que haya… ambiente.
—Esto va a salir fatal —dijo Mateo después de llevarse una mano a la frente.
—O va a salir genial —corrigió Mateo—. Y si se enamoran, nos libramos de las auditorías sorpresa.
—Vale. Estoy dentro —aseguró Germán después de pensarlo un segundo.
Mateo chocó su mano con entusiasmo.
—¡La Operación Cupido ha comenzado! —exclamó Mateo al ponerse en pie.
En ese momento, Daniela salió de su despacho.
—¿Qué estáis celebrando? —preguntó, con los ojos entornados.
—Nada —dijeron los dos al mismo tiempo. Pero ambos sabían que a ella no se le escapaba nada, así que deberían ir con mucho cuidado.
Daniela los miró un segundo más… y decidió que no quería saberlo.
Mateo y Germán se miraron. El plan estaba en marcha. Y si todo salía bien, no solo salvarían su salud mental… sino que quizá, solo quizá, harían que Daniela volviera a sonreír.
***
Esa mañana, Daniela llegó a la notaría sin sospechar absolutamente nada. Lo cual ya era un logro teniendo en cuenta que llevaba semanas con el radar emocional activado al máximo. Mateo y Germán habían conseguido convencerla de que era imprescindible firmar unos documentos en persona. Le dijeron que no se podía delegar, que era urgente, y que solo ella podía hacerlo porque “la empresa necesitaba su criterio”.
La palabra “criterio” siempre funcionaba con Daniela. Era como decirle “eres la elegida”.
Daniela caminaba por la acera con paso firme, y unos tacones marcando un clac‑clac que sonaba a sentencia judicial. Mateo iba medio paso detrás, intentando seguirle el ritmo sin parecer un perrito asustado.
—No entiendo por qué tengo que venir yo —refunfuñó Daniela, sin girarse—. Esto podría haberlo firmado Recursos Humanos.
—No, no, imposible —respondió Mateo, con una sonrisa tan falsa que hasta el sol se escondió detrás de una nube—. Es un documento muy… muy… sensible.
Daniela lo miró de reojo.
—¿Sensible?
—Muchísimo —confirmó él, tragando saliva.
La verdad era que el documento era una tontería. Una firma rutinaria. Pero Mateo llevaba semanas viendo cómo Daniela se convertía en una mezcla entre jefa estricta y villana de telenovela desde el divorcio. Él estaba decidido a salvarla… y salvarse a sí mismo de otra auditoría sorpresa.
Y para eso necesitaba que conociera al nuevo notario.
Entraron en el elegante portal del edificio. Las paredes estaban forradas de mármol, un espejo enorme nos devolvía nuestra imagen y un olor a colonia envolvía el ambiente. Daniela aprobó el entorno con un leve asentimiento. Mateo respiró aliviado: el escenario era perfecto.
Subieron en ascensor. Daniela estaba entretenida con su móvil y, a su lado, Mateo revisaba una y otra vez el plan en su mente. «Que esté libre, guapo y Daniela no me mate».
La recepcionista los recibió con una sonrisa profesional.
—Buenos días. ¿Tienen cita?
—Sí —dijo Mateo—. Para firmar unos documentos del Grupo Raylon.
—Perfecto. El señor Adrián Salvatierra está disponible. Pueden pasar —dijo la recepcionista al consultar su agenda.
Mateo sintió que los ángeles cantaban. Daniela no sintió nada, o eso parecía.
La puerta del despacho se abrió.
Y apareció él.
Adrián Salvatierra. Con un traje impecable, una barba perfectamente recortada, unos ojos tranquilos, y una sonrisa de “no te preocupes, yo arreglo todo”.
Daniela se quedó quieta. Solo un segundo. Pero Mateo lo vio, y casi se le escapa un “¡Bingo!”.
—Buenos días —saludó Adrián, extendiendo la mano.
Daniela tardó medio segundo en reaccionar, lo cual en ella era como si hubiera tardado media hora.
—Buenos días —respondió, estrechándole la mano con firmeza.
Mateo sonrió como un pícaro irresistible.
—Pasen, por favor —dijo Adrián, indicándolo suavemente con la mano.
El despacho era amplio, luminoso, con estanterías llenas de libros y una cafetera italiana en una esquina. Daniela lo recorrió con la mirada, aprobándolo todo en silencio.
—Así que vienen a firmar los documentos de la empresa —comentó Adrián, revisando los papeles—. ¿Usted es la responsable?
—Directora ejecutiva del Grupo Raylon —respondió Daniela, asintiendo con la cabeza.
—Impresionante —respondió él, con una sonrisa sincera.
Daniela parpadeó. Mateo casi se desmaya. «Esto va mejor de lo previsto».
Mientras Daniela revisaba los documentos con su precisión habitual, Adrián la observaba con interés. No el interés profesional. El otro. El que Mateo reconocía perfectamente.
—Tiene una letra muy clara —comentó Adrián cuando ella firmó la primera hoja.
—La claridad es fundamental en mi trabajo —respondió Daniela.
—Y en el mío —añadió él, dejando tras de sí un silencio, uno muy prometedor.
Mateo se mordió la lengua para no gritar “¡CASAOS YA!”.
Cuando terminaron, Adrián cerró la carpeta.
—Ha sido un placer trabajar con usted, Daniela.
—Igualmente —respondió ella, y esta vez sí sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
Mateo sintió que la humanidad avanzaba un paso hacia la paz mundial.
—Si necesitan cualquier otra cosa —añadió Adrián—, estaré encantado de ayudarles.
Daniela asintió. Mateo no pudo evitar intervenir.
—Pues seguro que sí —dijo, con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie—. Porque Daniela viene mucho por esta zona. Muchísimo. ¿Verdad, Daniela?
—No —respondió ella, fulminándolo con la mirada.
—Sí —corrigió Mateo, sin miedo a morir—. Muchísimo.
—Entonces espero verla pronto —añadió Adrián sin borrar la sonrisa de su rostro.
Daniela se quedó quieta, aunque solo un segundo, pero suficiente.
—Puede ser —respondió ella.
Mateo tuvo que contener un grito de victoria.
Cuando salieron a la calle, Daniela caminaba más erguida, más ligera, como si el aire pesara menos.
—Buen profesional —comentó, como quien no quiere admitir nada más.
—Sí, sí, muy profesional —dijo Mateo, mordiéndose la lengua para no añadir “y muy atractivo”.
Daniela lo miró con sospecha.
—¿Por qué sonríes tanto?
—Por nada —respondió Mateo.
Daniela entrecerró los ojos… pero siguió caminando.
Mateo, en cambio, ya estaba enviando un mensaje a Germán:
Fase 1 completada. Ha habido química. Repito: QUÍ‑MI‑CA.
Candela Córdoba