El aire caliente llenaba mis pulmones y ese sabor a salitre se quedaba pegado en mi boca. Creo que es el primer recuerdo de mi niñez: el sabor a mar. Las olas me revolcaban una y otra vez, pero yo no dudaba en volver a levantarme de nuevo. Cuando el cansancio se reflejaba en mi rostro, unos brazos fuertes me rescataban y me llevaban a tierra firme. Allí, el murmullo del agua lograba regular mi respiración, y el sol regaba mi cuerpo dándole el abrigo que necesitaba. Me gustaba enterrar mis manos en la arena, notar cómo quemaba al tocarla. No había mejor lugar en el mundo, y me gustaba llamarlo mi lugar secreto.
Ahora ya no era un niño, pero acudir a él seguía siendo mi forma de recordar quién era cuando todo lo demás fallaba. Era mi refugio, mi verdad, mi único sitio sagrado. Por eso nunca había llevado a nadie allí. A nadie. Ese rincón escondido entre acantilados, al que solo se podía llegar por mar, era lo más parecido que tenía a un hogar.
Pero ese día… la llevé a ella.
La lancha avanzaba sobre el agua tranquila, cortando la superficie como si supiera que estaba a punto de presenciar algo importante. Ella iba sentada frente a mí, el pelo recogido en un moño improvisado, las gafas de sol resbalándole por la nariz, y esa sonrisa que siempre me hacía creer que todo era posible.
—¿A dónde vamos? —preguntó divertida, mientras el viento le agitaba la camisa.
—A un sitio especial —respondí, queriendo guardar el misterio un poco más.
—¿Especial cómo? —insistió, curiosa.
—Especial de verdad —confesé.
Ella rió, pensando que exageraba. No sabía nada.
Cuando la cala apareció entre las rocas, escondida, perfecta, intacta, su sonrisa se apagó un segundo. No por miedo. Por sorpresa.
—Jorge… —susurró—. Es preciosa.
—Lo sé.
La ayudé a bajar de la lancha. Sus pies tocaron la arena blanca, fina y caliente. El sonido del mar rebotaba entre las paredes de piedra, creando un eco suave, casi íntimo.
Ella giró sobre sí misma, maravillada.
—¿Cómo no me habías hablado nunca de este sitio?
—Porque no lo comparto con nadie —respondí, sin rodeos.
Durante un minuto se quedó quieta, mirándome. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba abriendo una puerta que siempre había mantenido cerrada.
—¿Y por qué conmigo? —preguntó.
Respiré hondo. El mar siempre me daba valor cuando lo necesitaba.
—Porque quiero que seas parte de mi vida —dije—. De verdad. No solo de los días buenos, también de los malos, de los que duelen…
Ella bajó la mirada sin apenas sonreír. No dijo nada.
Y ahí, en medio de ese silencio interminable, algo dentro de mí empezó a romperse.
—He estado pensando —continué, sin apartar los ojos de ella—. En nosotros, en lo que somos, en lo que podríamos ser…
Ella levantó la vista, pero ya no había sorpresa en sus ojos, solo había distancia.
—Jorge… —murmuró.
—Quiero casarme contigo —solté, porque ya no podía guardármelo más—. No ahora, ni mañana, pero sí algún día. Y quería que lo supieras aquí —continué diciendo. Llevábamos dos años viviendo juntos y para mí había llegado el momento.
—No puedo —dijo al fin, rompiendo el silencio que hasta entonces había llenado el sonido del mar.
—¿No puedes… qué? —pregunté al sentir cómo el mundo se me encogía en el pecho.
—No puedo casarme contigo. Ni ahora, ni algún día… ni nunca —respondió, lanzándome esas palabras como agujas afiladas.
—Pero… —intenté decir, sujetando sus manos entre las mías.
Ella negaba con la cabeza, dando un paso atrás
—Jorge, eres increíble, de verdad. Pero no quiero esto, no quiero algo tan serio, no quiero… —buscó las palabras— no quiero una vida contigo —sentenció con un golpe seco, preciso y letal.
—¿Por qué? —pregunté, sin reconocer mi propia voz.
—Porque no te quiero como tú me quieres a mí —respondió, sin suavizarlo—. Y no voy a fingirlo.
«¿Qué había hecho mal?», me repetía una y otra vez. Todavía no me creía lo que estaba pasando. Si no fuera porque lo sentía tan real, diría que esta podría ser la peor pesadilla de cualquiera.
Qué iluso fui al creer que con amar bastaba.
No volveré a permitir que me rompan así.
Candela Córdoba