ELLA CAMBIÓ MI MUNDO

Conforme el día se desvanecía, el sol se retiraba en silencio, hundiéndose tras la imponente extensión del mar que tenía ante mí. Había pasado un estupendo día de playa en compañía de Beatriz, mi amiga desde hacía tan solo unos días. A los diecisiete años uno no utiliza la palabra novia tan a la ligera.

Me había costado mucho lograr que me tomara en serio y parecía un verdadero milagro tenerla tendida a tan solo unos centímetros con ese minúsculo bikini tan precioso que llevaba. Éramos compañeros de clase en el instituto, y mi fama de mujeriego y, porque no decirlo, cabrón con las tías impidió en muchas ocasiones que aceptara salir conmigo. Pero a tan solo un día de que el curso terminara, me armé de valor y me acerqué a su mesa para preguntarle si quería ir al cine esa tarde. La gente estaba ya recogiendo sus cosas para marcharse y ella se quedó callada mirándome. No sabía si eso era algo bueno o malo, pero cuando sonrió y aceptó sin más mi proposición no me lo pude creer. ¡Joder!, estaba teniendo mucha suerte y eso no era algo que me solía pasar a menudo.

En cambio, al llegar a casa y abrir la puerta me di cuenta de que mi padre no había ido a trabajar. Eso era un problema, pues cuando comenzaba así era una sucesión en cascada de un acontecimiento tras otro que nos llevaba como último paso a quedarnos sin un techo sobre nuestras cabezas que nos proteja.

En la última ocasión que ocurrió eso, me tocó ir a casa de mi abuelo a suplicarle ayuda. Mi padre era muy orgulloso para ir y yo no tenía ganas de seguir durmiendo en el portal de casa. La casera nos permitió quedarnos allí hasta que encontráramos algo. Yo me veía como un vagabundo con cierta clase e intentaba que el sentido del humor regara un poco ese terreno baldío que era mi vida.

Por lo tanto, no tenía ganas de otra mudanza, así que llamé a su jefe y le dije que mi padre había tenido que ir al hospital con mi abuela pues la anciana estaba al borde de la muerte, que estaba muy afectado y por eso no llamaba el mismo. Creyó cada una de mis palabras, dándole un poco de tiempo a mi padre para que se recuperara de una dura noche abrazado a la botella de wiski. Los lunes nunca los llevaba bien, sobre todo desde que mi madre nos abandonó por última vez; había empezado a beber mucho más.

Cuando yo tenía ocho años, ella se marchó una mañana sin dar ninguna explicación, pero cada cierto tiempo volvía con nosotros y actuaba como si nada hubiera pasado. Aquello a mi padre le enfurecía tanto que su cara se enrojecía nada más verla y su boca se llenaba de palabras tan feas que si te acercabas lo suficiente mucho podían morderte. En cambio, a los pocos días volvía a reinar la paz y sus desérticas vidas encontraban un pequeño oasis en el que descansar. Sin embargo, esa convivencia armoniosa duraba más bien poco, retornando los gritos, las peleas, y los golpes al cabo de unos meses.

Entonces, mi madre buscaba otro novio, y me dejaba de nuevo tirado con el borracho de mi padre. La primera vez que lo hizo, pensé que jamás la iría a volver a ver.

Esa tarde volvía del colegio ilusionado porque había sacado una muy buena nota en el examen de matemáticas y llevaba el papel en la mano, agitándolo victoriosamente. Pero, al entrar en casa, encontré a mi padre, como siempre, tirado en el suelo apestando a alcohol. No quise pensar mucho en ello y pasé la tarde viendo la televisión, intentando distraerme. Aunque llegó la noche puntual y yo continuaba junto a la puerta, esperando a que se abriera y a ver a mi madre aparecer. Eso no pasó y tuve que acostarme en la cama, cansado de esperar.

Al día siguiente, me desperté muy temprano, pues mis tripas llevaban un tiempo rugiendo desesperadamente. Estaba hambriento y decidí acercarme a la cocina para prepararme el desayuno. En cambio, no quedaba leche, y el poco pan que teníamos, que había pasado la noche sobre la mesa, estaba tan duro que ni siquiera podía ni prepararme un bocadillo para el almuerzo.

Entonces, entré a hurtadillas en la habitación de mi padre y lo encontré en la misma postura que la noche anterior, tumbado boca abajo en la cama, y con la botella vacía colgando del brazo. En cambio, tuve suerte, pues desde la puerta pude ver que había dejado la cartera sobre la mesita de noche, y esa oportunidad no la quise dejar escapar, por lo que me deslicé por el suelo como un gato para llevarme algo de dinero. La nevera estaba vacía y alguien tenía que llenarla.

Así que, cuando salí del colegio, fui al supermercado y llené la cesta con toda la comida que me dieron con ese par de billetes, pero al entrar en casa vi a mi padre despierto, esperándome en la cocina. Yo puse las bolsas sobre la mesa y empecé a guardar cada cosa en su sitio, sin decirle nada a él. No quería darle ningún motivo para que se enfadara.

—Cristian, ¿con qué dinero has comprado todo eso? ¿Lo has cogido de mi cartera? —exigió saberlo de inmediato.

—Claro que no, padre. El dinero lo he encontrado en un cajón de la cocina.

—Seguro que esa zorra me ha cogido dinero de la cartera y lo tenía ahí escondido para que no me enterara. Pero ¡qué raro que se haya ido sin llevárselo! —exclamó, pasándome la mano por el hombro—. Bueno, prepara algo que estoy muerto de hambre.

Esas palabras fueron el comienzo de casi diez años, viéndome obligado a ocuparme de un hombre ahogado en sus penas e intentando sobrevivir como podía. Por ello, me acostumbré a tratar estas situaciones y sabía perfectamente qué hacer para no tener problemas y para que no se me fastidiara mi plan de ir esa noche al cine con Beatriz.

Esa tarde fui el hijo modelo, e hice la compra, limpié la casa y preparé su plato favorito. A él le gusta cenar temprano, y, de este modo, en cuanto todo estuvo preparado se lo llevé a su habitación, tocando la puerta como siempre. El olor de sus tostadas con mantequilla y el pollo frito que tanto le encanta le hizo desperezarse al instante.

—He quedado con un amigo esta noche para hacer un trabajo para el instituto. El profesor lo ha mandado a última hora y tenemos que hacerlo por parejas. Por eso, me iré a su casa ahora y me quedaré hasta que lo termine —le expliqué, mientras pegaba grandes mordiscos al crujiente pollo.

Él no levantó la vista de su comida, pero hizo un gesto con su mano indicándome que me marchara.

«¡Puf!, menos mal que ha colado», pensé mientras me cambiaba de ropa a toda prisa. Había quedado con Beatriz en la puerta del cine y ya era la hora. Así que decidí escribirle para indicarle que ella comprara las entradas, que yo llegaba con el tiempo justo, pero que iba.

La distancia de mi casa al cine la recorrí prácticamente corriendo, aunque tuve la precaución de quitarme la camiseta para no sudar. Llegué casi sin aliento y con la cara enrojecida como un tomate.

Ella se quedó mirándome, sonriente al verme aparecer, pero, sin mediar palabra, me dio mi entrada y pasamos directamente a la sala. Hacía tan solo unos minutos que había empezado la película, y estaba repleta de gente. Como era de esperar, estaba tan oscuro que no veía los números de nuestras butacas, por lo que tuve que ayudarme con la linterna del móvil para localizarlas. Aunque mi sorpresa fue al sentarme en mi butaca y notar cómo un brazo peludo me rozaba la piel. Giré al instante la cabeza y me di cuenta de que tenía, junto a mí, a un grandullón que me miraba de reojo con cara de pocos amigos. Sin duda, no tenía intención de dejar de invadir mi reposabrazos.

No me preguntes de qué iba la película, porque no tengo ni idea; yo solo sé que Beatriz besaba muy bien, ya que, a los pocos minutos de sentarnos, me acerqué a ella para cuchichearle algo al oído y nos enganchamos en un beso que duró una eternidad. Esta era una de las estrategias que más utilizaba con las chicas, ya que me resultaba rentable pagar la entrada por casi dos horas de… ja, ja, ja… cariñitos. Soy una persona muy dulce y eso me dicen todas, así que lo hice con ella.

—Creo que se me está poniendo dura con tan solo tus besos, no quiero ni imaginar si tus labios se acercan a ella —le dije muy bajito al oído mientras cogía su mano y la ponía sobre mi bragueta.

—No voy a chupártela si es lo que pretendes —me contestó bruscamente—. Quiero que nos besemos y ya está —aclaró.

—Pensaba que iban bien las cosas entre nosotros.

—Y van bien, solo que no quiero ir tan rápido, nada más —me dijo al tiempo que se acercó y continuó besándome. Sentí entonces que la frustración se iba diluyendo un poco. Ella era diferente al resto. En cambio, al poco, me volví a sentir mal y me separé abruptamente de sus brazos fijando mi mirada en la pantalla.

—¿Qué pasa? ¿Te ocurre algo? —preguntó Beatriz, desconcertada.

—No pasa nada, solo quiero ver la película y ya está —le dije en un tono mucho más serio del habitual en mí.

—Vale, lo que prefieras —dijo ella resignada—. Pero no estarás molesto por lo que te he dicho antes, ¿verdad?

—No, no te preocupes.

En cambio, yo me estaba poniendo cada vez más nervioso y necesitaba hacer algo. Las chicas no solían rechazarme y creo que no me lo tomé de la mejor forma posible. Ella me gustaba de verdad, y creo que cada vez lo empeoraba más, tratándola como solía hacer con el resto.

—¿Quieres algo? Voy a salir a comprar palomitas —le pregunté acercándome de nuevo a ella.

—¿Qué? ¿Ahora? —preguntó confusa.

—Sí, tengo hambre.

Cuando salí de la sala, encontré en el mostrador, junto a las taquillas, a un chico tan aburrido que, creo, se alegró de que le diera trabajo al pedirle un refresco de cola grande y una buena ración de palomitas.

En cambio, al sentarme de nuevo en la butaca, me quedé durante unos minutos observando a Beatriz. Ella estaba muy relajada viendo la película. Quería hacerlo bien con esa chica, así que dejé atrás mis tonterías habituales y simplemente compartimos ese momento juntos.

Cuando terminó la película nos quedamos un rato hablando a la salida del cine, no quería despedirme de ella todavía, de modo que le pregunté si la acompañaba a casa. Sabía que vivía en la otra punta de la ciudad, así que era lo menos que podría hacer, pues no eran horas para que anduviera sola.

En mi cabeza empezaron a aparecer multitud de posibles conversaciones que podía entablar con ella, pero cuando me decidía por una me echaba atrás, y por eso el trayecto de vuelta fue el más silencioso de mi vida. Y eso no lo entendía, porque a mí se me daba bien lo de ligar con tías. Me estaba ocurriendo algo que no entendía, pero con ella quería hacerlo bien, así que me pasé todo el camino de vuelta mudo como un verdadero pringado.

En cambio, cuando faltaban solo un par de calles para llegar a su casa, me dijo algo que me sorprendió.

—Mañana vamos a ir unos cuantos compañeros de clase a la isla Tabarca. Nos llevaremos unos bocadillos y pasaremos el día allí. Yo no he ido nunca, y la verdad es que tengo muchas ganas de visitarla. ¿Quieres venirte tú también? —me preguntó mientras fijaba su mirada en mis ojos.

—Sí, claro —dije sonriendo, aliviado por la suerte que estaba teniendo al ser ella la que empezó a hablar.

—Mi padre me llevará a Santa Pola y cogeremos el ferry de las diez y media. Hemos quedado todos allí a esa hora. Nos lo pasaremos bien, ya verás —concluyó, mientras sacaba sus llaves del bolsillo para abrir la puerta de su portal.

—¡Espera! —exclamé en un intento de retenerla más tiempo—. Quiero decirte algo más —le dije, mientras me acercaba un poco más a ella—. Me parece bien ir despacio, pero es que me siento muy atraído hacia ti, y tengo que reconocer que me gustaste desde la primera vez que te vi —confesé.

—Pues no lo parecía, te ibas enrollando con la primera tía que se te ponía delante. Creo que este curso no te han faltado ligues.

—Bueno, tú salías con el petardo de Esteban, no estabas disponible, que yo sepa.

—Ahora sí lo estoy, y me ha gustado que me dijeras que fuéramos al cine —susurró a mi oído mientras me metía las manos en los bolsillos traseros del pantalón. Se estaba poniendo mucho más melosa conmigo y eso me gustaba.

—Entonces, ¿solo podemos besarnos o está permitido algo más? —pregunté entre risas.

—Eso tienes que averiguarlo por ti mismo —sentenció ella.

¡Dios!, esa chica hacía que deseara arrancarle la ropa ahí mismo y creo que ella era consciente del efecto que causaba en mi cuerpo; mi mente se bloqueaba, me sentía como un estúpido. Pero ese impulso fue creciendo al tenerla tan cerca y ella descubrió mis intenciones al instante, cogiéndome las manos inquietas.

Mi largo historial con las mujeres parecía que no me servía cuando estaba con ella, pues el hecho de que me gustara tanto me convertía en un simple novato. Entonces, decidí echar toda la carne al asador, acercándome mucho más a ella y besándola como nunca lo había hecho con nadie hasta entonces. Mis manos se posaron en su cintura y ella me rodeó el cuello con sus brazos.

Ese apasionado beso fue el preludio de un aluvión de muchos más, por lo que mi cuerpo empezó a notar unas sensaciones que lo alteraban. Pero me sentía un poco incómodo, pues por la calle todavía pasaba gente y me daba vergüenza que me vieran; por eso, decidimos refugiarnos en el portal de su casa ocultos de las miradas indiscretas.

Llevaba una falda plisada muy corta, y una camiseta tan ajustada que al acercarme notaba como sus pechos rozaban mi torso. Eso fue aumentando tanto mi excitación que no pude impedir que mi mano se deslizara hasta colarse debajo de la minifalda. Mis dedos resbalaron ágiles por encima de sus bragas, curioseando en esa parte tan íntima de una mujer. No tardaron en tener suerte y rozaron su piel. Ella se estremeció en ese instante, y, yo, inseguro, retiré mi mano, pero ella la agarró para mi sorpresa, conduciéndome a una zona muy húmeda.

«¡Joder, joder, joder!, no voy a poder contenerme», pensé al notar que mi miembro estaba tan erecto que quería atravesar el pantalón.

Sin pensarlo mucho me arrodillé delante de ella e introduje mi cabeza bajo su falda, quitándole de un tirón esas braguitas que me molestaban. Sus piernas estaban ligeramente abiertas y con mi lengua empecé a acariciarle el clítoris. Noté como el sabor de su excitación llenaba mi boca, logrando que ella empezara a emitir leves ruiditos de placer.

Pero eso no era suficiente para mí, así que me incorporé y liberé mi miembro de su cautiverio. Deseaba penetrarla, pero no tenía ni un solo preservativo. Sería muy jodido que la dejara embarazada, de modo que la puse de espaldas a mí, levantándole esa faldita. Poco a poco, introduje mi parte noble en el único lugar seguro.

«¡Dios!», exclamé para mis adentros. Estaba estrenando ese culito y mi miembro lo agradeció.

—¡Espera!, no sigas. —exclamó ella girándose de pronto y evitando así que la penetrara del todo—. No quiero hacerlo.

—¿Te duele?, ¿es eso? —pregunté preocupado.

—No, me gusta, pero no quiero y ya está —dijo secamente. Aquello fue un jarro de agua fría para mi cuerpo. No creo que sea bueno para un hombre detenerse en ese momento tan delicado, pero inspiré profundo e hice lo que debía.

—Bueno, lo dejamos si quieres, ya te he dicho que iremos a tu ritmo, pero me excitas mucho —confesé resignado, besándola de nuevo. Me costó despedirme de ella. Cada vez que intentaba separarme, sus labios seguían siendo un imán para los míos, y mis manos, casi con voluntad propia, la recorrían una y otra vez, como si intentaran grabar en la memoria cada curva, cada latido. Pero finalmente, con un esfuerzo casi doloroso, me marché. Antes de cruzar la puerta, le robé un último beso, tan sonoro que pareció vibrar entre las paredes, un eco que quise llevar conmigo, un pedazo de ella que pudiera seguir sintiéndola, incluso lejos.

Candela Córdoba

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