UNA VISITA INESPERADA

La oficina amanecía vibrante y llena de actividad, con el ruido de los teclados, los teléfonos sonando de fondo y un olor a café que flotaba ágil en el ambiente. No parecía que fuera a ser un día especial, hasta que un joven cruzó la puerta.

Beatriz desvió su mirada hacia él, y sus bíceps tensando la camisa fueron, en ese instante, el claro objetivo de todas las miradas.

—No me digas que te gusta el cucarachero —le soltó Laura con desdén, al comprobar que el muchacho se alejaba concentrado en su tarea.

—¿Y qué pasa si es así? No tiene nada de malo, es una profesión como cualquier otra —respondió Beatriz.

—Pues va a resultar que es lo mismo ser abogado que cucarachero —resopló Laura.

Aquella conversación habría pasado desapercibida como tantas otras, salvo por el detalle de que el joven escuchó todo a través de una rejilla que conectaba con el cuartito contiguo.

—¡Laura! Nos ha escuchado —murmuró Beatriz, con la voz reducida a un hilo.

—¿Quién ha escuchado qué? No te entiendo si hablas tan bajito —dijo Laura, casi gritando.

—¡¿Quién crees tú?! —aclaró, señalando la rejilla junto a su mesa.

—¡Dios! —exclamó entre una larga carcajada—. No me digas que está ahí.

La puerta del cuartito se abrió y el joven salió con la mirada fija en el suelo. Debía entregarle el parte de trabajo para que se lo firmaran, y su mano casi tembló al dejarlo sobre la mesa de Beatriz. Ambas se quedaron en silencio, y sus rostros reflejaron con crudeza la incomodidad del momento.

Candela Córdoba

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *