UNA NOCHE IRREPETIBLE
Era viernes por la tarde y la biblioteca estaba prácticamente desierta. Todavía no había empezado la época de exámenes, y la gente tenía otras cosas mejores que hacer que pasarlas entre libros; para mí, sin embargo, era el mejor momento. Allí podía concentrarme mucho mejor que en el piso que compartía con dos chicos más. Mis compañeros no pensaban tanto en estudiar como yo, y la casa parecía una estación de paso. Igual te despertabas una mañana con dos chicas en el salón, bien ligeras de ropa y sus escandalosas risas, o con unos cuantos tíos borrachos tirados en el suelo durmiendo la mona. Aunque del que me gustaría hablaros más ampliamente es de Fermín, pues se lleva la palma en los asuntos de faldas.
Él era un estudiante de arquitectura de último curso, liado siempre con sus proyectos y sin las complicaciones que una novia puede dar. Lo conocí el primer año de carrera cuando decidí abandonar la residencia de estudiantes y buscarme un piso. Es el mejor amigo que puedes tener, te ayuda en todo lo que puede, y le gusta sentarse para hablar contigo cuando te ve preocupado. Por otro lado, entre las mujeres es un auténtico fenómeno, diría que casi consigue auténticas gestas épicas. Me remontaré a lo sucedido hace unos cuantos meses en el piso que compartíamos.
Esa noche, mientras estaba tranquilamente leyendo mi última adquisición, escuché como se cerró de golpe la puerta. Todavía no era la hora habitual de retirada de mis compañeros, así que me quedé en alerta intentando reconocer por la voz de quién se trataba. No tardé mucho en darme cuenta de que era Fermín; su estridente risa siempre le delata. Pero hubo algo que me confundió. Sabía que estaba acompañado, pues hablaban varias voces femeninas distintas. Eso hizo que prestara todavía más atención.
Abandoné el libro sobre la cama y decidí ir a la cocina para prepararme algo. Era el lugar de la casa donde ocurrían las cosas más interesantes, y en mi mente todavía estaba esa chica rubia totalmente desnuda apoyada sobre el borde del fregadero. Me la encontré una madrugada abrazada a Fermín y con sus piernas enroscadas sobre la cintura de él, por lo que, ese día me di media vuelta y volví a mi habitación.
En esta ocasión, no estaba en la cocina, y suspiré aliviado, pero lo encontré sentado en el sofá del salón con tres chicas muy guapas a su alrededor. Sabía que era un don Juan, ¿¡pero tres!? Eso ya era batir su propio récord, aunque pensé que iban a tomarse algo y luego se marcharían, bueno, la mayoría de ellas, pero cuando me vio pasar mi amigo, me hizo un gesto con la cabeza al tiempo que sonreía.
—¿Quieres sentarte un rato con nosotros?, hemos comprado bebida. Y ya ves que unas buenas amigas me acompañan —dijo con una sonrisa en los labios—. Tranquilo, hay bebida para todos —volvió a decir, pero esta vez arqueando las cejas.
Este Fermín va a meterme en un buen lío, pensé sonriendo yo también. Aunque sería de locos desaprovechar esta ocasión, por lo que decidí sentarme junto a una de las más calladas e intenté entablar una conversación, lanzándome primero a hablar al preguntarle qué estaba estudiando. No muy original la frase, lo reconozco, pero es la más utilizada en estos casos.
Resultó ser que las tres eran compañeras de clase, y estaban estudiando enfermería. Al decir esa palabra ya supe qué estaba pensando mi amigo, y a qué se iba a dedicar en la intimidad de su habitación. Era un verdadero peligro, pero esta vez no me podía creer lo que estaba viendo. Las miraba y parecía que estaba frente al auténtico flautista de Hamelín, hipnotizadas con su dulce melodía, completamente a su merced.
Después de pasar un par de horas sentado en el sofá, y cansado de ser un simple espectador que no recibía ni una sola mirada de ninguna de ellas, me levanté con dignidad para regresar a mi habitación. Entonces, en cuanto cerré la puerta, la fiesta empezó a animarse con el cantar de sus dulces risas acompasadas y absolutamente rendidas a sus pies.
Intenté reanudar la lectura sin éxito ninguno, pues el libro que sostenía en mis manos llevaba prácticamente una hora abierto por la misma página, y no había conseguido ni leer una frase. Nada más que podía prestar atención a las distintas voces del salón. Pero llegó un momento en el que todo quedó en silencio.
«¡Imposible! Nadie se ha marchado, ¿dónde estarán todos?», farfullé para mis adentros.
Y en ese preciso instante, un fuerte golpe retumbó en la habitación de Fermín acompañado de muchas risas femeninas. Estaba a apenas quince centímetros de separación de la mayor hazaña que un hombre puede realizar, e iba a escucharlo todo. Era una verdadera pesadilla.
Al cabo de un rato, sin poder soportar sus incesantes ruidos, me acerqué a la puerta de Fermín con la intención de pedirle que bajara el volumen, pero, cuando estaba frente a su puerta, me di cuenta de que la había dejado entreabierta.
—¡No puede ser! —exclamé—. Él siempre duerme con la puerta cerrada, e incluso se pasa el pestillo.
Me quedé entonces, de pie, junto al marco de la puerta, observando lo que sucedía dentro, y mi mirada se clavó en primer lugar en Fermín. Estaba con una pelirroja a los pies de la cama; ella a cuatro patas sobre el colchón, y él agarrándola fuerte por sus caderas mientras la penetraba una y otra vez.
En cambio, las otras dos chicas estaban besándose en la cama, totalmente desnudas. Una de ellas, la que tenía la piel extremadamente blanca, estaba boca arriba, con las piernas ligeramente flexionadas. La otra estaba tendida sobre ella, regalándole un sin cesar de besos. Se podía ver claramente cómo deslizaba su mano derecha entre la entrepierna de su amante. En ese instante percibí el estremecimiento de su cuerpo al arquear su espalda, y escuché una exhalación muy profunda que escapaba de su boca.
Los besos continuaron, desplazándose hacia su vientre, marcando en su piel gráciles círculos, hasta que terminó con su cabeza encajada entre sus piernas. Me pareció un momento tan íntimo que tuve el impulso de retirarme a mi habitación y dejarlas a lo suyo. Intenté cerrar la puerta, cuando una de ellas se percató de mi presencia, y se quedó sonriendo y mirándome fijamente a los ojos. Para mi asombro, me estaba haciendo señales con su mano con una clara intención de que pasara.
Salí corriendo como alma que porta el diablo, sintiendo el pulso desbocado y la piel ardiendo por la agitación. No estaba preparado para aquello, ni siquiera remotamente, y lo único que se me ocurrió fue refugiarme en mi dormitorio, atrancando la puerta tras de mí como si así pudiera borrar lo ocurrido. Una vez dentro de mi fortaleza,dejé caer la espalda contra la pared, tratando de recuperar el aliento, pero la sensación de estupidez me golpeó con más fuerza que cualquier fatiga. Me llevé las manos a la cabeza, revolviendo el pelo con frustración, y comencé a repetirme en voz alta lo idiota que había sido, como si el castigo verbal pudiera redimirme de haber desaprovechado una ocasión tan única. A la mañana siguiente, me levanté muy temprano, lo suficiente como para presenciar, desde la mejor butaca posible, el desfile de mujeres saliendo de su habitación. Eran tres, y una tras otra desfilaron con aire despreocupado frente a mí, algunas arreglándose el pelo con movimientos automáticos, otras murmurando entre ellas con una sonrisa aún somnolienta. Antes de marcharme, alcancé a escuchar a mi amigo, siempre un perfecto anfitrión, invitándolas a quedarse un rato más para desayunar.