El tiempo de visita llegaba a su fin, y en la sala cada ve quedaban menos familiares. Algunos se resistían a marcharse y lo agotaban como lo haría un reo al llegar su hora. En cambio, para mí empezaba la mejor parte del día, y sentado en mi butaca me deleitaba con el silencio. Era una dulce brisa que acariciaba mis recuerdos, que los empujaba a volar libres y el mar siempre estaba presente en ellos.

Me vi entonces de chico, cuando mi abuela me acercaba al puerto para ver a los grandes barcos zarpar, también durante mi primera travesía al mando de uno de ellos. Aunque no olvido las noches en las que pensaba en ella, tan lejos de mí que su recuerdo me abrasaba. Ahora deseo con fuerza que esos momentos vuelvan. Aquel mar, testigo de mis anhelos y despedidas, sigue siendo el refugio donde mi alma encuentra calma.

Candela Córdoba