Capítulo 4

La oficina estaba en silencio esa mañana. Ana estaba ocupada revisando sus emails y Jorge tecleaba con tanta fuerza que parecía que estuviera declarando la guerra a su teclado.

Pip. Sonó entonces el móvil de Olivia.

—¿Quién te escribe tan temprano? —preguntó Ana, levantando una ceja al ver que Olivia cogía el móvil y sonreía apenas un milímetro—. ¿No me vas a decir quién es? —insistió otra vez, puesto que Ana no sabía dejar un misterio sin resolver.

—No es nadie —respondió Olivia demasiado rápido.

Ana entrecerró los ojos. Olivia nunca respondía “no es nadie”, ella lo hacía con datos, cifras, nombres, apellidos y, si hacía falta, el número de DNI. Así que ese “no es nadie” era muy sospechoso.

—Ajá… —murmuró Ana, girando la silla hacia ella—. ¿Nadie te hace sonreír así a las nueve de la mañana?

—No estoy sonriendo —se defendió Olivia, borrando la sonrisa como si fuera un archivo del ordenador.

En ese momento, Jorge salió de su despacho con unos papeles en la mano.

—Voy a por un café —anunció, sin mirar a nadie. Y en cuanto la puerta del pasillo se cerró detrás de él, Ana se lanzó como un halcón.

—Vale. Ahora sí. ¿Quién es? —volvió a preguntar.

Olivia suspiró. Sabía que Ana no iba a soltarla. Además, llevaba un año guardándose aquel secreto, y ahora se estaba haciendo muy pesada la carga para sostenerla sola.

—Es Mateo —confesó al fin, bajando la voz.

Ana abrió la boca.

—¿Mateo? ¿El Mateo de administración? ¿El Mateo delgaducho, moreno y con una sonrisa de no haber roto un plato en su vida?

—Ese mismo —admitió Olivia, mirando su móvil como si fuera una bomba a punto de explotar.

—¿Y por qué te escribe? ¿Qué quiere? ¿Qué ha pasado? —comenzó a lanzar Ana una pregunta tras otra. No había quién la detuviera cuando se ponía en modo interrogatorio policial.

Olivia se mordió el labio.

—Hace un año… casi estuvimos juntos.

Ana se quedó congelada.

—¿Cómo que “casi”? ¡¿Y por qué no sabía yo nada de esto?!

—Porque no lo sabía nadie —respondió Olivia, encogiéndose de hombros—. Fue… un intento. Quedamos un par de veces. Todo iba bien. Y luego… no.

—¿No? —repitió Ana, indignada—. ¿Qué clase de “no”?

—El tipo de “no” en el que él desaparece durante dos semanas, vuelve como si nada y yo decido que no pienso aguantar eso.

Ana chasqueó la lengua.

—Ay, Olivia… ¿y ahora qué quiere?

Olivia miró la pantalla. Un mensaje nuevo.

Mateo: ¿Podemos hablar hoy? Me gustaría invitarte a un café.

Al corazón de Olivia le dio un vuelco. Ana, como era de esperar, se percató de aquello. Ella lo veía todo.

—Te sigue gustando —sentenció mientras la observaba dejando que media sonrisa se asomara por su rostro.

—No —mintió Olivia.

—Te sigue gustando —repitió Ana, cruzándose de brazos.

—No lo sé —admitió Olivia, bajando la voz—. A veces pienso que sí. A veces pienso que no. A veces pienso que soy idiota.

—Bueno, eso último sí es verdad —bromeó Ana, dándole un golpecito en el brazo—. Pero no pasa nada, yo también lo soy —continuó diciendo para aliviarla un poco.

Olivia soltó una risa nerviosa.

—No quiero volver a lo mismo. No quiero que me haga daño otra vez —sentenció Olivia mostrando una firmeza en su voz que la sorprendió hasta a ella misma.

—¿Y si no te hace daño? —preguntó Ana—. ¿Y si esta vez viene en serio?

Olivia no respondió. Ella no sabía la respuesta, ni lo que quería, ni tampoco estaba preparada. Pero sí sabía una cosa: Mateo había vuelto a llamar a su puerta, y ella no estaba tan segura de querer dejarla cerrada.

—Los hombres. Una especie en peligro de extinción… por méritos propios —sentenció Ana, provocando una risa nerviosa en Olivia.

—Ahora me ha escrito. Quiere… hablar —le confesó, inclinándose hacia Ana.

—¿Y tú qué quieres? —le preguntó su compañera. Olivia no respondió, en su cabeza habían demasiados pensamientos enfrentándose unos con otros. Lo único cierto era que le seguía gustando, pero tenía miedo de lo que podría pasar si se dejaba llevar.

—A ver qué ha puesto —dijo Ana cuando le quitó el móvil de las manos con la rapidez de un ninja.

Olivia intentó recuperarlo, pero Ana ya estaba leyendo.

—“¿Podemos hablar hoy? Me gustaría invitarte a un café.” —leyó en voz alta—. Pues claro que quiere hablar. Y tú vas a decir que sí.

—¿Qué? No. No sé. No estoy segura…

—Olivia —dijo Ana, apoyando una mano en su brazo—. Si quedáis en la pausa del café, tendréis diez minutos y cero intimidad. Si quedáis después del trabajo, tendréis tiempo. Y si no te gusta cómo va la cosa, siempre puedes fingir que tienes pilates.

—No hago pilates —respondió Olivia sobresaltada.

—Pues empiezas hoy —sentenció Ana.

Olivia respiró hondo, y miró el mensaje y después a Ana otra vez. No se lo pensó más y escribió:

Olivia: Vale. Después del trabajo está bien.

Ana sonrió como si acabara de casar a dos personas.

—Perfecto. Así tenéis tiempo para hablar… y para que yo me entere mañana de todo.

Olivia puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Estaba muy nerviosa, tenía miedo, pero también… también tenía ganas. Y eso, aunque no lo admitiera en voz alta, era lo que más la asustaba.

***

El Gato Verde estaba justo debajo de las oficinas: un pub pequeño, con luces cálidas, mesas de madera y ese olor a café viejo mezclado con cerveza que solo tienen los bares que abren desde por la mañana. A veces bajaban allí los del trabajo, pero esa tarde no había nadie conocido. Era perfecto para pasar desapercibidos.

Olivia llegó puntual, aunque llevaba diez minutos dando vueltas a la manzana para asegurarse de que no la veía nadie de la oficina. Mateo le había escrito:

“Estoy dentro. Mejor así, por si acaso.”

Y eso, aunque no lo admitiera, le había acelerado el corazón.

Empujó la puerta. El pub estaba medio vacío. Mateo estaba sentado en una mesa del fondo, con una taza de café entre las manos. Cuando la vio, se levantó de inmediato. Ese gesto, tan sencillo, tan educado, tan él, le removió algo que llevaba un año intentando ignorar.

—Hola —dijo él, con una sonrisa tímida.

—Hola —respondió ella, intentando que su voz sonara normal.

Se sentó frente a él. Mateo parecía nervioso: se tocaba el reloj, movía la taza, miraba a la puerta como si temiera que entrara alguien conocido.

—Gracias por venir —dijo al fin.

—Bueno… —Olivia se encogió de hombros—. Teníamos que hablar, supongo.

Mateo asintió, tragando saliva.

—Sé que lo hice fatal, que desaparecí y no te merecías eso —comenzó a decir Mateo con tanta velocidad que las palabras se atropellaban unas con otras.

—¿Y qué pasó exactamente? Porque nunca me lo explicaste —preguntó Olivia, levantando una ceja. No creo que pensaría que se lo iba a poner fácil después de todo.

—Me asusté —replicó Mateo. No sin antes respirar hondo, como si llevara un año ensayando esa respuesta.

—¿De mí? —preguntó ella, no con enfado, solo con curiosidad.

—De mí mismo —corrigió él—. De que me gustaras tanto y que fuera tan fácil estar contigo. Y pensé… “si esto va mal, la oficina será un infierno”. Así que hice lo que hacen los idiotas: huir.

Olivia lo miró fijamente. No sabía si quería reír, llorar o tirarle la taza a la cabeza.

—¿Y ahora? —preguntó curiosa.

—Ahora… —Mateo se inclinó un poco hacia ella— ahora me arrepiento. Mucho. Y quiero intentarlo bien. Si tú quieres, claro.

Olivia sintió un vuelco en el estómago. Ana tenía razón: quedar después del trabajo daba tiempo para hablar. Y para sentir. Y para recordar.

—No sé si quiero volver a lo mismo —dijo ella, sincera.

—No será lo mismo —prometió él—. Esta vez no voy a desaparecer. Esta vez… quiero hacerlo bien.

Ella bajó la mirada hacia su taza. El vapor subía despacio, como si el café también estuviera esperando su respuesta.

—Mateo… —empezó a decir antes de que los labios de él rozaran los suyos.

Pero en ese momento, la puerta del pub se abrió de golpe, haciendo tanto ruido que Olivia y Mateo se giraron para ver que pasaba.

Y allí, en el umbral, con una carpeta en la mano y cara de necesitar urgentemente un café, estaba Jorge.

Los tres se quedaron congelados, sin dejar de mirarse unos a otros.

—…¿Qué hacéis aquí? —preguntó Jorge, con una mezcla de sorpresa y sospecha al verlos sentados tan juntos.

Olivia sintió cómo se le helaba la sangre, Mateo en cambio tragó saliva, y el Gato Verde, que hasta entonces había sido un refugio, se convirtió de repente en el peor escenario posible.

Candela Córdoba