A sus pies apenas llega la luz del sol, y por eso ni la hierba ni los helechos se atreven a crecer. El suelo permanece desnudo, cubierto solo por algunas hojas y ramas caídas. El ambiente es húmedo; imagino que por la cercanía de un pequeño riachuelo. No puedo verlo, pero escucho el agua deslizándose entre las rocas.

Me gusta ir al atardecer, cuando el canto de los pájaros se vuelve más vivaz. Intento prestar atención a todos los sonidos del bosque; me calma, como si se abriera una puerta hacia un lugar donde solo existen la paz y la quietud. Pero aquella vez no lo conseguí.

Por eso lo abracé fuerte, pegando mi cara a él. Debía ayudarme, aunque fuera solo guardando mi calor un instante. Olía a tierra mojada y a hojas recién nacidas, y por un momento tuve la impresión de que respiraba conmigo: lento, profundo, recordándome que todo sigue su curso aunque yo me detenga.

Se erguía imponente, pero solitario a las faldas de la ladera. Sus ramas estaban cargadas de arilos, su fruto, de textura sofisticada, como una miel aterciopelada con un toque de frambuesa. Parecían pequeñas luces encendidas entre el follaje.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, pues cuando abrí los ojos la luna iluminaba mi camino de vuelta a casa.

Candela Córdoba