EL INTERROGATORIO

Capítulo 8

Su mirada corría de mis ojos a mi boca, como si buscara un lugar donde quedarse, como si el fin de semana que acabábamos de vivir hubiera abierto una grieta suave entre lo que éramos y lo que empezábamos a ser.

La noche envolvía al Porsche como un secreto, y el motor aún vibraba bajo nuestros pies, reteniendo el calor de un viaje que ninguno quería que terminara. Habíamos compartido horas, silencio, risas que no sabíamos que necesitábamos, y ahora, frente a mi portal, todo parecía demasiado pequeño para contener lo que nos estaba pasando.

Él sostenía el volante con una mano, la otra descansaba cerca de mí, tan cerca que podía sentir su piel sin llegar a tocarme. Y yo, con la puerta entreabierta, atrapada entre el deseo de bajar y el de quedarme.

Jorge respiró hondo, como si el aire se hubiera vuelto más denso entre nosotros.

—No quiero despedirme así —murmuró, sin apartar la mirada de mi boca.

Mi corazón dio un vuelco suave, casi doloroso.

—¿Así cómo? —pregunté, aunque lo sabía.

Él se inclinó apenas, lo justo para que su hombro rozara el mío y su mano acariciara mi rodilla.

—Como si no hubiera pasado nada —susurró.

Yo también me acerqué, sin pensarlo, dejando que mi cuerpo decidiera por mí. La distancia entre nosotros se volvió un hilo muy fino, tenso, a punto de romperse.

—Ha pasado —dije, muy bajo.

Jorge cerró los ojos un instante, como si mis palabras lo atravesaran. Cuando los abrió, había en ellos una claridad nueva, una decisión que no había visto antes.

—Dímelo otra vez —pidió.

—Ha pasado —repetí, sintiendo cómo mi voz temblaba.

Él levanto su mano, despacio, como si temiera asustarme, y subió por la parte interna del muslo derecho, separándome las piernas ligeramente.

—Si te toco… —susurró— no voy a querer parar.

Mi respiración se quebró un poco.

—No te estoy pidiendo que pares —respondí, sin apartar la mirada.

El silencio que siguió fue un latido compartido, un instante suspendido, una verdad que ninguno de los dos sabía cómo contener.

—Olivia… —dijo mi nombre como si fuera una promesa.

Y yo cerré los ojos dejándome caer en ese momento que llevaba todo el fin de semana buscándonos.

Entonces la noche se rompió.

—¡¿Es que no piensa subir a casa?! —tornó una voz desde la acera.

Abrí los ojos de golpe, y Jorge se quedó congelado, a medio suspiro.

Mi padre, me esperaba de pie en la acera con los brazos cruzados, mirando el Porsche como si fuera un tanque enemigo.

—Papá… —logré decir, con la dignidad de una persona que acaba de ser sorprendida en el borde del mejor momento de su vida.

Él no me miró a mí, miró a Jorge, directo, sin pestañear.

—Buenas noches —dijo mi padre, con ese tono militar que hacía temblar hasta a los buzones—. ¿Piensa usted dejar a mi hija en la calle como si fuera un paquete… o va a subir a saludar como un hombre decente?

Jorge tragó saliva, y yo también.

—Arranque el coche —ordenó mi padre—. Y aparque. Vamos a hablar.

Jorge me miró pálido. Yo asentí, igual de pálida.

El coche se detuvo rozando la acera con un suspiro metálico, como si también él supiera que la noche acababa de torcerse. Jorge apagó el motor con manos temblorosas. Yo respiré hondo, intentando recomponerme, pero era inútil: mi padre había aparecido como un misil teledirigido justo cuando la vida se ponía interesante.

Subimos las escaleras en silencio. Bueno, nosotros en silencio, mi padre respiraba como si estuviera evaluando la resistencia del enemigo.

Al abrir la puerta, él se giró hacia Jorge con una sonrisa que no era una sonrisa, sino un protocolo militar de intimidación nivel experto.

—Pase al salón —ordenó, sin mirarlo directamente, como si ya supiera que la obediencia inmediata era la única opción.

Jorge me lanzó una mirada de auxilio. Yo solo puede encogerme de hombros.

«Bienvenido a mi vida», pensé.

Entramos al salón. Mi padre se sentó en su sillón favorito, ese que parece un trono de general retirado. No dijo nada. Solo miró.

Jorge se quedó de pie, rígido, como si estuviera esperando órdenes. Yo me senté en el sofá, intentando no reírme. Pero mi padre me pilló y me fulminó con la mirada. Me callé al instante.

El silencio se estiró, largo, incómodo. Estrategia militar pura.

Jorge tragó saliva. Mi padre entrecerró los ojos. Y yo pensé seriamente en fingir un desmayo, pero mi padre finalmente habló.

—Así que usted es Jorge.

—Sí, señor —respondió él, con una voz que no le había escuchado nunca. Una voz… disciplinada.

Mi padre asintió, despacio, como si evaluara cada milímetro de su respuesta.

—Bien —se inclinó hacia delante—. ¿Y cuáles son sus intenciones con mi hija?

Yo me atraganté con mi propia saliva.

—¡Papá! —protesté.

—Silencio, Olivia. Esto es entre hombres.

—¿Entre qué? —repliqué indignada.

Pero mi padre ya había vuelto a fijar la mirada en Jorge, que parecía debatirse entre huir o declararse culpable de algo que aún no sabía qué era.

—Mis intenciones… —empezó, mirando al suelo un segundo antes de levantar la vista con una valentía que me sorprendió—. Mis intenciones son… respetuosas.

Mi padre arqueó una ceja.

—¿Respetuosas?

—Sí, señor.

—¿Y piensa usted mantenerlas así?

Jorge tragó saliva otra vez.

—Haré lo posible, señor.

—Bien —dijo, recostándose en el sillón—. Entonces puede sentarse.

Jorge se dejó caer en el sofá como si acabara de sobrevivir a un interrogatorio de la CIA.

Yo lo miré de reojo. Él me miró a mí. Y en ese cruce de miradas, silencioso y cómplice, supe que si había pasado esta prueba… quizás lo nuestro tenía futuro.

Mi padre carraspeó.

—Y ahora, Jorge… cuéntame qué clase de hombre conduce un Porsche Carrera.

La noche prometía ser larga.

Candela Córdoba

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