Capítulo 7
—¡Anima esa cara! —exclamó Germán—, que el mundo no se acaba —concluyó en un intento de sacudir esa niebla de desánimo que me rodeaba.
—Ya lo sé, pero…
—Pero nada —zanjó Germán mientras se levantaba de golpe de su silla—. Hoy es el día perfecto para ir a comer a ese sitio que tanto te gusta.
Lo miré, sin mucha convicción.
—Germán, faltan veinte minutos para salir.
—¡¿Y?! —alzó las cejas, como si hubiera dicho una tontería monumental—. ¿Tú crees que la felicidad espera al reloj?
—No.
—Pues eso. Coge la chaqueta y vayámonos —zanjó Germán.
Al llegar a recepción, Penélope se nos quedó mirando extrañada. No eramos de los que nos escaqueábamos, más bien de los que cerrábamos la oficina a las tantas de la noche.
—¿A dónde vais vosotros a estas horas? —preguntó Penélope, con los ojos entrecerrados como si estuviera a punto de descubrir un crimen.
Por cierto, esa mañana iba preciosa. No sé si era cosa de la luz de recepción o de mi estado emocional, pero me fijé en detalles que normalmente me pasarían desapercibidos: como las bota altas de cuero; el vestido elegante que llevaba; y su pelo, rubio y rizado, que caía sobre los hombros con una naturalidad que parecía ensayada.
No sé por qué, pero me quedé mirándola un segundo más de lo normal. Cuestión que Germán notó al instante.
—A un retiro espiritual —respondió Germán con solemnidad.
—A comer, Penélope. Vamos a comer —aclaré, intentando sonar normal.
—¿A comer? ¿Ahora? Si faltan veinte minutos —pregunto extrañada, aunque nos sonrió aprobando nuestra iniciativa. Estaba muy al tanto de las exigencias horarias de Daniela.
Germán se inclinó hacia mí mientras Penélope revisaba unos papeles.
—¿Te has fijado en las botas? —susurró, con una sonrisa maliciosa.
—¿Qué? No. O sea… sí. Pero no.
—Ajá —canturreó él—. Muy convincente.
—Germán, por favor.
—Solo digo que igual no eres tan ciego como pareces —añadió, dándome un codazo—. Y que Penélope hoy está… en modo wow.
Me atraganté con mi propia saliva.
—Cállate.
—No me callo nada. Si te vas a venir abajo por lo de Olivia, al menos que sea mirando algo bonito.
Penélope levantó la vista justo en ese momento.
—¿Decís algo?
—Nada —respondimos los dos a la vez, demasiado rápido.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—Pues iros ya, que parecéis dos adolescentes escapando del instituto.
Germán me empujó suavemente hacia la puerta.
—Vamos, Romeo. Que las croquetas esperan.
Y mientras salíamos, no pude evitar mirar de reojo a Penélope una última vez. Solo un segundo. Solo para confirmar que sí, que estaba tan radiante como me había parecido.
Germán sonrió como quien acaba de resolver un misterio.
—Te he visto —murmuró.
—No has visto nada.
—He visto todo —sentenció Germán, sonriendo levemente.
***
Llegamos al restaurante en cinco minutos. Ese sitio siempre me había gustado: pequeño, acogedor, con olor a pan recién hecho y camareros que te trataban como si fueras familia… pero sin pedirte dinero prestado.
Germán se frotó las manos.
—Hoy comemos como reyes. Y tú, Mateo, vas a tener que explicarme qué ha sido eso que ha pasado entre tú y Penélope —quiso saber Germán.
—No sé de qué me hablas.
—No te hagas ahora el tonto —respondió Mateo—. Sabes perfectamente de qué te estoy hablando. Esas miraditas que te llevabas con Penélope, ¿qué significan?
—No hay nada entre nosotros. Además es demasiado joven para mí —concluí en un intento de zanjar el tema.
—¡Joven! —exclamó divertido Germán—. Solo es seis años menor que tú, eso no es ser “demasiado joven”.
Iba a replicarle, pero entonces ocurrió.
Germán se quedó congelado en mitad de la frase, con la boca entreabierta y los ojos como platos.
—Mateo… —susurró, sin apartar la vista del fondo del local.
—¿Qué? —pregunté, girándome para ver qué había visto.
Y ahí estaba.
Daniela.
Sentada en una mesa, de espaldas a nosotros. Con un vestido que no era de oficina, ni de ningún día que yo hubiera visto en ella. Y frente a ella… un hombre.
Un hombre del que no teníamos constancia en su vida. Tenía el pelo ligeramente ondulado, de un moreno intenso, casi azabache, y unos ojos color miel solo interesados en Daniela. Aunque lo que más nos llamó la atención es que no llevaba traje y, aún así, tenía un porte elegante, casi magnético.
—No puede ser —murmuró Germán, llevándose una mano al pecho—. Mateo, dime que la estás viendo.
—La estoy viendo —respondí, intentando no reírme.
—¿Y él? ¿Quién es él? ¿De dónde ha salido ese señor tan… tan… tan misterioso?
—Ni idea —admití—. Pero desde luego no es el notario.
Germán me dio un codazo. —Baja la voz, por Dios. Como nos oiga, nos mata.
—Tú eres el que está gritando —susurré.
—Estoy susurrando dramáticamente —se defendió.
Nos deslizamos hacia una mesa lateral, estratégicamente situada para ver la escena sin ser vistos. Bueno, eso creíamos. Germán se agachó tanto que parecía que estuviera intentando esconderse debajo del mantel.
—Germán, si te metes un poco más debajo de la mesa, te van a pedir que tomes nota de las comandas —le dije.
—Calla, que quiero ver bien —susurró, asomando solo los ojos por encima de la carta.
El hombre la miraba con una atención que daba hasta envidia. Y Daniela… Daniela estaba tranquila. Serena. Con esa sonrisa suave que jamás sacaba en la oficina. Una sonrisa que parecía reservada para él.
—Mateo… —murmuró Germán, impresionado—. ¿Tú estás viendo cómo la mira?
—Lo estoy viendo.
—Y ella… —añadió, incrédulo—. ¿Desde cuándo Daniela sabe sonreír así?
—Desde que está con él, por lo visto.
Germán se dejó caer contra el respaldo, maravillado. —Esto es histórico. Histórico. Daniela en modo romántico.
Y, sin quererlo, me descubrí sonriendo también. Porque sí, dolía lo de Olivia, pero ver a Daniela así… tenía algo contagioso.
Nos quedamos observando desde nuestra mesa, escondidos detrás de las cartas como si fueran escudos medievales. Germán no paraba de moverse, intentando encontrar el ángulo perfecto.
—Mateo, míralos. Míralos bien. Esto es… esto es cine —susurró, emocionado.
Daniela estaba tranquila, serena, con esa calma que jamás llevaba a la oficina. Y él… él la miraba como si fuera la única persona en el restaurante. Como si el resto del mundo se hubiera disuelto alrededor.
—Ese tío está coladísimo —murmuró Germán, impresionado.
—Baja la voz —le advertí—. Que como nos vea…
—¿Y qué? ¿Nos mata con la mirada? —respondió, aunque bajó el volumen un poco.
El hombre misterioso dijo algo que no alcanzamos a oír. Daniela sonrió. Una sonrisa suave, íntima, completamente incompatible con la mujer que amenazó con despedir a medio departamento por comerse su yogur.
Daniela seguía de espaldas, ajena a nuestra presencia, completamente inmersa en su sobremesa. Él hablaba con calma, con esa seguridad tranquila que solo tienen los hombres que saben exactamente lo que están haciendo.
—Mateo… —susurró Germán, sin apartar la vista—. ¿Tú estás viendo esto?
—Lo estoy viendo —respondí, intentando no sonreír.
El camarero se acercó a su mesa con dos postres. Daniela agradeció con un gesto suave, casi delicado. Aquello ya era demasiado para nuestro cerebro acostumbrado a la versión “modo tormenta” de Daniela.
—Está irreconocible —murmuró Germán—. ¿Tú la has visto así alguna vez?
—Nunca.
—Madre mía… —susurró Germán—. Este tío está perdidísimo por ella.
Y entonces, como si el universo hubiera decidido subir la apuesta, él se inclinó hacia ella. Daniela no se apartó. Al contrario, cerró los ojos, como si en ese instante el resto del mundo no le importase.
—Mateo… Mateo… —susurró Germán, agarrándome del brazo—. Que se van a besar.
—No se van a besar —dije, aunque ya sabía que sí.
—Que sí —insistió Germán, golpeando la mesa con los dedos.
Y sus labios se unieron, dando lugar a un beso lento, seguro, de esos que no dejan lugar a dudas.
Germán abrió la boca como si hubiera presenciado un eclipse solar.
—¡Virgen Santa! —exclamó, olvidándose por completo de bajar la voz.
Y justo en ese momento, mi mano —que llevaba una copa de agua— decidió que era un buen instante para traicionarme. La copa resbaló, cayó al suelo y se hizo añicos con un estruendo que pareció multiplicarse por diez en mi cabeza.
Cling…
El restaurante entero se giró; incluida Daniela, y cuando nuestros ojos se encontraron…
Primero sorpresa. Luego incredulidad. Y finalmente… esa expresión suya que conocíamos muy bien: la de “¿qué demonios hacéis vosotros aquí?”.
Germán se quedó petrificado, con la carta delante de la cara como si eso lo volviera invisible.
Yo solo pude levantar una mano en un gesto torpe, como si saludar suavemente pudiera arreglar algo.
Daniela entrecerró los ojos.
El hombre misterioso se giró para ver qué había pasado.
—Estamos muertos. Completamente muertos —susurró Germán sin mover los labios.
Y yo, por primera vez en días, me reí. Me reí de verdad. Porque aquello era un desastre monumental… pero un desastre que, de algún modo, me estaba devolviendo la vida.
Candela Córdoba