UN DÍA COMPLICADO
Estaba despierto, pero me resistía a abrir los ojos. No quería romper ese momento mágico. A ella le gustaba deslizar su mano lentamente por mi cuerpo, obligándome a hundirme un poco más en cada inhalación. Nuestros cuerpos apenas se rozaban y, aún así, la sentía muy cerca. Y eso me gustaba. Mucho.
—¿Por qué dejas que se suba a la cama? —vociferó él apenas me vio al abrir la puerta—. Ya sabes que no quiero que lo haga, lo deja todo lleno de pelos.
—No seas así, todavía es un cachorro —justificó ella. Aunque los dos sabían perfectamente que esa etapa hacía tiempo que había pasado.
Él se acercó y noté cómo el colchón cedía bajo su peso. Su sombra cayó sobre mí, grande e inevitable.
—Trueno, vete a tu cama —exigió, elevando su tono a casi un grito.
Continué sin mover un músculo, sabía que ella me quería a su lado, pues su mano me acariciaba ahora detrás de la oreja.
—Esto no puede ser —concluyó al fin, aunque en su voz había más resignación que enfado.
Candela Córdoba