EL FIN DE LAS VACACIONES Y… LA VUELTA AL JALEO
El primer lunes de septiembre siempre tenía algo de cruel, no por el trabajo en sí, sino por el contraste. El pasar de las chanclas, el olor a crema solar y la despreocupación absoluta… a la oficina, con su aire acondicionado demasiado fuerte y las pantallas encendidas desde las ocho de la mañana eran inhumanos. Aun así, aquel año, la vuelta tenía un matiz distinto y había curiosidad en el ambiente. Todos queríamos saber cómo habían ido las vacaciones de los demás, quién había sobrevivido al calor, o quién había discutido con su pareja y cuál era el bronceado sospechosamente más perfecto.
Llegué temprano, como siempre. El edificio estaba en silencio, salvo por el zumbido de las luces y el sonido lejano de la cafetera automática. Me senté en mi mesa, encendí el ordenador y respiré hondo. Septiembre, otra vez. Necesitaba un café para sobrevivir el día.
A las ocho y diez escuché el ascensor abrirse y supe que era ella antes de verla. Olivia tenía una forma de caminar que siempre anunciaba su presencia: ligera, segura, como si el mundo fuera un lugar manejable. Pero aquel día entró en la oficina como si trajera el sol pegado a la piel.
—¡Madre mía, Olivia! —exclamó Ana desde su mesa, levantándose de golpe—. ¿Qué te ha pasado? ¡Estás negra como un tizón!
Olivia se detuvo, sorprendida, y luego soltó una carcajada.
—Pues… he estado en la playa —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿En la playa? —Ana la miró de arriba abajo, exagerando la expresión—. ¡Pero si pareces recién llegada del Caribe! ¡Qué barbaridad! ¡Si te pones al lado de Lawrence desapareces!
Olivia se sonrojó, aunque con ese bronceado apenas se notaba.
—He pasado las vacaciones con Jorge —admitió, bajando la voz, pero sin poder ocultar la sonrisa que se le escapaba por las comisuras.
Ana abrió los ojos como si acabara de descubrir un secreto de Estado.
—¿Todo agosto? —preguntó, con ese desparpajo suyo que nunca sabía de límites.
—Todo agosto —confirmó Olivia.
Y ahí estaba. La prueba definitiva de que su relación con Jorge ya no era un experimento, ni un “a ver qué pasa”. Era algo sólido. Algo que había sobrevivido al calor, a la convivencia, a las cenas improvisadas y a las reuniones familiares. Olivia irradiaba una calma nueva, una seguridad que antes no tenía. Y Ana, aunque intentaba fingir que no le afectaba, se emocionó un poco. Se le notó en los ojos.
—Pues me alegro mucho por ti —dijo, intentando sonar casual—. De verdad.
Pero su voz tenía un matiz suave, casi tierno.
Olivia dejó su bolso, se sentó y empezó a encender el ordenador. Ana volvió a su mesa, pero no tardó ni diez segundos en girarse de nuevo.
—¿Y tú qué? —le pregunté, aprovechando que Olivia estaba distraída—. ¿Qué tal tus vacaciones?
Ana hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca invisible.
—Bah… normales.
—¿Normales? —repetí, sabiendo perfectamente que esa palabra en Ana nunca significaba lo que decía.
—Claus se fue a Alemania —soltó, como quien comenta el tiempo—. Tenía cosas que hacer allí. Familia, trabajo, ya sabes.
—¿Y tú no fuiste?
Ana se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.
—No era plan. Además, tampoco me lo pidió.
Pero la forma en que apretó los labios decía otra cosa. Ana había pasado agosto esperando un mensaje, una invitación, un “vente conmigo”. Y no llegó. Ella, que siempre presumía de ser independiente, de no necesitar a nadie, había pasado el mes mirando el móvil más veces de las que admitiría.
—Bueno —dijo, intentando recuperar su tono habitual—. No pasa nada. Ya habrá más veranos.
Pero su mirada se quedó un segundo perdida, como si ese “más veranos” fuera una promesa que no sabía si Claus cumpliría.
El ascensor volvió a sonar. Esta vez, el que apareció fue Mateo.
Y, sinceramente, parecía un…
—¡Pero bueno! —gritó Germán desde su mesa, casi atragantándose con el café—. ¿Qué te ha pasado en la cara?
Mateo se detuvo, resignado, como quien ya sabía que iba a ser el centro de todas las bromas del día.
—No me digas nada —pidió, levantando una mano—. Ya sé cómo estoy.
—¿Cómo estás? —repitió Germán, riéndose—. ¡Estás rojo como un tomate! ¡Y tienes la marca de las gafas! ¡Parece que te han pintado con un rodillo!
Ana se giró, y al ver a Mateo soltó una carcajada tan fuerte que Olivia tuvo que taparse la boca para no unirse.
—Mateo, por favor —dijo Ana—. ¿Qué has hecho? ¿Dormirte al sol?
—No —respondió él, dejando su mochila en el suelo—. Me quedé leyendo en la piscina. Y se me olvidó echarme crema. Y… bueno, pasó esto.
—¿Leer? —Germán levantó una ceja—. ¿Desde cuándo lees tú?
—Desde siempre —replicó Mateo, ofendido—. Lo que pasa es que no lo voy contando por ahí.
—Pues deberías contarlo —dijo Ana—. Así la gente sabría que no eres un cangrejo, sino un crustáceo culto.
Mateo bufó, pero no pudo evitar sonreír.
—Además —añadió Germán, señalando su cara—. ¿Qué gafas llevabas? ¿Unas de buceo? ¡La marca es enorme!
—Eran las de sol —respondió Mateo, tocándose la piel con cuidado—. Y no me toquéis, que me duele todo.
Olivia se levantó y fue a su mesa.
—¿Quieres aloe vera? —preguntó, con esa dulzura suya que siempre aparecía cuando alguien sufría.
—Sí —respondió Mateo, sin dignidad alguna—. Por favor.
Ana se levantó también.
—Yo tengo una crema para quemaduras —dijo—. Me la dio Claus cuando me quemé con la plancha del pelo. Es mano de santo.
—¿Claus? —preguntó Germán, con una sonrisa traviesa—. ¿El alemán?
Ana le lanzó una mirada que decía “no empieces”.
—Sí, el alemán —respondió, cruzando los brazos.
—¿Y qué tal tus vacaciones? —insistió Germán, disfrutando del momento.
—Bien —mintió Ana.
Pero Olivia, que la conocía mejor que nadie, se acercó y le tocó el brazo.
—¿No le echaste de menos? —preguntó con suavidad.
Ana bajó la mirada.
—Un poco —admitió.
Y ese “un poco” era, en realidad, un “muchísimo”.
Mientras Olivia y Ana buscaban cremas y Mateo intentaba que no le rozara nada en su piel chamuscada, Marisa apareció en escena y con una expresión de “traigo noticias y no son buenas”.
—Chicos… —susurró, aunque todos la escuchamos—. Ha llegado Daniela.
Mateo se quedó congelado con el bote de aloe en la mano. Germán, que estaba a punto de darle un sorbo al café, se quedó a medio camino, como si la taza pesara de repente diez kilos.
Olivia y Ana se miraron de reojo. Se estaban riendo, claramente, por lo bajini.
Ver a Mateo y Germán entrar en modo pánico era demasiado tentador.
—¿Y…? —pregunté yo, porque nadie más parecía capaz de articular palabra.
Marisa tragó saliva.
—Y quiere hablar con vosotros dos —dijo, señalando directamente a Mateo y Germán.
El silencio fue inmediato.
Mateo abrió los ojos como si acabara de ver su vida pasar en diapositivas. Germán se quedó inmóvil, con la taza en la mano, como una estatua dedicada al miedo administrativo.
—¿Con… nosotros? —balbuceó Germán.
—Sí —confirmó Marisa—. Ha preguntado por vosotros en recepción. Y no parecía… de buen humor.
Olivia tuvo que girarse para que no se le viera la sonrisa. Ana se tapó la boca con la mano, pero sus ojos brillaban de pura diversión.
—¿Pero qué hemos hecho? —preguntó Mateo, horrorizado.
—No tengo ni idea —respondió Marisa—. Solo ha dicho: “Que vengan”. Y ya sabéis cómo lo dice ella.
—Con esa voz que hace que hasta las plantas se enderecen —murmuró Ana.
Olivia soltó una risita.
Mateo y Germán se miraron, compartiendo un pánico tan sincero que casi daba ternura.
—¿Tú sabes algo? —preguntó Germán.
—Nada —respondió Mateo, tocándose la cara y quejándose del escozor—. ¿Y tú?
—Menos —dijo Germán, ya sudando.
—Será mejor que vayáis —añadió Marisa, observándolos con una mezcla de pena y diversión—. No le gusta esperar.
—Ánimo —dijo Olivia, con toda la calma del mundo—. Seguro que no es nada grave —finalizó, dedicándoles una sonrisa.
—O sí. Pero si lo es, al menos nos enteraremos pronto —añadió Ana.
Mateo la miró con una expresión que decía “no me ayudas”, y Germán emitió un suspiro que resonó en toda la sala.
—Vamos —dijo Mateo, saliendo resignado de la sala como dos soldados camino del frente.
Cuando la puerta se cerró, Olivia y Ana estallaron en carcajadas.
—Son increíbles —dijo Ana, secándose una lágrima de risa.
—Pobrecitos —añadió Olivia, aunque seguía riéndose.
—Qué pena que no pueda ver sus caras —añadió Marisa.
Daniela no había pedido que fueran a su despacho, de hecho, le indicó claramente que no le pasara ninguna llamada; tenía un asunto muy importante que ver esa mañana y no quería ninguna distracción. Pero Mateo no había contestado a ninguno de sus mensajes en todo el verano. Ni uno. La dejó en visto como si esa fuera la manera de terminar una relación… aunque esa relación apenas hubiera empezado. El pobre Germán solo era un daño colateral.
Septiembre había empezado. Con quemaduras, bronceados imposibles, amores a medio hacer, jefas que no querían distracciones y recepcionistas vengativas. Y, sinceramente, no sabía si reírme… o rezar por ellos.
Candela Córdoba