LA MUJER DEL BARCO

Desperté sobresaltado y desnudo en la habitación de mi hotel. Un pequeño rayo de sol se colaba entre las cortinas y arremetía contra mi retina. Eso me cabreó mucho; siempre me aseguraba, antes de dormirme, de dejarlas bien cerradas. Pero esa noche no fui tan cuidadoso como de costumbre.

Tenía la boca pastosa, sin apenas saliva, y la imperiosa necesidad de agua hizo que me incorporara de golpe. Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba solo, pues de entre las sábanas emergía parte del cuerpo de una mujer.

Su piel era casi blanca y, envuelta parcialmente entre las sábanas, dejaba intuir que también estaba desnuda. Su pelo era largo y pelirrojo, con unas ondas perfectamente marcadas.

«Lo he vuelto a hacer», pensé.

Odiaba beber precisamente por eso. El alcohol dejaba escapar una parte de mí que no me gustaba nada, y encerraba bajo siete llaves la sensatez, la prudencia y mi faceta más reflexiva; solo cuando pasaban los efectos volvían a aflorar.

Hacía apenas un día que me había incorporado a mi nuevo destino. Hasta entonces había estado en Madrid. Me había acomodado a la vida allí, y el lugar donde trabajaba era la hostia. Aquello era un gran hormiguero en el que trabajan más de tres mil personas, con once plantas sobre tierra y tres oficialmente bajo ella. No todos los que estaban ahí eran militares como yo; también habían empresas civiles que colaboraban en ese gran centro logístico, por fortuna. Pero la vida de un militar siempre está llena de sorpresas. Me tocó ir a Ferrol a supervisar la instalación de un nuevo sistema de comunicación en el barco que estaban construyendo. Así que, no esperé a que se despertara, me puse el uniforme y me marché sin hacer apenas ruido.

Aún con la cabeza embotada, bajé a la calle y caminé hacia el puerto. El aire olía a sal y gasoil, una mezcla que, curiosamente, me despejó más que el propio sueño. A pocos metros del astillero encontré un pequeño bar, de esos con mesas de aluminio y servilleteros metálicos que siempre están pegajosos. Entré buscando café como quien busca auxilio.

El camarero, un hombre de unos cincuenta, bigote espeso y mirada de he visto demasiadas cosas a estas horas, me sirvió el café sin preguntar.

—Tienes mala cara, chaval —dijo mientras dejaba la taza—. ¿Primera noche en Ferrol?

—Se podría decir —respondí, llevándome el café a los labios. Estaba hirviendo, pero lo agradecí.

—Aquí la gente se lía rápido —añadió él, limpiando la barra con un trapo que parecía más decorativo que útil—. Será el mar, o será que no hay mucho más que hacer.

No pude evitar soltar una media sonrisa. Si él supiera.

—Algo así —dije, sin entrar en detalles.

Terminamos hablando del tiempo, del ruido de los astilleros y de lo mal que dormía uno cuando no estaba en su cama habitual. El tipo de conversación fácil, y yo lo agradecí no tenía que pensar demasiado.

Cuando llegué al barco, el sol ya había subido lo suficiente como para reflejarse en el casco metálico. Subí por la pasarela repasando mentalmente la lista de comprobaciones que tenía que hacer. Pero al poner un pie en cubierta, me quedé congelado.

Allí estaba ella. La mujer de la noche anterior. Vestida con unos vaqueros ajustados, una chaqueta fina y el pelo pelirrojo recogido en un moño improvisado. Y, para rematar el cuadro surrealista, estaba discutiendo con un tipo que le doblaba en tamaño. Él gesticulaba como un oso enfadado; ella, en cambio, mantenía los brazos cruzados y una expresión tan seria que parecía capaz de partirle en dos con la mirada.

La escena era tan absurda que me reí por lo bajo. No puede evitarlo.

Me acerqué, curioso, intentando entender qué demonios hacía ella allí. El grandullón me vio de reojo y, en cuanto reparó en mi uniforme se calló de inmediato. Bajó los hombros, carraspeó y dio un paso atrás, como si de repente recordara que tenía cosas urgentísimas que hacer en cualquier otro lugar del planeta.

Ella, sin embargo, no se movió. Ni un milímetro. Seguía seria, clavándome los ojos como si yo también tuviera algo que explicar.

Y quizás lo tenía.

—¿Es usted el responsable de la supervisión del sistema de comunicaciones? —preguntó con una voz tan neutra que me descolocó.

—Sí —respondí, intentando mantener el mismo tono profesional—. Me incorporé ayer.

—Perfecto. Sígame, por favor.

Caminó delante de mí por el pasillo metálico, segura, rápida, como si llevara años moviéndose por aquel barco. Yo, mientras tanto, intentaba procesar cómo era posible que la mujer con la que había despertado desnudo hacía apenas unas horas estuviera allí, comportándose como si no me hubiera visto en su vida.

Entrabamos en una sala amplia, una especie de sala de reuniones improvisada. Había una mesa rectangular, varias sillas y una pantalla apagada en la pared. Ella dejó su mochila en una esquina, sacó su portátil y un montón de carpetas.

—Vamos a revisar la documentación previa antes de que comience la instalación —dijo, abriendo el ordenador sin mirarme.

Me senté frente a ella. El sonido del teclado, el pasar de hojas, el leve zumbido del barco… todo era tan normal que resultaba absurdo. Ella hablaba de protocolos, de pruebas de estrés, de compatibilidades de sistemas. Yo asentía, tomaba notas, hacía preguntas técnicas. Todo impecablemente profesional, pero ni una mirada más, ni un gesto que delatara nada. En el fondo me hizo sentir mal.

El resto del equipo fue llegando poco a poco. Ingenieros, técnicos, un par de militares más. Ella los coordinaba con una precisión casi quirúrgica. Yo me limitaba a seguir el ritmo, aunque cada vez que escuchaba su voz me venía a la cabeza la imagen de su pelo pelirrojo sobre mi almohada.

Tras un par de horas, la sala empezó a vaciarse. Uno tras otro fueron marchándose, hasta que nos quedamos ella y yo. El silencio se instaló entre nosotros, denso, inevitable.

Ella cerró el portátil con calma. Luego se levantó, rodeó la mesa y se detuvo a mi lado. No había prisa en sus movimientos, pero tampoco duda.

—Tenemos que hablar —dijo, por fin mirándome directamente.

No había reproche en su mirada. Tampoco complicidad. Era algo distinto. Algo que no supe descifrar de inmediato.

—Ayer no sabía quién eras —continuó—. Y hoy… bueno, hoy sí lo sé.

Se cruzó de brazos, apoyándose ligeramente en la mesa.

—Así que antes de seguir trabajando juntos, necesito saber que me digas si esto va a ser un problema.

Para mí, ella era un misterio, y mientras la miraba allí, en aquella sala del barco, tan profesional y distante, me vino a la mente la primera vez en que la vi.

Recordé la música alta, el olor a cerveza derramada y el murmullo constante de conversaciones superpuestas. Había entrado buscando simplemente matar el tiempo, pero la vi enseguida: estaba sola frente a la diana de dardos, desafiando a un grupo de chavales que parecían no saber si admirarla o temerla.

Ella lanzaba los dardos con una precisión insultante. Cada tiro era un golpe directo al orgullo de los jóvenes que intentaban competir con ella. Y aun así, sonreía con una mezcla de picardía y calma que lo atrapó desde el primer momento.

La observé desde la barra, sin prisa, con una sensación extraña de que algo en ella me resultaba… inevitable. Me gustaba cómo se movía, cómo inclinaba la cabeza antes de lanzar, cómo bebía un sorbo de un vaso con una naturalidad que me resultó inesperadamente sensual. No era solo su aspecto; era la seguridad, la forma en que ocupaba espacio sin pedir permiso.

Al final, me acerqué al grupo. No sabía muy bien por qué. Quizás por curiosidad, quizá porque no podía dejar de mirarla.

—¿Puedo unirme? —pregunté, intentando sonar casual.

Ella me miró apenas un segundo, evaluándome, y luego asintió.

—Si te atreves.

Jugamos, reímos, hablamos un poco, pero las miradas decían más de lo que cualquiera de nosotros dos admitiría en voz alta. Me descubrió observando su boca cuando bebía, la curva de sus labios al sonreír, la forma en que sus ojos parecía iluminarse cuando acertaba en el centro de la diana.

Me gustó de inmediato. Y eso, para mí, era raro, muy raro.

El recuerdo se desvaneció cuando ella volvió a hablar en la sala del barco, devolviéndome al presente.

—¿Va a ser un problema? —repitió, con ese tono profesional que no dejaba espacio a interpretaciones.

Respiré hondo, intentando ordenar lo que sentía, lo que recordaba y lo que no entendía. Pero mi mente, traicionera, volvió a arrastrarme al pasado. A ese pub. A ese instante en el que todo empezó a torcerse, o a enderezarse, según cómo se mirara.

Y entonces, el beso.

Sus labios se encontraron con una suavidad que me desarmó por completo, una caricia lenta que me recorrió la espalda como un hilo de fuego. Ella sabía exactamente lo que hacía: cómo acercarse, cómo retirarse apenas un milímetro para obligarme a seguirla, cómo dejarme en la boca el sabor de algo que no se olvida.

A pesar de las cervezas, estaba plenamente consciente. Demasiado consciente.

El camino al hotel fue una sucesión de miradas que ardían más que palabras. No nos apresuramos, pues no lo necesitábamos. Era la forma en la que ella rozaba mi brazo al caminar, la manera en que yo le abría la puerta sin dejar de observarla, la tensión que crecía entre ambos como una cuerda que alguien tensaba lentamente.

En la habitación, la luz tenue del pasillo se coló antes de que cerrara la puerta. Durante un instante, ninguno habló. El silencio era un animal vivo, respirando entre nosotros, empujándonos despacio hacia un lugar del que no había retorno.

Candela Córdoba

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