El tiempo transcurría lento esa mañana, y a pesar de las caras inquietas de más de un cliente deseando marcharse, no aceleraba su paso. Sin embargo, una mujer destacaba entre el resto. Miraba compulsivamente su reloj y revoloteaba de mesa en mesa en un intento de ser atendida. Entonces, la reconocí. Era ella. Ya no tenía quince años, pero seguía creyéndose el centro del universo. Ese era el momento esperado y la hice llamar con un gesto sutil.
En el colegio cuchicheaba con sus amigas a mi paso y sus risitas más de una vez me hicieron llorar. En cambio, hoy sí fijaba sus ojos, ahora desvalidos, en mí. Al parecer necesitaba dinero con urgencia. Su exmarido había incumplido los pagos y las niñas no podían ir este año a esquiar a Baqueira. Su mundo de apariencias se resquebrajaba por completo y estaba en mi mano evitarlo.
¡Ni te se ocurra ayudarla!, gritó algo con fuerza en mi interior.
Candela Córdoba