Hasta los buenos veranos terminan, pensé al darme cuenta de que esa iba a ser la última noche que pasaría junto a él. Habíamos acampado muy cerca de un río. El suelo estaba lleno de vegetación; incluso pequeñas florecillas que desafiaban el calor del día.

No tardamos en acostarnos, y cuando las estrellas comenzaron a despuntar en el cielo, la mayoría de nosotros estábamos dentro de los sacos. Los monitores nos hicieron caminar tanto que notaba muy pesadas mis piernas.

Él estaba tumbado a mi lado y, con solo mirarlo, el mundo parecía más liviano. Como si ante mí se abriera un mar en calma… hasta que una opresión en el pecho me arrancó de golpe de esa quietud.
—No tiene por qué ser así —dijo él anticipándose a mis pensamientos.

Candela Córdoba